Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El hechicero de fuego
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El hechicero de fuego

Jarben se desplomó sobre la tierra oscura, jadeante.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas. Su piel albina, blanca como la nieve, contrastaba con la negrura del suelo.

Ya no quedaba rastro de la criatura que había luchado contra el trol; solo un hombre exhausto, desnudo, que temblaba sobre el polvo negro.

Rayhem arrojó su manto sobre él y se arrodilló.

—Tranquilo, hermano. Ya pasó.

Jarben cerró los ojos, incapaz de responder.

Los soldados recogían los restos de los dos compañeros caídos. No hubo lamentos, solo silencio. Los cuerpos estaban destrozados, irreconocibles, y la sangre se mezclaba con la ceniza volcánica. Brak apretó con fuerza el mango de su hacha, pero no dijo nada.

A unos pasos, rodeado de lanzas, arcos tensos y espadas en alto, el hechicero permanecía inmóvil. El Balrund, arrodillado ante él, bajaba la cabeza como un perro domesticado. El aire quemaba al respirar.

El hechicero de piel negra levantó el bastón de obsidiana y sus ojos de fuego recorrieron a la compañía.

—¿Quiénes sois? ¿Por qué alteráis la paz de Piedras Oscuras?

Rayhem se incorporó despacio.

—Soy Rayhem, embajador de Beluria.

El hechicero ladeó la cabeza mientras saboreaba el nombre.

—Beluria… Creía que ese reino había desaparecido cuando Nela-Shur ardió a manos de los alonios.

Rayhem sostuvo su mirada.

—El reino, sí. Los belurios, no. Nuestros padres fueron esclavizados, pero hemos recuperado la libertad.

—¿Y quién os la ha devuelto? —preguntó el hechicero, con una mueca casi burlona.

—Los jersas —contestó Rayhem—. El rey Rozar II nos ha entregado nuestras reliquias, nuestra identidad y la posibilidad de reconstruir lo que perdimos.

—Del fuego a las brasas… —El hechicero dejó escapar una risa—. ¿Y a cambio de qué?

—De una alianza, cuando volvamos a ser fuertes.

El hechicero se inclinó hacia él. Los ropajes rojos ondeaban con el calor del suelo.

—Para cuando eso ocurra, Rozar ya habrá muerto.

—Entonces serán sus herederos quienes sean nuestros aliados —replicó Rayhem, firme.

—Eso no es muy jersa que digamos. —El hechicero clavó el bastón en la tierra. Las piedras vibraron—. ¿Y hacia dónde os dirigís?

—A Tyrio, capital de Senicia.

Sus ojos ígneos brillaron con un destello peligroso.

—Buen lugar para un esclavo… si quiere morir.

Brak dio un paso al frente y levantó el hacha.

—¡Ya no somos esclavos! —exclamó con furia.

El hechicero no se inmutó.

—Entonces, ¿por qué habláis como si lo fuerais?

Rayhem alzó la mano y detuvo a Brak. El capitán gruñó, giró el rostro y se inclinó junto a los cuerpos destrozados de sus hombres.

El embajador no apartó la vista del hechicero.

—Los senicios son nuestros vecinos. Necesitamos lazos con ellos, no guerras.

—Espero que llevéis oro en ese carro —dijo el hombre de fuego y señaló el equipaje—. Oro, o algo que tenga más valor.

El silencio pesó como una losa. El Balrund, obedeciendo una orden inaudible del hechicero, se levantó. Los ojos de carbón se clavaron en los cadáveres; no mostró emoción alguna, solo frialdad, y se retiró hacia la penumbra.

El hechicero extrajo una piedra blanca de su cinturón, se la llevó a los labios y murmuró algo en una lengua áspera. La roca se quebró en su mano con un crujido y el aire se estremeció.

—Siempre me cayeron bien los belurios —dijo por fin, y los observó con una calma peligrosa—. Su sentido del honor es raro de ver en Mundo Antiguo.

Los duendes que custodiaban los charcos negros se inclinaron y reconocieron su autoridad.

El hechicero giró sobre sus talones.

—Seguidme. Os daré cobijo.

Los soldados lo miraron con resentimiento y aún lo rodeaban con las armas en alto. Nadie se movió hasta que Rayhem, tras ajustar la capa sobre los hombros de Jarben, dio la orden:

—Descansad, acamparemos aquí.

El silencio se quebró con el sonido de los pasos sobre la ceniza.

Rayhem encendió las antorchas funerarias.

El grupo, todavía con la sangre del combate fresca en la ropa, se reunió en silencio alrededor de los cuerpos.

Jarben, con las manos hundidas en la tierra húmeda, se levantó, clavó la pala y cavó.

Aún no se había recuperado del todo tras su transformación, siempre le dejaba exhausto.

Pero esto no podía dejar de hacerlo. Cada palada resonaba grave, como un tambor en la penumbra.

Nadie se atrevía a interrumpirlo; sus movimientos eran lentos, meticulosos, casi ceremoniales. Lo había hecho miles de veces.

Rayhem alzó la voz en una plegaria.

—Que su viaje no sea en vano, que Bel-Hur los reciba donde la noche no duele.

El hechicero permaneció a un lado, en pie, apoyado en su bastón de obsidiana. Sus ojos ardientes parecían no parpadear. Cuando los cuerpos quedaron bajo la tierra y Jarben limpió sus manos en la hierba gris, el hechicero inclinó la cabeza, solemne.

—Honrar a los caídos es honrar también al destino que los reclama. —Su voz era profunda, tan grave que parecía nacer de la piedra misma—. Habéis pagado un precio, y ese precio será recordado.

Brak se acercó a Rayhem y murmuró:

—No te fíes de él. Ese brujo controla a la bestia. Todos lo hemos visto. La criatura de piedra ha matado a dos de mis hombres como quien mata moscas.

—Lo sé. Yo también estaba aquí y lamento sus muertes. Pero han dado sus vidas por un fin mayor. Honrémosles. Descuida, Brak; no bajaré la guardia.

Rayhem no apartó la vista del hechicero, que seguía inmóvil bajo la luz rojiza del ocaso.

El hechicero extendió una mano enguantada hacia la inmensa roca negra que se alzaba como una montaña oscura contra el horizonte.

—Venid. Mi morada os dará cobijo esta noche. Aquí afuera, la muerte siempre acecha con hambre.

Los soldados belurios intercambiaron miradas tensas, y Brak, con gesto hosco, ordenó acampar fuera de la roca.

Fuegos discretos comenzaron a encenderse alrededor, pero nadie alzó la voz.

La sombra del trol permanecía inmóvil, postrado a lo lejos, quieto, aún bajo el influjo del hechicero, vigilaba como un centinela sin voluntad y poco después desapareció en la sombra.

Rayhem y todo su séquito siguieron al hechicero hacia la entrada que se abría en la mole oscura. La roca negra tragaba la luz y parecía latir en su interior.

El bastón del hechicero golpeó tres veces en el suelo negro. Un murmullo recorrió el aire y la pared se abrió como una herida luminosa; reveló un pasillo que descendía a las entrañas de la montaña.

—Entrad —dijo él, y el eco de su voz retumbó en la piedra—. Lo que buscáis quizá se halle en mi mesa… o entre mis secretos.

Detrás, los duendes que lo habían seguido se arrodillaron, testigos de la retirada de un dios.

La roca se abrió en pasillos oscuros que llevaban a un baluarte imposible.

Una fragancia acre de metales fundidos impregnaba el aire.

A un lado, un banco de alquimia rebosaba de frascos luminosos que ardían sin fuego; al otro, una biblioteca de estanterías monumentales se perdía en sombras infinitas.

Más allá, una cocina subterránea desprendía aromas de especias desconocidas, e hileras de literas aguardaban como nichos preparados para viajeros extraviados.

En el centro, tras un tapiz de piedra negra, aguardaba un comedor dónde los invitados fueron acomodados.

Estaba colmado de manjares de aspecto dudoso: carnes iridiscentes, frutos que palpitaban con savia oscura, copas de cristal con líquidos que parecían respirar.

Varios duendes ciegos servían callados, y se movían con una precisión antinatural, mientras el hechicero presidía el banquete con mirada penetrante y sonrisa indescifrable.

Rayhem se sentó con cautela, Jarben, exhausto, intentaba observar cada gesto, Azniel descifraba símbolos en los manteles bordados, y Danna mantenía la atención fija en el anfitrión.

Los dos soldados que venían con ellos permanecieron tensos, alerta, con las manos en las empuñaduras y conscientes de que aquella mesa podía ser tanto una ofrenda como una trampa.

La gran mesa de piedra estaba cubierta por manjares que ninguno de los invitados reconoció.

Un pescado sin ojos, todavía vivo, palpitaba sobre un lecho de raíces negras.

Vasijas de vino espeso, casi como sangre coagulada, llenaban las pesadas copas de cristal oscuro.

En fuentes doradas reposaban panes oscuros que al partirse desprendían chispas rojas, parecían tener brasas en su interior.

El hechicero, con su túnica escarlata adornada de cenizas, presidía la mesa en un trono bajo tallado con símbolos ígneos. Sus ojos de fuego observaban a sus invitados y al hablar, el aliento que desprendía olía a humo.

—Soy Maltherion, guardián del fuego antiguo, uno de los últimos que aún camina entre los hombres. —Su voz resonaba como un horno que respiraba.

Rayhem no bebió. Sostuvo la copa y examinó el rostro del anfitrión.

—Nos recibes con generosidad en tiempos de escasez. Pero en tu mesa hay más enigmas que certezas.

Maltherion sonrió, dejando ver dientes ennegrecidos por el hollín.

—La certeza es la ilusión de los vivos. El fuego no promete nada, salvo cambio.

Jarben tomó aire e inclinó la cabeza, con gesto de prudencia.

—Quien domina el fuego, domina la destrucción. Pero también la vida de los que buscan calor. ¿Qué quieres de nosotros?

El hechicero dejó que el silencio se espesara, mientras un duende derramaba gotas de vino sobre la mesa y dibujó símbolos circulares que parecían moverse solos.

—No quiero nada. Sois vosotros quienes habéis venido a mí. El fuego puede guiar o consumir. Decidme… ¿qué buscáis en esta tierra que no os pertenece?

Las palabras flotaron sobre el banquete como brasas incandescentes. Hasta entonces, nadie se atrevió a probar bocado.

Los duendes ciegos servían en silencio y se movían con sorprendente precisión entre copas y bandejas.

Colocaban frente a los invitados platos humeantes: carnes de un rojo extraño, frutas negras que destilaban savia espesa, caldos espesos que ardían en el plato y raíces translúcidas que parecían palpitar con vida propia.

El anfitrión alzó su copa de cristal ennegrecido.