Veneno arreshim
En el vientre de la tierra, donde el aire olía a humedad, la cámara de Gogor ardía con un fulgor enfermizo.
En lo alto de las paredes colgaban jaulas con murciélagos blancos, sus chillidos agudos se mezclaban con el burbujeo de calderos hirvientes.
Hongos azulados trepaban por la roca, alimentándose de costras de sangre seca que marcaban el lugar como un templo de pestes.
Sobre una mesa de hueso, Gogor trituraba glándulas negras de sapo en un mortero de piedra.
El líquido resultante, espeso y aceitoso, caía en un cuenco, donde burbujeaban extractos de víbora.
Cada chisporroteo despedía un humo verde que arrancaba tos a los arreshim de Bakthar y los obligaba a cubrirse la boca.
El Hechicero Negro, sin inmutarse, acercaba sus largos dedos tiznados de ceniza a la mezcla y murmuraba palabras que la hacían vibrar.
—Tus arreshim no saben respirar veneno —dijo con un silbido lento, sin apartar los ojos de la pócima—. ¿Crees que resistirán cuando el bosque se les vuelva en contra?
Bakthar, erguido con su armadura de cuero curtido y su mapa de cicatrices, gruñó mientras uno de sus exploradores probaba la puntería con una cerbatana improvisada y disparaba dardos contra una calavera incrustada en la pared. El proyectil se clavó de lleno en la cuenca del ojo.
—No necesito brujos para enseñarles a matar. Dame veneno que duerma y lo demás es asunto mío.
Gogor giró la cabeza; sus ojos rojos ardían en la penumbra. Con un movimiento brusco, arrojó un puñado de polvo oscuro sobre la mezcla, que explotó en una llamarada púrpura. El resplandor iluminó por un instante los dientes mellados y las mandíbulas tensas de los exploradores.
—Dormirán, sí. Pero los que caen con mi arte no sueñan. Se hunden en un silencio donde ni los dioses los encuentran. ¿Eso quieres para tus presas, cazador?
Bakthar golpeó la mesa con la empuñadura de su cuchillo. El cuenco tembló y derramó gotas del veneno sobre la madera ennegrecida.
—Quiero que respiren el miedo de estar vivos cuando los llevemos ante el Amo. Que sus ojos vean lo que los arreshim guardamos bajo tierra. No me interesa su eternidad, hechicero.
Los arreshim rieron entre dientes mientras preparaban con destreza los dardos. Mojaban las puntas en el veneno con movimientos cuidadosos, mientras las cerbatanas de hueso se alineaban como lanzas. Cada arma parecía una extensión de la voluntad de Bakthar.
Gogor observó la cocción con desprecio. Hundió un dedo en el líquido espeso, lo levantó y se lo llevó a su lengua. Un espasmo recorrió su cuerpo verde oscuro, sus venas se tensaron, y una carcajada ronca estalló en la cámara.
—Perfecto. Ya sabe a tumba.
Bakthar se inclinó hacia él, con sus ojos rojos encendidos bajo la sombra de su capucha de cuero.
—Y aun así, no eres más que un cocinero de venenos. La guerra se gana con acero, no con susurros.
Las risas se apagaron. Un silencio pesado cayó, interrumpido solo por el goteo del veneno en los recipientes. Gogor alzó su mirada amenazante.
—Prueba a decírmelo otra vez, cazador, cuando tu acero se oxide y mis venenos aún devoren mundos.
Una chispa de violencia se mantuvo entre ellos. Mientras tanto, los dardos preparados seguían multiplicándose sobre la mesa, destinados a dormir a los intrusos que ya se adentraban en el bosque.
El aire estaba espeso con vapores verdosos que salían de los calderos de cobre ennegrecido. Bakthar y sus hombres afilaban puntas para sus cerbatanas y las sumergían en los venenos burbujeantes. Un error bastó para que uno de los exploradores se clavara un dardo en el dedo y cayera desplomado.
Bakthar se acercó despacio, hundió su cuchillo en el cuello del explorador caído y le abrió la garganta sin vacilar. La sangre manchó las losas del suelo. El cuerpo fue arrojado entre sus feroces arreshim, que lo devoraron entre gruñidos hasta quedar solo huesos y telas.
Gogor alzó una ceja, con los dedos aún manchados de ungüentos negros.
—Insensato. Pierdes carne que podrías usar como esclavo o para rituales.
Bakthar limpió la hoja con la lengua y le lanzó una mirada cargada de furia.
—Yo no te digo cómo mezclar tus venenos. No me digas tu cómo tratar a los míos.
Los devoradores rieron con la boca ensangrentada, mientras las paredes de la cueva devolvían ecos guturales.