El hechicero de fuego #3
La lámpara crepitó. Jarben parecía vibrar con la idea; Rayhem no apartaba la vista del suelo; Danna apenas podía tragar saliva. Azniel, fascinado e inmóvil, aguardaba y fijaba cada palabra en la memoria.
Maltherion inclinó la cabeza hacia Jarben y, con un gesto, uno de los duendes ciegos le entregó un palo de piedra oscura, porosa, que el hechicero se llevó a los dientes y mordió con ansia. El crujido áspero rompió el silencio; sonó a huesos partidos.
—¿Sabes, Jarben? —susurró, con el sonido seco de la roca entre los dientes—.
Hubo un mago en las ruinas de Karish que domó a las tormentas.
Durante diez años, los vientos obedecieron a su voz.
El precio fue que, cada noche, la arena le devoraba poco a poco los pulmones y al final apenas podía respirar, era como un cadáver en pie.
Jarben dejó el tenedor a un lado. Su mirada brillaba fascinada. Rayhem apretó la copa con fuerza, sin apartar los ojos del anfitrión.
—Otro —continuó Maltherion, mientras un segundo duende le pasaba otro palo de piedra negra, que crujió en su boca—.
Un sacerdote de Udrash aprendió a leer el futuro en la sangre de los niños aún en el vientre de su madre.
Le bastaba posar la mano sobre la tripa de una embarazada, pero perdió el sentido del presente: se olvidó de quién era y de dónde estaba.
Murió entre risas, sin reconocer a sus propios hijos.
Danna se llevó una mano a los labios, pálida. Azniel, en cambio, se inclinó hacia delante, tenía su pluma ya preparada y, con los ojos ávidos, comenzó a escribir todo lo que allí se hablaba.
—Lo que cuenta no carece de fundamento —apuntó el sabio con voz firme—. Hay registros de esas artes. La mayoría son conocimientos olvidados o figuran en textos prohibidos.
Maltherion lo miró con un destello de satisfacción en su sonrisa maquiavélica.
—Exacto, erudito. Y dime, Jarben, ¿acaso no has sentido ya lo que es perder parte de ti al ganar tu otra fuerza? Lo he visto con mis propios ojos. He visto tu carne romperse y rehacerse, tu espíritu retorcerse para nacer distinto.
El silencio cayó sobre la mesa. Jarben tragó saliva, incapaz de negar lo evidente. Rayhem lo miró con un rastro de angustia; la confesión actuó como un veneno que se filtraba poco a poco.
—¿Y tú, Embajador? —Maltherion se giró hacia Rayhem; entre sus dientes manchados asomaban astillas negras de piedra—. ¿Qué perderás cuando tu conexión con la muerte decida cobrarse lo que es suyo? ¿Tu cordura?, ¿tus amigos? ¿O algo mucho más caro?
El aire del salón pareció enrarecerse sobre ellos. Danna apretó la mano de Azniel en busca de un ancla, pero este, atrapado en la fascinación, no apartaba la vista del hechicero.
Maltherion devoró los palos de piedra negra que los duendes le ofrecían con reverencia; los trituró entre los dientes con chasquidos secos. El humo de aquel extraño mineral se mezcló con el incienso pesado de la estancia y volvió el aire espeso, casi venenoso.
Rayhem mantenía la mirada desconfiada en Maltherion.
—Eso que describes no es poder, son cadenas —soltó Rayhem, casi sin levantar la voz.
El hechicero sonrió y dejó al descubierto los dientes ennegrecidos por la piedra.
—¿Cadenas? ¿Acaso tu don con la muerte no te ata de igual manera? Escuchas los ecos en ti. Espíritus que hablan, caminas por las tierras de los muertos, ¿no es cierto? Veo también que ayudas a los siervos de Kudram a usar sus poderes con el otro lado.
Jarben giró hacia Rayhem con un destello de incredulidad en los ojos.
—¿Eso es verdad? Nunca nos lo has contado.
—No tiene mayor importancia —respondió Rayhem, tenso.
Maltherion mordió de nuevo; el crujido interrumpió el silencio.
Jarben se irguió, su rostro oscilaba entre admiración hacia el anfitrión y suspicacia hacia su amigo.
Danna se tapó la boca con una mano, pálida, mareada por el humo. Azniel intervino y rompió el peso de la atmósfera.
—El conocimiento que se esconde puede ser un arma, sí, pero también un escudo.
Maltherion chasqueó la lengua, sonriente.
—Muy bien dicho, escriba. Entonces, ¿qué es Rayhem para ti, Jarben? ¿un escudo o un arma?
La mesa quedó helada, a la espera de la respuesta.
Jarben inclinó la cabeza un instante y evaluó al hechicero.
—Veo lo que intentas, Maltherion —respondió con voz medida—. No necesitas empujarme a dudar de los míos. La confianza no se siembra con palabras envenenadas ni con historias de miedo.
Maltherion arqueó una ceja, la piedra negra entre sus dientes chirrió al morderla.
—Ah… ¿pero acaso no es útil que un hombre conozca los riesgos que le rodean? —musitó, con voz suave como el humo—. Solo muestro lo que la vida ya ha dejado entrever.
Jarben le sostuvo la mirada.
—Útil es prevenir, no sembrar desconfianza. Y no necesito tus lecciones para saber quién es mi aliado y quién no.
Rayhem parpadeó, como si despertara de un trance, y su mirada se fijó en Jarben con cierto alivio.
—Tienes razón —murmuró—. Ya basta de juegos, Maltherion.
El hechicero se encogió de hombros y sonrió. Los duendes ciegos retiraron con discreción los palos de piedra de la mesa, atentos a cada movimiento.
Jarben soltó el aire con calma. La presión del momento se alivió un poco, mientras Rayhem recuperaba la compostura, ajustó la capa sobre los hombros y evitó volver la mirada al invitado.
Maltherion suspiró con fuerza. El palo de piedra negra crujió entre sus dientes.
—Tal vez… —dijo con teatral humildad—, la culpa no es mía, sino de esto —golpeó la piedra con los dedos—. Esta maldita roca nubla los pensamientos, hace que mis palabras se vuelvan más duras de lo que deseo.
Jarben arqueó una ceja, mantuvo la guardia; la tensión apenas cedió.
—Acepto tus disculpas —replicó con voz firme pero calmada—, pero los juegos con palabras tienen consecuencias, incluso aunque la piedra tenga parte de la culpa.
Rayhem soltó un leve resoplido, recuperó la compostura y se inclinó hacia la mesa:
—Cuidado con tus artificios, Maltherion. De esa forma no voy a tener ganas de volver a que me instruyas.
El hechicero se encogió de hombros.
—Muy bien, muy bien… —musitó—. La piedra y yo pedimos perdón. No volveremos a nublar la moral de estos huéspedes tan atentos.
Los duendes ciegos retiraron los palos de piedra que quedaban, mientras un silencio incómodo se posó sobre los comensales.
Las brasas del hogar se apagaban y un débil resplandor rojo bañaba los rincones de la morada. Maltherion se levantó de la mesa y se recostó en un sillón alto, con los últimos fragmentos de piedra negra entre los dientes. Observó cómo la compañía se levantaba, poco a poco, de la mesa.
—Duendes —dijo con voz tranquila—, acompañadlos a sus literas.
Los pequeños seres ciegos se movieron con precisión casi coreográfica. Treparon unos sobre otros, tomaron las antorchas que colgaban de las paredes y abrieron las puertas de los pasillos.
Rayhem avanzó entre los duendes con la sensación de que cada sombra evaluaba sus pasos. Jarben lo siguió con cuidado, aún agotado, y Danna, con mal cuerpo, sostuvo la mano de Azniel para que no tropezara con los escalones irregulares.
Las literas eran espaciosas y simples, situadas en una galería lateral iluminada por lámparas de aceite. Los duendes ayudaron a la compañía a acomodarse. Retiraron mantas y colocaron pequeños cubos de agua para refrescar los rostros cansados.
—Descansad bien —musitó Maltherion desde el sillón con cara de sueño—. Mañana, el día traerá más respuestas, o puede que más preguntas.
El silencio llenó la estancia cuando todos se acostaron. Solo el crujido de los dientes de Maltherion y el lejano murmullo de los duendes rompían de vez en cuando el silencio, mientras la luz rojiza se diluía en la penumbra.
La figura de Valcara se mantenía inmóvil, apoyada en una de las grietas de la roca ennegrecida que servía de morada a Maltherion.
La luz rojiza de los braseros apenas rozaba su silueta; recortaba el brillo apagado de su armadura de cuero y el reflejo acerado de la hoja que reposaba a su lado.
No parecía cansada, ni mucho menos adormecida.
Sus ojos seguían cada movimiento con la paciencia de una cazadora en guardia.
Más allá de la explanada, los duendes ceniza se esparcían como un enjambre silencioso.
Algunos correteaban por los bordes y cargaban palos de piedra negra hasta cestos resquebrajados.
Otros se arrastraban hasta los charcos oscuros que moteaban la tierra.
Se arrodillaban ante ellos, hundían sus manos pequeñas en el fango oleoso y se quedaban quietos, a la escucha de algo venido de las profundidades.
Cada cierto tiempo, uno alzaba la cabeza; gotas negras corrían por sus mejillas y susurraba palabras en un idioma inconcuso que se deshacía en el viento.
Los charcos parecían respirar. En ocasiones, una burbuja se alzaba y reventaba con un chasquido espeso; luego, las ondas se apagaban y quedaban inmóviles otra vez, como espejos manchados que no devolvían reflejo alguno.
Valcara notó que los duendes nunca apartaban la vista de ellos, como guardianes atentos a lo que pudiera despertar en su interior.
Uno de los pequeños, al sentir que alguien lo observaba, giró la cabeza. Sus ojos eran pozos sin brillo, su piel gris estaba agrietada como el barro seco. Sin embargo Valcara no desvió la mirada. El duende se quedó quieto unos instantes y luego, con un giro brusco, volvió a su tarea de vigía.