Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) ¿Tú también lo ves?
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¿Tú también lo ves?

La música comenzó con suavidad, apenas era un murmullo de cuerdas en la penumbra del campamento. Kalthis apoyó el laúd contra su pecho y rozó las cuerdas con sus dedos largos. La madera gastada tembló bajo su mano y un acorde limpio se extendió hacia los fuegos de la noche.

—Arelia… Liris… Noa… —susurró sin que nadie lo oyera.

Un tambor respondió de forma torpe, fuera de compás.

Vayra, el tamborilero de dedos gruesos, se rio de sí mismo y redobló con más fuerza.

La flauta de Lira entró después; ella sonreía incluso cuando erraba la nota.

El violín del chiquillo tembló inseguro, era demasiado grande para sus brazos, pero todos aplaudieron igual.

Los huérfanos se acercaron primero, casi todos estaban descalzos.

Se sentaron en primera fila y cuando acabaron de tocar, uno alzó la mano para pedir otra canción.

Kalthis bajó la mirada, tragó saliva y acarició el nombre de su mujer y sus hijas tallado en la madera antes de tocar otra vez.

El polvoriento aire del campamento se volvió más respirable.

Detrás de ellos, el Carro Rojo aguardaba.

La mole de hierro y madera parecía dormir sobre sus ruedas reforzadas, con cadenas que colgaban como serpientes inmóviles.

No había nadie en su interior, pero Perin estaba sentado en el pescante con su lanza apoyada en el hombro y el gorro de cuero calado hasta las cejas.

—¿Y Edoz? —preguntó Kalthis tras apartarse del corro de niños y acercarse al carro.

—¿Edoz? Se lo llevó Shuraz hace ya un tiempo. Entraron al bosque —respondió Perin con cierto orgullo al pronunciar los nombres de los Embajadores de Beluria, sin apartar la vista de la oscuridad de los árboles.

Kalthis inclinó la cabeza, decepcionado.

—Quería que escuchara nuestra música y se animase.

Perin rio.

—A Edoz no le gusta la música. Le gustan los gritos.

—¿Los gritos? —preguntó Kalthis sorprendido.

—Era verdugo en la Torre Roja en Alonia —susurró Perin tras mirar a ambos lados y no ver a nadie cerca— y torturador mayor del reino, o algo así. Dicen que era bueno, aunque no hay nadie vivo para contarlo.

Kalthis frunció el ceño y bajó la voz.

—¿Cómo sabes eso?

—Narel me lo contó.

Kalthis le miró con curiosidad.

—¿Quién es Narel?

Perin señaló al vacío, junto al Carro Rojo. Allí, sentado sobre la rueda, el espectro lo observaba, pero solo Perin podía verlo. El joven fantasma se llevó la mano al tajo del cuello y sonrió con una mueca divertida.

—Está ahí mismo —murmuró Perin—. Es mi amigo.

Kalthis retrocedió un paso, desconfiado.

—No veo a nadie…

—No importa —replicó Perin—. Me basta con que él me vea a mí.

El silencio pesó entre ambos. Entonces, Kalthis cambió de tema y le tendió la mano con cierta solemnidad.

—Soy Kalthis.

—Perin, guardián del Carro Rojo —respondió con orgullo; cambió la lanza de mano, cogió la del bardo y la agitó con fuerza.

El laúd brilló a la luz del brasero cuando Kalthis lo alzó.

—Un bardo y un guardián. Yo guardo melodías perdidas y tú a los hombres perdidos. Quizá no seamos tan distintos.

Perin se quedó pensativo sin entender al bardo, pero no le preguntó nada.

Las cadenas del carro tintinearon solas. Perin se giró hacia Narel, que le devolvió la mirada.

Kalthis apretó los labios.

—¿Y por qué admiras a Edoz? Se nota en tu voz que lo aprecias.

—Porque los vivos siempre buscamos gente que nos haga soñar —Perin sonrió hacia el vacío mientras posaba su mano sobre el hombro del bardo—. Los muertos ya no pueden hacerlo.

Kalthis pensó en las profundas palabras del guardián.

El aire junto al Carro Rojo se enfrió. Perin no pareció notarlo, pero Kalthis sí: una corriente helada acompañada por el olor metálico de la sangre.

Entre la penumbra, una figura joven se había sentado con la espalda contra la rueda: tenía la túnica manchada de sangre y de sus muñecas aún colgaban ataduras rotas.

El corte abierto en su cuello parecía imposible de ignorar, aunque nadie más lo miraba.

Perin levantó una mano como quien calma a una mascota.

—Tranquilo, Narel. Nadie intentará abrir el carro.

Entonces, Kalthis también lo vio. Se quedó quieto, con el laúd sujeto contra el pecho. La visión lo heló, pero fingió no ver nada. El espectro inclinó la cabeza y sus labios se movieron sin voz.

—¿También lo ves? —preguntó Perin con una sonrisa.

—Sí —respondió atónito Kalthis.

—Me gusta tu música —dijo Narel con la voz resquebrajada.

El bardo no supo qué responder y tragó saliva.

Perin apartó la mano del hombro de Kalthis y en ese momento el bardo dejó de ver al fantasma del joven sacerdote asesinado.

Kalthis todavía tenía el pecho sin aire. Aún se preguntaba si de verdad había visto al muchacho muerto y escuchado su voz quebrada.

Se giró hacia Perin que sonreía con naturalidad.

—Tú lo veías ya de antes, ¿verdad? —preguntó Kalthis en voz baja.

Perin se inclinó hacia él.

—Sí, y creo que yo te he dejado verlo. Acabo de descubrir que cuando te toco, tú también lo ves.

El bardo lo observó incrédulo y apretó el laúd contra el pecho.

—¿Y si vuelves a hacerlo?

—Vale, pero no mucho tiempo —respondió Perin y apretó los dientes—. No me sienta bien hacerlo, me da dolor de cabeza.

Perin alzó una ceja y apoyó la mano de nuevo sobre su hombro. El aire se heló al instante. La silueta de Narel apareció sentada junto al carro de nuevo, vio su túnica manchada y el cuello abierto en una herida enorme.

—Tu música me calma —susurró el espíritu a Kalthis.

—Gracias —respondió atónito el bardo y soltó un jadeo. Perin retiró la mano. En el acto, el espectro se deshizo como humo y el calor regresó.

Kalthis tragó saliva y dio un paso atrás.

—Nada de esto debería estar pasando.

—Pero pasa —replicó Perin y se encogió de hombros—. Y ahora, tú también lo sabes.

Durante un instante se miraron, uno con el laúd tembloroso entre los brazos y el otro con la lanza apoyada contra la rueda. Perin extendió la mano con naturalidad.

—Podemos guardarlo como un secreto. Nuestro secreto.

Kalthis dudó, pero al final asintió y le devolvió el gesto.

Era la segunda vez que se estrechaban la mano esa noche y, durante ese momento, Kalthis volvió a ver al espíritu de Narel, que lo miraba con curiosidad.