La mascota
Edoz pateó con la punta de su bota el cadáver todavía tembloroso de la bestia. Sus cientos de ojos ya no brillaban, pero la argolla en su tobillo relucía entre la sangre y sobre la tierra.
—Míralo bien, Shuraz. Es una mascota con collar. ¿Qué clase de dueño deja suelto a semejante engendro? —Sacó una de sus dagas, raspó la argolla y olfateó el metal ennegrecido—. No era un ser libre. Lo lanzaron contra nosotros. Aquí hay algún tipo de escritura, parecen runas… ¿Arreshim? o algo peor.
Shuraz permaneció erguido con Oscuria ensangrentada y apoyada sobre la tierra manchada de vísceras. Su respiración seguía agitada por el combate.
—No lo sabemos —replicó Shuraz mientras observaba sin pestañear los surcos del metal—. Podría ser una firma. Lo que está claro es que no ha sido un ataque fortuito. Nos vigilan y nos ponen a prueba. Quieren medir nuestras fuerzas.
Edoz arqueó una ceja y sonrió.
—¿Probar? Pues la prueba les ha salido cara. Que manden más, yo tengo dagas de sobra.
El guerrero lo miró sin rastro de humor.
—No lo entiendes. Los arreshim no arriesgarían un arma así solo para asustarnos. Esto no ha sido una caza. Ha sido un aviso.
Edoz soltó una risa en voz baja.
—Aviso… o distracción. Tal vez mientras jugábamos a destripar insectos gigantes, otros se encargaban de algo más importante.
Shuraz frunció el ceño y levantó la mirada hacia los árboles que se cerraban alrededor.
—No sé si los arreshim están detrás. Esa argolla no parece forjada por ningún herrero salvaje.
Edoz giró la daga entre los dedos, la hoja aún estaba llena de sangre e hizo un gesto rápido para arrojar los restos al suelo.
—Entonces, tenemos un admirador oculto. Uno con recursos y sentido del espectáculo. Me cae bien.
—No bromeo, Edoz —la voz de Shuraz retumbó grave—. Esto puede significar que alguien guía la mano de los arreshim. O son ellos mismos los que nos quieren muertos antes de cruzar Senicia.
Edoz terminó de limpiar la daga con uno de sus pañuelos de seda y la guardó con un movimiento rápido.
—No sé de dónde te has sacado que alguien los guía. A veces, la explicación más sencilla es la correcta.
Shuraz lo miró inquisitivo, pensaba en las dudas que aún tenía sobre la muerte de Zarhel.
El silencio se hizo incómodo y Edoz lo notó.
—Si es como dices, que vengan todos los titiriteros que quieran. Yo cortaré las cuerdas una por una —dijo Edoz y buscó cambiar de tema—. Tú continúa con la espada en alto; yo buscaré al que mueve los hilos.
Oscuria brilló con un reflejo oscuro en la penumbra.
—Entonces, más nos vale no fallar. La próxima criatura quizá no tenga cadenas.
El silencio se hizo espeso, roto solo por los cuervos del bosque que graznaban en lo alto.
El entierro fue rápido y sin ceremonia. Cavar entre raíces duras y húmedas les costó a los soldados horas de sudor, pero al fin lograron cubrir los cuerpos de sus compañeros caídos.
Shuraz colocó sobre la tierra una placa metálica arrancada al monstruo.
Edoz lo miró sin decir nada, solo se apartó a la sombra.
Esa noche no hubo hogueras. El campamento quedó oculto bajo la penumbra húmeda, con linternas a medio cubrir.
Comieron lo que uno de los hombres había recogido, hongos de sombreros plateados y frutos rojizos comestibles.
El sabor era amargo, pero era lo único para aplacar el hambre que mordía sus estómagos.
—Perfecto. Si no nos matan los monstruos, lo harán las bayas venenosas —murmuró Edoz tras masticar y tragar, con los ojos cerrados.
Shuraz lo miró desde el otro lado, impasible, mientras ajustaba el vendaje de su brazo herido.
—Haremos guardias. No quiero que nos afecte el miedo.
El silencio volvió a caer. Entre los troncos, más allá del campamento, el bosque crujía mientras respiraba.
El bosque dormía bajo un manto espeso de niebla que apagaba cualquier rastro de color.
El campamento respiraba en silencio, apenas un puñado de luces temblaba entre raíces retorcidas.
Shuraz caminaba entre los soldados para inspeccionar las guardias.
Edoz, a unos pasos, apoyaba la espalda en un tronco húmedo mientras pasaba la piedra de afilar por el filo de sus dagas.
Un chasquido corto atravesó la maleza. Edoz levantó la cabeza sin mover el resto del cuerpo. Dos ojos rojos brillaban entre la niebla, detrás de un helecho, quietos, atentos.
—No estamos solos —susurró.
Shuraz apenas tuvo tiempo de girarse. Silbidos afilados cruzaron el aire. Dardos finos, negros, surcaron la niebla y se clavaron en cuellos, manos y mejillas. Los soldados cayeron sin gritos, solo con espasmos y el sonido seco de sus cuerpos al toparse con la tierra.
Shuraz alzó a Oscuria. La hoja negra trazó un arco frente a él, pero sintió su brazo pesado. La vista se nubló y las siluetas del bosque se deformaron.
Edoz lanzó dos dagas hacia los árboles, sin apuntar, como acto reflejo. Otro chasquido respondió y un pinchazo frío le mordió el cuello. Las piernas se le doblaron sin aviso. La cabeza le daba vueltas, el mundo giraba como un río oscuro.
—¡Manteneos en pie! —gruñó Shuraz, aunque su voz sonó hueca, quebrada.
Una red salió disparada desde lo alto de los árboles y cayó sobre ellos con un peso brutal; clavó plomos entre el barro y atrapó a todos los belurios. Varios soldados intentaron cortar la malla con cuchillos, pero las hojas resbalaron entre fibras gruesas untadas de algún aceite desconocido.
—Edoz… —llamó Shuraz, mientras buscaba aire.
El guerrero ya estaba en el suelo. Las pupilas le bailaban. Intentó sostenerse, primero se agarró a la red y después al tronco más cercano, pero apenas tenía fuerzas.
—No… puedo… —balbuceó. Tocó el barro con los dedos abiertos—. Esto no es normal…
Un soldado cayó junto a él con espuma en los labios. Otro forcejeó con la red, pero sus brazos perdieron fuerza y su cuerpo se cayó como un saco vacío. Algunos ni llegaron a despertar.
Shuraz alzó la vista por última vez. Entre los árboles, decenas de ojos rojos respondían a la luz pálida de la luna.
—Dad la cara… —intentó escupir Shuraz, aunque apenas le salió aire.
Oscuria se le cayó de las manos. El metal chocó contra una piedra y emitió un sonido apagado.
El mundo se fundió en un negro absoluto.