Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Vino azul
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Vino azul

La noticia corrió entre las hogueras igual que un viento helado: el príncipe Belbarozh se había desplomado después de beber una copa de vino senicio.

Ahora permanecía tendido bajo el resplandor tembloroso de las lámparas, rodeado por sanadores que se mordían los labios, incapaces de frenarlo o entender lo que le consumía.

Los murmullos recorrieron el campamento y quebraron el sueño de muchos.

—Dicen que fue veneno.

—¿Quién se atrevería?

—Lo han jurado: venía en el vino senicio.

Las manos temblaban al sostener los cálices. Nadie se atrevía a beber sin mirar primero el fondo del vaso, por miedo a ver un brillo extraño o una sombra flotando en la superficie. Se oían suspiros cortos, pasos inquietos y conversaciones que bajaban el tono en cuanto alguien más se acercaba.

Ni las canciones de Kalthis lograron apaciguar los nervios. Afinó el laúd y la voz, pero cada nota se apagó en el aire del campamento, incapaz de atravesar la angustia. La gente escuchaba sin escuchar, hundida en un silencio de sospechas.

El rumor del vino azul se extendió como una mancha de tinta derramada, oscura y espesa; se coló entre los grupos, los fuegos, y los corazones. Y todos comprendieron lo mismo: si el veneno había alcanzado al príncipe, entonces nadie estaba a salvo.

Torbu hundió los pies descalzos en la hierba húmeda. El aire en el lindero del bosque olía a tierra mojada. Llevaba la faja de cuero ajustada y el manto oscuro sobre los hombros. Su respiración era áspera, igual que su voz.

—La sangre sabe más dulce en los que comercian. Viven sin miedo, solo creen en sus monedas y esa seguridad en el oro les da otro sabor.

A su alrededor, los Hijos de Kudram cerraban el círculo. Llevaban túnicas negras con símbolos plateados en el pecho: la estrella de ocho puntas y el ojo que parecía mirar incluso bajo la penumbra. Armados con espadas cortas, aguardaban su señal.

En el centro, la caravana senicia era bañada por la luz de la luna.

Las banderas azules con el símbolo de un cuadrado ardiente ondeaban en calma, marcaban su origen senicio.

El mercader, rollizo y sudoroso, intentaba dar órdenes a sus mozos, pero nadie le obedecía.

El miedo había paralizado hasta a las mulas.

Torbu avanzó hasta quedar frente a él. La llama de una antorcha dibujó en su rostro las arrugas de la locura.

—Kudram exige tu sangre.

El grito del comerciante senicio se apagó rápido bajo el filo. El vino de su garganta salpicó la hierba. Los Hijos de Kudram lo alzaron, aún se agitaba, y lo ataron a la rama más baja de un roble. La soga crujió y lo dejaron balanceándose.

Torbu sacó de su manto una tela azul intenso. Empapó la prenda en una jarra de vino derramada sobre el barro y luego la incrustó en la boca abierta del cadáver.

—Bebe hasta después de la muerte.

Los Hijos de Kudram asesinaron a todos los acompañantes de la caravana, se deshicieron de los cuerpos, borraron sus huellas, recogieron su rastro y ocultaron las cenizas de la fogata bajo tierra húmeda.

Nadie debía saber que habían estado allí.

Solo quedaría el cuerpo que oscilaba con la tela azul entre los dientes, una señal para quien pudiera entenderla.

Torbu miró el rostro lívido del mercader.

—La sangre es vida, y yo aún no he bebido lo suficiente. —Susurró en su oreja muerta.

La tienda de mando tembló al abrirse. Un golpe seco de aire escapó cuando dos guardias alzaron la tela y dejaron pasar a la suma sacerdotisa.

La luz de las lámparas bañó el rostro pálido del príncipe; sus labios habían perdido color y le caía un sudor frío por la frente.

Tenía un cuenco con agua y hierbas a los pies de su cama; un servidor sostenía un paño húmedo con el que secaba su sudor cada poco tiempo.

Anara se acercó muy despacio. Puso la palma sobre la frente de Belbarozh y retiró la mano rápido: no era fiebre común, un extraño olor agrio venía de su boca.

—¿Qué ha comido? —preguntó ella en voz baja.

El jefe de los sanadores se quedó pensativo. Miró al Sacerdote Mayor, que estaba sentado junto al lecho, con su bastón entre las manos.

—Algún alimento en mal estado —dijo al fin el sanador—. O un tóxico de acción retardada. Quizá un veneno, pero no puedo asegurarlo sin pruebas.

El Sacerdote Mayor se levantó con esfuerzo y siguió la mirada de Anara hacia la mesa donde reposaban los utensilios de curación. Sus ojos viejos escrutaron la estancia.

—Si fue un acto deliberado —musitó—, es una traición contra todos nosotros.

Un ruido de pasos vino de la entrada, dos guardias escoltaban a un mensajero con el rostro empapado en sudor.

—Tengo noticias de la avanzada —anunció el mensajero—. No hay rastro de Shuraz ni de los suyos. Solo huellas que terminan ante las raíces. No quisimos adentrarnos más…

El tiempo se paralizó durante unos segundos. La suma sacerdotisa apretó la mandíbula y buscó con la mirada al Profeta; él permanecía apartado, sin llamar la atención. Tenía la expresión impasible y las manos entrelazadas.

—Esto cambia las prioridades —dijo el Profeta con voz fría—. Enviar refuerzos sería lo más prudente. No podemos permitir que la avanzada de Shuraz permanezca tanto tiempo sin respuesta.

Anara se volvió hacia él. La luz recortó su silueta; la corona de laurel dorado le otorgaba un aura solemne.

—Si enviamos hombres ahora, podríamos mandarlos a la muerte —replicó ella—. Los arreshim conocen el bosque como la palma de su mano. Es su hogar. Nadie se abrirá paso en él sin que ellos lo sepan. Además podrían tomárselo como una provocación.

El Profeta golpeó la mesa con la palma abierta. El sonido resonó como el choque de dos piedras.

—¿Hasta cuándo vamos a esperar? —preguntó—. ¿De qué servirá la prudencia si nos matan en silencio?

Belbarozh abrió los ojos, se había despejado con el golpe del Profeta.

—No voy a ver morir a mi pueblo por una decisión apresurada —susurró entre dientes con un hilo de voz—. Anara, tú decides en mi ausencia. Si hay alguien que puede sostener esto, eres tú. No me falles. Bel-Hur está contigo…

El Profeta fue el primero en sorprenderse de que el príncipe escuchara tan atento en su estado.

Anara inclinó la cabeza. Vio el cansancio en los ojos del príncipe y supo el peso que llevaba sobre sus hombros. Respiró hondo.

—Reforzad las guardias —ordenó la joven dirigiéndose a Torvak, un oficial de infantería que esperaba órdenes en la entrada—. Doblad las rondas nocturnas. Que nadie entre ni salga sin registro. Envía a dos hombres a vigilar el linde del sur.

Anara tomó las riendas de forma diligente y pensó muy bien lo que decir a continuación.

—Convoco a los sabios y a los Sacerdotes del Templo —declaró firme y autoritaria—. Empezarán una discreta investigación. Nadie morirá por una decisión errónea.

Los Sacerdotes del Templo presentes, asombrados, intercambiaron miradas. Algunos asintieron; otros aún dudaban de Anara. Como era de esperar, el Profeta no se mostró conforme.

—Si buscas culpables provocarás una caza de brujas —advirtió—. Esa no es la voluntad de Bel-Hur. La voluntad de Bel-Hur suele exigir calma.

—¿Calma? —replicó Anara con dureza—. ¿Calma cuando el príncipe ha sido envenenado? ¿Calma cuando intentan matarme delante de mi pueblo? No voy a permitir que la calma se vuelva cobardía.

El Profeta apretó los dientes. Su guardia personal permanecía inmóvil tras él, frío como una piedra. Torbu, el criado, se acercó con paso tembloroso y depositó una pequeña bolsita de cuero en las manos de Anara. Sus ojos lúgubres buscaron los del Profeta y volvió a mirar a la joven.

—Lo encontré en la despensa —dijo Torbu—. Huele a sal y a una raíz que crece en las costas. No pertenece aquí.

Anara abrió la bolsita. El aire que escapó de dentro tenía un aroma marino. Sus dedos se mancharon de un polvo fino y oscuro.

—No son de nuestras granjas —murmuró uno de los sabios que se sentaba cerca del Sacerdote Mayor—.

Es shona, una especia del puerto de Senicia.

Esos polvos están hechos de hierbas molidas que, en pequeñas dosis, son inocuas y se usan para dar color azulado y sabor picante a las infusiones, y en grandes cantidades, para hacer tintes de ropa.

Ingerido en generosas cantidades puede ser tan tóxico como el mejor de los venenos.

En ocasiones son usados para hacer daño en las rutas marítimas.

El Profeta ladeó la cabeza.

—¿Senicia? —preguntó—. Curioso.

Belbarozh tosió y señaló a Anara.

—Anara, busca a quien me ha envenenado —dijo con voz débil—. Si alguien ha traído esto al campamento, quiero su nombre.

Anara ató la bolsita en su cinturón. Se puso de pie y miró a cada uno de los presentes.

—Reuniré a los sabios, revisaremos las despensas del campamento y accederé al registro de los que han llegado en los últimos días.

—Que la voluntad de Kudram nos enseñe el camino —dijo el Profeta muy calmado.

Anara apretó la mano en torno a la bolsita del polvo.

El Profeta sonrió sin que nadie lo notara.

Anara no esperó sermones ni advertencias.

Salió de la tienda con paso firme y reunió a los sabios alrededor del fuego.

Sus ojos no buscaban debate, sino manos dispuestas a actuar.

Les pidió que eligieran a dos para acompañarla en la investigación.

La respuesta llegó sin titubeos; incluso los más ancianos asintieron al instante, unidos por la misma urgencia:

Leniezel tenía barba blanca y ojos cansados, y olía siempre a hierbas quemadas; su memoria era un cofre repleto de antiguas canciones y fórmulas olvidadas.

Nevier era delgado y nervioso, anotaba cada detalle en tablillas ennegrecidas y murmuraba para sí mientras caminaba.

Ambos, opuestos en forma y carácter, eran la brújula intelectual en la que muchos confiaban.

—Leniezel —dijo al dirigirse a él—. Ven conmigo a la despensa. Nevier, trae tus libros y ve a revisar las entradas. —Miró al Sacerdote Mayor que había salido tras ella—. Los sacerdotes y tú quedaros junto al príncipe. No dejes que nadie entre sin permiso.