Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Huellas
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Huellas

El campamento dormía bajo un cielo apagado.

Los guardias lo custodiaban con las lanzas firmes, mientras las hogueras exhalaban brasas casi muertas.

Lyria avanzó a media luz, con el talismán helado contra el pecho.

El recuerdo de Zarhel viajaba con ella, aún no podía creerse que estuviera muerto.

Al repasar sus últimos pasos, él había ido a preguntar por un asesino y ella debía seguir ese camino.

Alcanzó las mesas de trabajo de los exploradores.

El olor a tinta seca impregnaba el aire.

Había pergaminos abiertos que descansaban junto a rollos mal atados.

Lyria apartó un mapa manchado de barro y un par de tablillas partidas.

Bajo un estandarte rasgado, uno de los que usaban para señalizar rutas, encontró un cofre entreabierto.

La tapadera cedió con un chasquido leve. Dentro había notas arrugadas, algunas casi borradas por el viaje. Se inclinó y desenrolló la primera. El nombre saltó frente a ella: Zorkel. Un borrón cubría media frase, pero lo demás aún podía leerse: muerte sin sangre, filo de una daga oscura.

El aire se espesó.

Revolvió más documentos. Uno hablaba de un caballo degollado y sin señales de lucha. Otro mencionaba heridas extrañas en cuerpos. Eran los registros de la investigación de Zarhel.

—Zarhel no escribió nada en su vida —pensó.

Él apenas sabía firmar. Su letra era un garabato nervioso. Sin embargo, las frases tenían su ritmo. Cortas, directas, con esa aspereza que contagiaba cada vez que hablaba. No era su mano, pero sí su voz atrapada en un pergamino.

Quizá un explorador lo acompañó y tomó nota de todo antes de que la noche se tragara sus palabras. O quizá alguien quiso guardar sus hallazgos lejos del Consejo, lejos de ojos no deseados.

Lyria apretó el pergamino contra su pecho. Si Zarhel había confiado estas palabras a alguien, significaba que sabía más de lo que había dicho. Y ese «culpable» podía estar más cerca de lo que cualquiera imaginaba.

Lyria cerró los ojos. Recordó su voz en la tienda de Anara, cuando intentaba parecer tranquilo, aunque su inquietud era evidente.

—No era un arma cualquiera, —dijo, y después se lanzó a buscar al culpable… sin volver jamás.

Un crujido la sacó de su ensimismamiento. Afuera, alguien caminaba. Guardó las notas bajo su capa y salió por el otro extremo de la tienda, con el latido desbocado.

La voz del talismán habló por primera vez en días:

—Zarhel murió porque se acercó demasiado a la verdad. Los espías que hay entre vosotros no dudan en matar.

Ella guardó los escritos bajo la capa negra y salió al aire frío de la noche. Miró hacia la linde del bosque, donde la oscuridad parecía más densa. Algo la observaba. Algo que había callado mientras Zarhel investigaba, y que ahora esperaba su turno.

Lyria comprendió que la muerte de su amigo no había sido casualidad, cuando el talismán susurró de nuevo:

—Encuentra al asesino… o se llevará también tu vida.