Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Gundar el piadoso
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Gundar el piadoso

Bakthar avanzó entre la niebla espesa del Bosque Sagrado con paso firme; su lanza astillada reposaba sobre su hombro como una extensión de su cuerpo. Sus hombres lo seguían sin emitir un sonido; incluso sus respiraciones parecían tragadas por los árboles retorcidos.

El hedor a carne podrida les abrió camino. No era un olor común, tenía un filo caliente, casi ácido, que anunciaba violencia reciente.

Al llegar al claro, lo vieron.

El cadáver aún se estremecía en un espasmo final, una sacudida casi obstinada; aquello que habitaba dentro del monstruo se negaba a abandonar la carne muerta.

Los ojos insectoides, decenas de ellos, estaban apagados, vidriosos, sin rastro de vida.

Uno de los brazos había sido arrancado de cuajo; el cuello exhibía varias puñaladas profundas; la cabeza y el torso estaban abiertos como un libro de pesadillas, y dejaban al aire vísceras y sesos aún humeantes.

Bakthar se agachó sin miedo. La sangre oscura le manchó las botas al inclinarse hacia el pie de la criatura. Del hueso sobresalía un aro metálico hundido hasta casi romperlo, marcado con runas antiguas.

—Han podido con él —murmuró, y rozó la argolla con los dedos—. Son más fuertes de lo que creíamos.

Uno de sus exploradores se encogió y besó el amuleto de hueso que llevaba al cuello, quería contener algo más que el miedo.

—¿Y si los belurios ya conocen el camino a nuestras madrigueras? —susurró, y miró a su alrededor por si acaso los árboles escuchaban.

Bakthar levantó la vista y lo fulminó con la mirada.

—Si supieran tanto —gruñó— no quedaría uno solo vivo en este bosque.

El silencio volvió a tragarse el claro.

Regresaron a las profundidades, donde la piedra rezumaba humedad como una herida abierta; los hongos azules titilaban a lo largo de los túneles y marcaban el camino con una luz fría.

A medida que descendían, los cánticos en lengua antigua que resonaban desde las cámaras inferiores se apagaron poco a poco; los propios muros parecían contener la respiración.

Al llegar a la cámara abovedada, el silencio se volvió pesado.

Kharzug los aguardaba en su trono de huesos, una montaña de vértebras talladas y calaveras pulidas que crujía cada vez que él movía un músculo. La sombra de su figura se proyectaba sobre las losas negras con forma de garra, arañando el suelo.

—Habla, Bakthar —retumbó su voz, grave como un tambor de guerra.

Bakthar dejó la lanza a un lado y se inclinó, el sudor le bajaba por la sien pese al frío pétreo.

—La bestia está muerta, mi señor.

Un murmullo reptó entre los encapuchados púrpuras que rodeaban la cámara. Sus voces vibraban en sílabas antiguas, afiladas como cuchillas contra la piedra.

De entre la penumbra emergió Gogor. Su piel verde oscura brillaba con los reflejos de los hongos y las runas tatuadas en sus dedos ardieron por un instante, como brasas avivadas.

—Debemos matarlos ahora —gruñó con su voz áspera como ramas secas que se parten—. Si han podido con la bestia, podrán con más. Y si los dejamos respirar… aprenderán. Ganarán valor.

Kharzug no respondió de inmediato. Su silencio pesaba más que cualquier amenaza. Sus ojos rojos incandescentes se clavaron primero en Bakthar, luego en Gogor y por último ascendieron hacia la estatua de Gundar.

El titán de piedra negra vigilaba la cámara desde un nicho elevado, con cuernos afilados, fauces abiertas y montones de calaveras apiladas a sus pies. Parecía inclinarse sobre los presentes, listo para devorar a cualquiera que dudara.

Cuando Kharzug habló, la bóveda vibró.

—No los mataremos —declaró—. Serán nuestros prisioneros. Primero probarán el sabor del miedo. Después, la muerte será un alivio para ellos.

Los encapuchados murmuraron; algunos asintieron, otros apretaron los puños. Gogor bajó la cabeza, aunque sus labios seguían en movimiento en un rezo sordo dirigido a un dios que pedía sangre.

Bakthar recuperó su lanza y se inclinó otra vez.

—Partiremos al amanecer.

Entonces, un eco diferente recorrió la bóveda. No provenía de los encapuchados ni del viento que se filtraba por las grietas. Era un rugido lejano, profundo, que hizo temblar la piedra y erizó la piel de todos los presentes.

Kharzug se irguió en el trono de huesos. Sus ojos ardieron con un brillo voraz.

—Aún no hemos soltado a nuestra mejor arma.

Y el rugido se apagó por completo.