Vino azul #2
A sus órdenes, los guardias reforzaron sus puestos. Anara no dijo nada más de lo necesario, sus órdenes pedían eficiencia.
La despensa eran decenas de arcas bajas sobre tablas, junto a la cocina central. Los vapores del caldo de la comida de ese día flotaban en el aire; un perro roncaba mientras debía guardar la cocina. Leniezel examinó las arcas y alzó la voz en susurros llenos de cifras.
—Esta harina viene de los graneros del sur —dijo—. Estas especias llegan del puerto. Mira esto: una fibra teñida en un azul que solo emplean en Senicia.
Nevier, el otro sabio, cubierto de ceniza, buscó entre los costales con dedos temblorosos.
—Alguien guardó un saco junto al fuego esta mañana —dijo—. No figura en el registro de llegada. Tampoco en la lista de trabajadores.
Anara tocó la madera quemada del hogar. Señales recientes de ceniza negra cubrían el borde. Del fuego salió un hilo medio derretido con restos de una tela de un azul intenso. La mano de Anara recogió aquel retazo. La seda olía a sal y a una resina amarga.
—¿Alguien más ha cocinado hoy aquí? —preguntó.
Un muchacho enharinado, con rizos negros y ojos grandes se acercó a Anara. Se limpió las manos con un trapo que colgaba de su cinturón.
—Un comerciante llamado Neram —dijo—. Acampó junto al Carro Rojo. Trajo vino y sal para cambiar por carne. Se fue antes del anochecer.
—¿Dónde está ese comerciante? —preguntó Anara con tono firme.
—Acampó junto al Carro Rojo. Trajo vino y sal para cambiar por carne —respondió el muchacho—. Se fue antes del anochecer.
El chico indicó la linde oeste con el mentón.
Allí había una huella de rueda y luego el barro marcado por un solo caballo que cortaba la tierra hacia la ruta del sur.
Anara ordenó a dos centinelas seguir su rastro. Los hombres dieron el relevo y partieron sin demora. Ella y los dos sabios que la ayudaban regresaron a la tienda de mando. En la entrada, Torbu se interpuso con la mirada vacilante; sus manos llevaban una rodaja de pan. Anara se detuvo.
—¿Has encontrado algo, Torbu? —preguntó ella sin esperanza y reacia a la ayuda del esclavo del Profeta.
—Una jarra de vino con restos de raíz —respondió Torbu sumiso—. Alguien la dejó en la cuba de lavado. Olía a puerto, a salitre de mar.
—Senicia —susurró Anara.
El Profeta salió de la tienda y clavó la vista en ella; había escuchado sus últimas palabras.
—El rey de Senicia no necesita hacer esto. Es un gesto menor para él —dijo—. Parece más una provocación. Si hubiera sido una orden real, ya no hablaríamos de un simple chantaje, sería una declaración de guerra.
—Entonces —replicó Anara—, ¿quién ha traído ese veneno hasta aquí?
El Profeta sonrió con una calma irritante.
—El rey de Senicia jamás ensuciaría sus manos cuando puede ofrecer oro. Pero hay lobos solitarios, comerciantes desesperados, espías que se cubren con telas para parecer mercaderes. No te precipites, suma sacerdotisa. Yo te puedo ayudar.
Anara se sintió confusa por la ayuda del Profeta.
—No te extrañes tanto de mi apoyo. Te guste o no, somos compañeros del mismo Consejo.
—Leniezel —ordenó Anara—. Ve al archivo del campamento y registra a los viajeros de los últimos cinco días. Nevier, tú revisa la lista de proveedores.
El Profeta observó a Anara y descubrió algo nuevo en ella: cada orden le salía con una soltura que cortaba el aire, de forma rápida y afilada; eso no era una buena noticia, ya que él contaba con la incompetencia de la joven ante situaciones de presión.
A las dos horas, Leniezel se presentó en la tienda de mando ante Anara con una tabla de entradas: un comerciante llamado Neram llegó la noche anterior; su sello mostraba el símbolo de una pequeña rueda, no es el emblema real.
El sello era suficiente para un tráfico menor.
Pero entre las notas apareció otra entrada: «Frágil, una entrega para Belbarozh y otra para el Profeta de Kudram.
Responsable: mensajero del templo». La letra era pequeña y la firma, apenas un garabato. Nevier siguió el trazo hasta la tinta.
Anara miró al Profeta, que aún permanecía allí.
—¿Has recibido tú una tinaja del mismo vino que envenenó al príncipe? —preguntó inquieta.
—¿Yo? Es evidente que no —respondió el Profeta—. Y si me hubieran enviado el mismo vino, está claro que quien quiso matar a Belbarozh también quiso envenenarme a mí.
—¿Y dónde está ese vino? —bufó Anara.
—No acuséis sin pruebas —pidió el Sacerdote Mayor—. Si esto sale de aquí, los rumores son más peligrosos que los cuchillos.
En ese momento Torbu entraba por la puerta de la tienda de mando con una tinaja sellada en la mano.
—Señor, estaba en la puerta de su tienda…
—Aquí la tienes, intacta —respondió el Profeta con una sonrisa inquietante—. Suerte que no la vi a tiempo, me la hubiera bebido sin pensarlo.
Anara miró la tinaja y ordenó abrirla.
Tenía el mismo sutil aroma a salitre que había en la bolsita de hierbas.
Anara ordenó traer la última tinaja de la que había bebido el príncipe. Una sirvienta se la llevó y confirmó que tenía el mismo olor que el vino de la del Profeta.
Anara cerró los ojos pensativa; tras unos segundos, los abrió de golpe y señaló las tinajas.
—Guardad las dos tinajas bajo llave. Que nadie las toque hasta que terminemos la investigación.
Nevier rascó nervioso su tablilla.
—El mensajero del templo… —murmuró—. No tiene la firma clara. Podría ser cualquiera.
Leniezel se inclinó sobre la mesa con la frente arrugada.
—O alguien que conocía los sellos y quiso cubrir sus huellas.
La suma sacerdotisa se giró hacia Torbu, que permanecía de pie con los brazos caídos.
—¿Viste quién dejó esa tinaja? —preguntó, y señaló la que estaba llena mientras se las llevaban.
El criado bajó la cabeza.
—No, señora. Solo la encontré al amanecer, cerca de la tienda del Profeta.
El silencio se espesó. El Profeta, sereno, miró a Anara.
—Si su intención era dividirnos, lo han conseguido.
Anara lo observó con frialdad.
—O tal vez alguien se asegura de que sea eso lo que parezca.
Una ráfaga de aire entró por la abertura de la tienda y apagó una de las lámparas.
Nevier se estremeció.
—Alguien está moviendo las piezas dentro del campamento —susurró el Sacerdote Mayor.
Anara apretó la bolsita de polvo con fuerza.
—Entonces, iremos por la oscuridad hasta que el traidor tropiece.
El Profeta esbozó una sonrisa apenas visible.
—Cuidado, suma sacerdotisa. En la penumbra, no siempre se distingue al enemigo del aliado.
Un guardia irrumpió.
—¡Señora! —gritó casi sin aliento—. Neram, el comerciante; lo hemos encontrado.
Anara lo miró con atención.
—¿Dónde?
El guardia tragó saliva.
—Colgado de un árbol, en la linde del bosque. Tenía una tela azul empapada de vino metida en la boca.
Cayó el silencio en la tienda de mando. La muerte del comerciante era una burla macabra, un mensaje claro.
Anara clavó los ojos en el Profeta.
—Demasiado conveniente —dijo enfadada—. El único sospechoso acaba muerto antes de que podamos interrogarlo.
El Profeta inclinó la cabeza e ignoró la acusación.
—Un comerciante sin importancia. Tal vez pagaron a alguien para cargar con la culpa y cuando cumplió su papel, lo silenciaron.
Anara avanzó un paso.
—¿O tal vez alguien necesitaba que desapareciera rápido, antes de que revelara a quién servía de verdad?
El aire en la tienda se espesó como el aceite. Leniezel respiraba profundamente, parecía faltarle el oxígeno. Nevier escribía a toda prisa, mientras la tablilla le temblaba en las manos.
El Profeta dejó escapar una breve carcajada.
—No me sorprende que me mires a mí, Anara. Desde el principio me has visto como una amenaza. Pero dime, mujer, ¿qué ganaría yo al envenenar al príncipe al que juré servir?
—Poder —respondió ella sin dudar—. Poder disfrazado de devoción.
El Profeta se acercó lo suficiente a la joven para que solo ella oyera su voz. Su presencia helaba el aire, pero Anara no se dejó intimidar.
—O tal vez —susurró—, alguien quiere que tú y yo nos despedacemos aquí mismo, junto al príncipe moribundo, mientras el verdadero asesino se mueve libre por el campamento.
Los ojos de Anara ardieron bajo la luz oscilante de las lámparas.
—Sea quien sea, lo encontraré. Y si resulta que tiene algo que ver contigo, no me temblará el pulso.
El Profeta sonrió.
—Eso espero, suma sacerdotisa de Bel-Hur. De otra forma, sería una decepción.
Un trueno lejano retumbó sobre el bosque y zanjó la conversación.
Al amanecer, los guardias del campamento hallaron el cuerpo del mercader senicio. Colgaba del árbol más cercano al camino, con la tela azul empapada de un brillo oscuro. Sus dedos estaban teñidos de shona, la especia colorante que le azulaba la piel.
La noticia llegó al campamento antes que el sol.
Primero, un murmullo; luego, una avalancha: el príncipe Belbarozh seguía postrado y el hombre acusado de envenenarlo pendía de una rama, estrangulado por un nudo que nadie reconocía.
Su caravana, siempre ruidosa y llena de campanillas, había desaparecido sin dejar rastro.
El rumor se extendió por las tiendas con rapidez. Miradas huidizas, cuchillos más cerca del cinturón, palabras cortadas al paso de senicios y belurios. Nadie sabía quién lo había matado o quién mentía. Nadie sabía si el verdadero culpable seguía entre ellos.
La desconfianza empezó a propagarse por el campamento.