El hechicero de fuego #2
—En vuestra marcha arrastráis negrura, lo huelo en vuestra carne. Dos de entre vosotros llevan la marca del otro lado.
Su mirada, penetrante pese a los velos de humo de las antorchas, recorrió la mesa hasta detenerse en Jarben y en Rayhem.
Rayhem sostuvo el peso de esos ojos, con el gesto sereno.
—Si lo percibes, sabrás que no miento: camino cerca de los espíritus. Hay voces que me siguen, aunque no todas son amigas.
Maltherion inclinó la cabeza.
—Muerte y fuego se reconocen, embajador. Podrías aprender a dominarlas, si tuvieras valor de abrir la mano y dejar que ellas te conduzcan en lugar de intentar conducirlas tú.
—El valor no está en entregarse, sino en resistir —respondió Rayhem, con tono firme.
Jarben cogió una raíz brillante y se la acercó a la boca. El sabor le impactó y lo llenó de fuerzas; por la impresión dejó caer el tenedor, con la respiración entrecortada. El hechicero lo observó con un destello de fascinación.
—En ti, la carne cambia, lo vi en tu lucha. El bosque no perdona a quienes se transforman.
Jarben masticaba su comida, incapaz de replicar. No le gustaba hablar de sus transformaciones con extraños.
De pronto, Azniel tosió y se atragantó con un trozo de fruta negra.
Danna, ágil, le sostuvo el brazo y le dio algo parecido al agua de una jarra de bronce.
El sabio recuperó el aliento con los dedos manchados de color azul, mientras los duendes, impasibles, retiraban platos y servían nuevas bandejas cargadas de carnes brillantes y especias que olían a ceniza.
El silencio se espesó. Maltherion volvió a fijarse en Rayhem.
—Eres distinto. La muerte te mira, pero no te arrastra. Yo podría enseñarte a escuchar mejor esas voces, a separar la promesa de la amenaza.
Rayhem sostuvo su copa sin beber.
—Agradezco tu oferta, pero no estamos aquí para eso.
El hechicero sonrió y mostró sus dientes afilados como fragmentos de obsidiana.
—Y sin embargo, tarde o temprano aceptarás.
El fuego iluminaba las paredes ennegrecidas del refugio.
El aire estaba cargado del olor de la comida, a pesar de su peculiar aspecto, olía de maravilla y sabía mejor.
Jarben, aún pálido tras el combate, mordisqueaba el pan que le habían puesto delante, pero no apartaba la vista del hechicero.
Rayhem, más rígido, mantenía los dedos entrelazados; no quería mostrar sus nervios.
—No tenemos demasiados conocimientos sobre los orígenes de la magia o el poder que nos ha sido otorgado —reflexionó en voz alta Rayhem.
—La magia no es gratuita —respondió Maltherion con voz grave—. Nunca lo ha sido. Cada hechizo consume tiempo de vida a quien lo lanza. Minutos, días, años enteros. Nadie los ve marcharse, pero se van para siempre.
Rayhem frunció el ceño.
—He sentido cansancio, pero no algo tan drástico como perder… ¿tiempo de vida?
—¿Y quién puede notar que le falta un día de vida? —el hechicero ladeó la cabeza con un brillo burlón en los ojos—. ¿Acaso sabes todos los que tienes? No, muchacho. Te levantas más cansado, respiras con más dificultad. Y un día descubres que ya no te queda nada y mueres consumido por dentro.
Danna, que había servido bebida a Azniel, se detuvo con la jarra en las manos. No habló, pero la manera en que apretaba los labios dejaba claro que la idea le había calado hondo.
Rayhem tragó saliva.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Maltherion levantó el objeto metálico que colgaba de su cuello: una varilla estrecha, marcada por símbolos casi borrados. La luz tembló sobre el hierro gastado.
—El saber viaja de generación en generación —murmuró—. No hablo de pergaminos rotos ni de tablillas viejas. Son recuerdos atrapados en hierro y hueso. Ahora me pertenece, y pagaré su precio cuando lleguen mis últimos días.
Jarben, pálido y recostado, logró alzar la voz:
—¿Y cómo consultáis ese conocimiento?
Maltherion apoyó la varilla sobre el pecho.
—No se consulta. Solo fluye. Está unido a mí. Igual que cargo con todo lo que otros dejaron, también entrego lo mío, capa sobre capa, hasta hacerlo crecer. Se llama…
Maltherion inclinó la varilla. El silencio tensó el aire.
—… Memoria Ancestral.
Jarben frunció el ceño. Sus dedos temblaban sobre el mantel.
—Entonces, puedes recordar lo que otros vivieron, lo que vieron, lo que sintieron.
—Incluso lo que callaron —respondió Maltherion—. Y por eso sé cuándo alguien intenta ocultar su verdadera naturaleza.
Jarben tragó saliva y apartó la mirada.
—No tengo nada que ocultar.
Maltherion se levantó de su asiento y se acercó a Jarben. La varilla vibró con un zumbido ahogado.
—Tu pulso cambia cada vez que mientes —susurró—. Y cambia aún más cuando la luna entra en tu sangre.
Jarben cerró la mano en un puño. La manta se crispó bajo sus dedos.
—No es lo que crees.
—Lo es. La Memoria Ancestral no se equivoca —Maltherion acercó la varilla al pecho del joven—. Los ancestros marcaron señales para reconocer a los suyos. Tu respiración, tu olor, la forma en que oyes lo que otros no perciben. Esas cosas no provienen de enfermedad ni de miedo.
Jarben se tensó. Un latido profundo se escapó de su garganta, grave, animal, antes de poder contenerlo.
Maltherion no retrocedió.
—¿Cuándo fue la primera vez?
Jarben cerró los ojos. El recuerdo subió como un golpe.
—En Alonia. En mi biblioteca, cuando pensé que iban a matar a una amiga —murmuró—. Algo despertó para impedirlo.
Maltherion asintió, seguro ya de un cálculo que arrastraba desde hacía tiempo.
—Tu linaje estaba dormido. La herida del Aurimath solo aceleró el proceso. El dolor lo puso en marcha. Estabas destinado a ser lo que eres.
Jarben respiró hondo, con el pulso a la carrera.
—No quiero ser esto.
—No puedes elegir lo que eres —Maltherion acercó la varilla a su frente—, pero sí lo que haces con ello. Y necesitarás control. Porque llegará una noche donde no habrá enemigos que vencer y solo gente a la que podrías destrozar sin querer.
Jarben apretó los dientes. El brillo rosa en sus pupilas se iluminó.
Maltherion asintió y regresó a su sitio.
—¿Y cada vez que me transformo también consumo mi esencia vital? —preguntó Jarben confuso.
El hechicero lo miró durante un largo rato.
—Lo mismo, hijo. Es un don sobrenatural, un poder unido a los dioses. Tiene un precio. Te consume, te acorta el tiempo de vida. Morirás antes de lo que deberías.
Jarben bajó la cabeza. Danna, a su lado, posó con pena una mano en su hombro.
Rayhem apretó los dientes, pensaba en Anara.
—¿Todos pueden poseer ese poder del que hablas?
—No. Solo algunos —Maltherion sonrió, disfrutaba de su ignorancia—. Hay ramas de sangre más proclives. Linajes moldeados por dioses antiguos, unos más dados a la magia que otros. El por qué es un misterio.
Azniel, con la voz entrecortada, añadió:
—He leído que no todos pagan el mismo precio. Algunos nacen con la chispa, con el don y lo que para otros sería muerte, para ellos es aire.
El hechicero asintió.
—Exacto. Hay unos pocos elegidos. Seres en los que el gasto no deja cicatriz.
Jarben levantó los ojos.
—¿Y cómo se controla? ¿Cómo se perfecciona?
—Hay dos caminos —Maltherion levantó dos dedos—. El estudio: años de aprendizaje, disciplina, enseñanza. O el innato: aquel que nace marcado y lo sabe sin que nadie se lo explique. Entre esos extremos hay escalas infinitas… y también ruina.
Se inclinó hacia delante y clavó la mirada en ambos.
—Porque no siempre se nota a simple vista. A veces, el poder te roe por dentro, despacio, como un ratón hambriento. No arranca pedazos de carne, sino que vacía lo que eres, y lo que queda es una cáscara, un cuerpo que aún respira pero ya no es dueño de sí, e inevitablemente muere.
El silencio que siguió fue más pesado que las palabras.
La lámpara osciló y proyectó un resplandor verdoso sobre los presentes. Jarben se inclinó hacia delante con los ojos muy abiertos, sus dedos temblaban sobre el borde de la mesa.
—Si el precio es la vida, ¿no significa eso que cada conjuro, cada invocación, cada transformación o muestra de poder… nos acerca más a la muerte, y con ello a entender lo que somos en realidad?
Rayhem apretó los labios. El tono exaltado de su compañero le inquietaba.
—O te acerca a perderte del todo. —Su voz salió grave—. ¿Qué clase de revelación merece que consumas tu cuerpo antes de tiempo?
Danna soltó un leve jadeo, se llevó la mano al pecho y se apartó un poco de la mesa. Sus mejillas estaban pálidas, para ella el aire en el lugar se había vuelto demasiado pesado para respirar.
Azniel la miró de reojo. Luego se incorporó despacio, sin apartar la vista de Maltherion.
—El coste no siempre se mide en años. A veces, la carne no se arruga ni se seca —dijo con calma—. A veces es la mente lo que se agrieta, como un cristal congelado.
Los ojos del hechicero brillaron con aprobación.
—Hablas bien, joven sabio. El conocimiento no está solo en los libros, sino en ver lo que la mayoría prefiere ignorar.
Jarben se mordió el labio inferior, fascinado.
—Entonces… ¿se puede elegir? ¿Quemar mi cuerpo o mi espíritu? ¿Escoger la forma del precio?
Rayhem giró hacia él con brusquedad.
—¿Te das cuenta de lo que dices? Esto no es un mercado. No puedes regatear con tu vida.
Danna apartó la mirada. Mareada, tenía los dedos crispados sobre el paño de la mesa. El murmullo del viento contra las paredes parecía un lamento.
—Yo… yo no quiero que nadie de vosotros acabe vacío. Ni envejecido en un instante. Ni roto por dentro.
Azniel suspiró y posó su mano sobre la suya para calmarla.
—Lo que temes, Danna, es sensato. Los ejemplos están en la historia. Reyes consumidos en un amanecer, sacerdotes que olvidaron sus propios nombres. Héroes corrompidos por creerse dioses.
Maltherion asintió, complacido. Disfrutaba mucho de la conversación.
—Y aun así, siempre hay quienes buscan más y más. No se conforman con vivir atados a un destino escrito. Vosotros decidís si queréis acabar como ellos… o entre los que cierran los ojos y dejan pasar la oportunidad.