El silencio de los dioses
La lámpara de aceite proyectaba su luz sobre la tela blanca de la tienda.
El bordado del sol dorado de Bel-Hur parecía arder en la penumbra.
Anara se inclinó sobre una palangana de cobre, vertió agua con hierbas secas y humedeció un paño que después se llevó al rostro.
El escozor del alcohol de vino sobre el rasguño la hizo apretar los dientes.
Sus dedos temblaron al untar un ungüento de cera y miel sobre la herida. La fragancia le arrancó un recuerdo.
—Tía Elysia se habría reído de mi torpeza —murmuró—. Decía que las manos deben saber sanar antes de empuñar un arma.
Se volvió hacia la pequeña jaula. El ratoncillo blanco se erguía sobre las patas traseras y olisqueaba el aire.
—Jarben, ¿qué pensarías de mí si supieras que he mandado ejecutar a un hombre? —Las palabras le pesaban—. Yo, que juré traer esperanza, ahora me escucho dar las órdenes que siempre odié.
El animal agitó sus bigotes. Ella esbozó una sonrisa rota.
—Esto es lo que se siente al volverse más implacable. Me acerco a lo que siempre temí ser.
Se arrodilló frente al altar portátil. El emblema de Bel-Hur, tallado en piedra blanca veteada, reflejaba la luz de la lámpara. Cruzó las manos sobre el pecho.
—Dame fuerzas, Señor del Fuego Eterno. Volví de entre la negrura que ningún hombre pisa, pero desde entonces noto que tu voz me ha abandonado. ¿Me has quitado tu don?
Esperó, pero solo oyó el crepitar del aceite en la lámpara y el roce de las telas al moverse con el viento nocturno.
El silencio la envolvió y por un instante sintió el vacío en su interior. Cerró los ojos con fuerza y apoyó la frente sobre la piedra fría del altar.
—Si ya no soy tu voz, entonces, muéstrame por qué sigo aquí.
El ratoncillo chilló inquieto y comenzó a iluminarse, parpadeó un par de veces y volvió a la normalidad. Anara levantó la cabeza. La llama de la lámpara vaciló, se alargó en un destello dorado y luego volvió a la calma.
Ella inspiró hondo, sin saber si había presenciado un signo, casualidad o solo era su cansancio.
Fuera, el murmullo del campamento continuaba.
Un susurro rasgó el aire. No venía de fuera ni del ratoncillo. Era un murmullo seco difícil de describir.
Anara alzó la vista. La piedra del altar vibró bajo sus manos y un resplandor pálido recorrió sus vetas. Jarben se agitó excitado en la jaula mientras arañaba los barrotes.
Las llamas de la lámpara se extinguieron de golpe y la oscuridad cubrió la tienda. En ese silencio absoluto, una voz gloriosa retumbó en lo más profundo de su alma:
—Anara, aún eres mi llama.
Un escalofrío la atravesó. Cuando intentó respirar, la tela de la tienda pareció encogerse a su alrededor.
Anara cerró los ojos, respiró y guardó silencio mientras rezaba.
El amanecer olía a sopa recalentada.
La Guardia del Éxodo despertaba con desgana. Algunos maldecían por el frío, otros por seguir parados. El campamento se extendía como un enjambre de tiendas, mientras el humo de los fuegos ascendía hacia el cielo.
Zarya, la única mujer oficial entre el ejército de Shuraz, se abrochó el peto con un golpe seco. La trenza le caía sobre el hombro, gruesa y pálida como una soga. Apoyó el martillo contra una piedra y lanzó una mirada a sus lanceros, que bostezaban al fondo.
—Si alguno acierta a un ciervo antes del mediodía, le dejo mi ración de vino —soltó.
Zarya era fuerte, más ancha de hombros que la mayoría de los hombres de la Guardia. Su armadura era azul con detalles en oro.
Hubo un silencio incómodo y nadie levantó la lanza.
Torvak, el oficial de infantería, apareció entre las tiendas, con su capa verde y su sonrisa amable. Llevaba sus dos espadas cruzadas en la espalda y mordisqueaba un trozo de pan.
—Zarya, tus hombres son soldados, no cazadores —dijo, con la boca llena—. En lugar de entrenar, quieres que deambulen en busca de rastros.
—Si eres un guerrero, no puedes depender solo de tu arma para ganar una batalla —replicó ella y se ajustó el yelmo—. Tú, en cambio, pareces listo para conquistar el desayuno de todos.
—Si tú me lo sirvieras, quizá…
Ella bufó mientras sonreía.
Apareció Holen, el oficial de arquería, con un carcaj medio vacío, su arco largo en la mano y un gesto de cansancio.
—¿Podéis dejar el cortejo para después del turno? Los exploradores dicen que hay lobos al norte, y en ese bosque se esconden demasiados peligros.
—¡Tú lo que tienes es miedo! —exclamó Torvak mientras le daba una palmada en el hombro.
—No, tengo miedo de morir por culpa de tus planes.
El polvo se levantó con el viento del oeste. En el puesto de vigilancia, los centinelas jugaban a adivinar qué parte del bosque ardería primero si los belurios encendían otra hoguera «por accidente».
Zarya subió al parapeto y observó el horizonte. Un mar de tiendas y siluetas que arrastraban carros avanzaba bajo la luz del amanecer. El campamento seguía ahí, como una bestia dormida.
—Todo tranquilo. Nada se mueve —anunció un guardia.
—Ojalá nos moviéramos —murmuró Zarya—. No podemos estar más tiempo parados.
La oficial regresó con los demás cuando escuchó un cuerno que sonó en la distancia. Era una falsa alarma, otra vez.
Torvak se tumbó en el suelo y usó la capa como manta.
—Si el enemigo nos atacara ahora, me dejaría capturar. Tal vez ellos duerman más cómodos.
—¿Qué enemigo? Tú dormirías hasta en una pira —se burló Zarya.
—El día que llegue la batalla, ninguno va a tener sueño —intervino Holen mientras limpiaba su arco.
Torvak abrió un ojo.
—Cuando llegue la batalla, tú correrás más que tus flechas.
Zarya soltó una carcajada breve, la primera del día.
En medio del campamento, la tienda del Profeta se alzaba pasando desapercibida. La tela negra no mostraba desgaste alguno, rígida en sus pliegues, ajena al viento que movía todas las demás. Dos figuras encapuchadas custodiaban día y noche la entrada, siempre en silencio.
Dentro, varias lámparas de aceite colgaban de los mástiles. La luz temblaba y dejaba zonas enteras del interior hundidas en umbrales de oscuridad. El olor a hierbas quemadas llenaba el aire, mezclado con un rastro metálico que no provenía de ningún brasero.
El Profeta aguardaba y sus ojos seguían el movimiento de Torbu, que avanzaba con calma. Su torso desnudo lleno de cicatrices era la evidencia de un pasado que no quería recordar.
El Profeta inclinó la cabeza.
—Torbu, no me has contado cómo lo hiciste. El Bastón de los Antiguos Soberanos… No esperaba que pudieras arrancar esa reliquia de manos belurias con tal facilidad.
El criado sonrió. Aquella sonrisa tenía un brillo nuevo, orgulloso, casi posesivo. Se inclinó hacia su amo con un movimiento lento, una muestra de devoción ensayada demasiadas veces.
—Kudram guio mis pasos. Lo escuché, lo juro.
El Profeta alzó una ceja. No ocultaba la curiosidad. Torbu notó ese gesto como un gancho que tiraba de él.
—Entonces cuéntame —susurró el Profeta—. Lo que has hecho supera a los ladrones más astutos de Senicia.
La mirada de Torbu se desvió hacia un punto vacío de la tienda. Sus labios se separaron sin palabra alguna.
El Profeta observó cómo la sombra de aquel recuerdo se apoderaba de los ojos del criado y esperó.
La tienda de las reliquias se alzaba apartada, cercada por estacas y cuerdas tensadas que parecían marcar un territorio que nadie debía cruzar sin permiso.
Dos Sacerdotes del Templo belurio rondaban alrededor, con sus cuchillos rituales al cinto y túnicas azules que atrapaban destellos del fuego cada vez que pasaban cerca de las antorchas.
Torbu observaba desde la penumbra, envuelto en un manto de lana basta que ocultaba su figura.
Había seguido a aquellos sacerdotes durante días.
Cada paso, cada pausa para murmurar oraciones, cada noche en la que uno se quedaba solo bajo la lona para ordenar las tablillas sagradas…
Torbu lo había memorizado todo. Nadie prestaba atención al criado del Profeta de Kudram que caminaba con la mirada baja.
Nadie esperaba que midiera y anotara cada oportunidad.
Durante una de las vigilias, los sacerdotes dejaron entrar a un escriba que llevaba unas tablillas bajo el brazo.
Torbu lo esperó en el camino de salida. El escriba avanzaba distraído, con tinta seca en los dedos y la vista fija en el camino que pisaban sus pies.
No llegó a ver la hoja que se hundió entre sus costillas.
Soltó un suspiro corto y se desplomó sin ruido.
Torbu retiró el cuerpo, lo llevó hasta un cobertizo de pieles y lo ocultó bajo un montón preparado para la hoguera del amanecer. Luego tomó sus ropas, aún calientes, y cubrió su propio cuerpo con ellas. La tinta de sus mangas marcó sus muñecas.
Con una tablilla en la mano, se acercó al cordón de guardias. Ninguno lo miró más de la cuenta. El sello del escriba en la tablilla abría caminos que una espada no hubiera abierto jamás.
Dentro, el aire olía a incienso. Las lámparas colgaban altas, inclinadas por el peso del aceite. Tres cofres reposaban sobre una alfombra rojiza, ocultos bajo paños púrpuras bordados con símbolos que parecían reflejar la luz.
Torbu avanzó sin dudar y adoptó la postura exacta de un escriba listo para hacer su trabajo.
Colocó la tablilla sobre una mesa baja y deslizó los dedos bajo el paño central.
La tela reveló un cofre tallado con la figura de un ave fénix con las alas extendidas.
La madera rojiza tenía vetas que parecían heridas cauterizadas.
Con mucho cuidado, miró a los lados y al no ver a nadie, abrió el cofre.
El Bastón descansaba sobre lino blanco. La madera antigua respiraba con un pulso tenue. El cetro corto, tallado en hueso con runas que se deslizaban bajo la luz, parecía observarlo. Torbu alargó la mano y al tocarlo notó un frío seco que le recorrió los dedos y le subió hasta el antebrazo.
—Es pequeño —pensó—. Mejor para esconderlo.
No tenía tiempo para dudar. Cogió el Bastón, lo ocultó bajo el manto, cerró el cofre y bajó la tela púrpura con calma.
Se dispuso a salir de la tienda.
Uno de los sacerdotes lo bloqueó al instante.
—¿Ya has terminado?
Torbu inclinó la cabeza y levantó la tablilla. El sacerdote examinó la marca, movió los labios en un gesto que rozaba la desconfianza y dejó escapar el aire por la nariz.
—Ve con cuidado. Las tablillas nuevas son más frágiles —murmuró.
Torbu asintió. Siguió su camino sin acelerar el paso. El Bastón pesaba bajo el manto, ahora más caliente. Cuando cruzó la última estaca del cerco, sintió que la noche lo tragaba por completo.
No miró atrás. Solo escuchó su propio pulso, que golpeaba contra el hueso robado.
El criado volvió en sí con un respingo. Sus pupilas se contrajeron, luego se abrieron como faros en mitad de un puerto abandonado. Torbu respiró hondo, aún olía el incienso de la tienda de las reliquias.
—Bel-Hur dormía esa noche, Profeta. Lo supe. Caminé entre ellos y no me vieron. Kudram cegó sus ojos. Lo sentí en mi pecho.
El Profeta lo observó sin pestañear. La tela negra de su túnica atrapaba la luz de las lámparas, incapaz de iluminarlo por completo.
Había calma en su postura, pero una calma que amenazaba con quebrarse si Torbu decía algo que no encajase.
No sabía si Kudram había intervenido o si aquel desgraciado había tenido una fortuna imposible.
Tal vez lo había planeado más de lo que admitía. Tal vez había actuado sin comprenderlo.
El Profeta dio un paso lento y colocó una mano sobre el hombro huesudo de Torbu. Sus dedos parecían más largos bajo la luz temblorosa.
—Has servido bien, Torbu. Kudram está satisfecho y vigila cada uno de tus pasos. El Bastón es nuestro. El poder de los reyes muertos despertará con él y ha regresado a las manos correctas.
Torbu inclinó la cabeza, orgulloso y atemorizado a la vez. Un temblor se escapó por su mandíbula, casi imperceptible.
Una de las lámparas parpadeó. La llama subió, cayó y volvió a alzarse.
Durante ese instante, la sombra del Profeta se extendió sobre la tienda.
El contorno se deformó en el lienzo oscuro y adoptó una figura demasiado alta, con extremidades que no coincidían con las de un hombre.
La sombra reptó por la tela como una criatura que buscaba salir.
Torbu tragó saliva.
El Profeta mantuvo la mano sobre su hombro.
—Kudram siempre nos observa —susurró.
La sombra pareció asentir detrás de él.