Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El eco de Zarhel
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El eco de Zarhel

Lyria avanzó entre las tiendas con paso ligero, casi automático.

El talismán colgaba de su pecho como un peso vivo, murmuraba con la voz metálica.

No solo soltaba insinuaciones sobre Shuraz, eran acusaciones envenenadas, semillas afiladas que, si germinaban, podían quebrar algo más que la reputación del comandante.

—No es digno —susurró la voz en su oído—. Su pasado, en el que sirvió al ejército alonio, lo persigue. Esa espada negra habla por él… Es evidente que no es un arma de la luz.

Lyria apretó los dientes. Fingía serenidad, pero el murmullo no dejaba de presionarle las sienes, la empujaba hacia una conclusión incómoda, hacia un juicio que no quería emitir.

Sin darse cuenta, su trayecto cambió. El terreno bajo sus botas se volvió blando; la hierba húmeda le rozó los tobillos, los sonidos del campamento poco a poco se apagaron.

Cuando levantó la vista, el aire frente a ella parecía distinto, más denso.

Los árboles del Bosque Sagrado se erguían como vigías inmóviles.

Se detuvo en seco.

No había tenido intención de cruzar los límites, pero el bosque la había engullido igualmente.

—No… —murmuró nerviosa, y retrocedió un paso.

El silencio pesaba. Un silencio vivo, expectante.

Entonces, un crujido la hizo girarse. Los arbustos se sacudieron y, de golpe, una criatura amarillenta emergió de entre la penumbra.

Su pelo áspero estaba apelmazado por la humedad del bosque, y de su cuello sobresalía un collar de púas enormes, como espadas incrustadas en carne podrida.

Olía a carroña putrefacta. Sus ojos, completamente negros, se clavaron en ella.

La bestia abrió las fauces y un profundo rugido golpeó el pecho de la mercenaria.

Lyria desenfundó y alzó la daga runada, pero la criatura se lanzó antes de que pudiera afianzarla. El zarpazo le raspó el antebrazo, la daga salió disparada y se perdió entre raíces oscuras.

Cayó de espaldas. La respiración se le atascó en los pulmones. No estaba herida, solo aturdida, pero el miedo la paralizó, sintió un latido demasiado largo.

El tacto de algo enroscado rozó sus dedos: el látigo de Zarhel, aún en su cinturón.

El talismán vibró.

—¡Úsalo!

Lyria tragó saliva, temblorosa, y desenrolló el látigo de forma torpe. El cuero jersa se deslizó por sus dedos, ligero pero firme, rematado por una punta con pequeños pinchos metálicos que se movieron como dientes diminutos.

La criatura cargó con un bramido. Lyria lanzó el primer golpe, pero el látigo cayó un palmo antes y golpeó solo el suelo.

La bestia saltó hacia ella.

Otro intento, un giro desesperado. Nada. El retroceso le ardió en la palma y soltó un gemido de dolor. La criatura estaba tan cerca que sentía su aliento ácido.

—¡Vamos! —gruñó entre dientes.

Trazó un movimiento amplio, más intuitivo que aprendido. El látigo silbó esta vez, un sonido cortante que partió el aire. La punta metálica chasqueó contra el hocico del monstruo.

La criatura retrocedió con un bufido, sacudió la cabeza. No estaba herida, pero sí sorprendida.

—¡Funciona! —susurró Lyria mientras jadeaba.

El animal volvió a avanzar, ahora de forma lenta, mientras tanteaba el terreno. Sus patas se flexionaban como resortes tensos, las púas metálicas de su cuello tintineaban.

Lyria retrocedió un paso, sintió detrás el tronco áspero de un árbol.

No tenía a dónde huir y la criatura saltó hacia ella.

Lyria giró sobre sí misma, guiada por puro instinto. El látigo describió un arco amplio y descendió con un chasquido seco contra el lomo del monstruo. El impacto hizo que el animal trastabillara al caer y rodara sobre la hojarasca.

El olor fétido se intensificó.

—Otra vez, ¡otra! —urgía la voz del talismán.

Pero el segundo golpe falló por completo y el látigo se enredó en una rama baja. Lyria tiró con fuerza y lo liberó justo a tiempo. La criatura ya estaba encima de ella. Babas negras goteaban entre sus colmillos.

Lyria lanzó un tercer golpe, esta vez dirigido no a herir, sino a crear distancia.

La punta del látigo chocó contra una de las púas del collar y rebotó con un chispazo sordo.

La criatura dudó. No entendía bien el uso del arma, no sabía calcular su alcance. Ese titubeo podía costarle la vida.

Lyria giró la muñeca, respiró hondo y azotó de nuevo con el cuerpo entero.

El látigo cortó el aire y golpeó con fuerza la parte sensible detrás de la oreja del monstruo. El grito fue un chillido desgarrado y la bestia retrocedió varios pasos, tambaleante.

Un último movimiento, un latigazo firme, descendente, contra el suelo frente a la criatura. El sonido, seco y brutal, retumbó entre los árboles. La bestia emitió un gruñido tembloroso. Dio media vuelta y huyó entre la espesura hasta perderse en la penumbra del bosque.

Lyria se quedó quieta, jadeó con el brazo derecho tembloroso. No la había vencido, solo la había espantado, pero eso era suficiente para permanecer viva, por poco. El talismán vibró otra vez, cálido contra su pecho.

—¿Ves? —susurró la voz de la joya—. Puedes vencer si me escuchas.

Apretó el látigo con fuerza, el eco de Zarhel seguía en él.

Lyria jadeó, con la mano aún temblorosa por la adrenalina del combate.

La humedad del bosque se había impregnado en su piel con un sudor frío.

Se inclinó entre la hojarasca y apartó raíces y hojas podridas hasta encontrar la daga.

La cogió con un suspiro aliviado y la enfundó en su cinturón.

Luego tomó el látigo con ambas manos y lo enroscó con cuidado.

Lo apretó un instante contra el pecho, sintió el peso del cuero mezclarse con el del talismán helado que colgaba de su cuello.

Después lo enganchó en su sitio y dio un paso hacia la luz.

El campamento brillaba a lo lejos, cálido, humano, lleno de ruido. No quería volver, todavía no.

Buscó un claro apartado, lo bastante lejos para que nadie la viera ni escuchara, pero también lo bastante lejos del bosque para no sentir su aliento en la nuca. La luna iluminaba el espacio con un tono azul blanquecino.

Se plantó en medio del claro y desenrolló el látigo. Lo sostuvo en la mano como una serpiente dormida. Cogió aire y lo agitó.

El cuero silbó, pero el movimiento fue torpe, inseguro, y el látigo golpeó con torpeza un tronco cercano. Se enredó alrededor de él.

—Maldita sea… —susurró entre dientes.

Lo deshizo con brusquedad, arrancó un pedazo de corteza en el proceso. Sintió un sollozo en la garganta, uno que no quería dejar salir.

Zarhel estaría a su lado ahora. Le colocaría los dedos, corregiría la postura. Tal vez se burlaría. Pero le enseñaría. A su manera.

Volvió a lanzar el látigo. Esta vez el chasquido fue más limpio, cortante, directo. El sonido la atravesó como una descarga. Algo en su memoria evocó el eco de un golpe idéntico, uno que ella había escuchado tantas veces, siempre a manos de Zarhel.

Una lágrima le cayó por la mejilla sin que pudiera contenerla.

—No puedo… —murmuró y bajó el látigo un instante—. Zarhel, enséñame.

El silencio la envolvió como una manta húmeda. El talismán permaneció frío y mudo. Lyria lo miró, con palpitaciones.

Una parte de ella temía que respondiera; otra parte, lo deseaba. Lo tocó con dos dedos y nada. Ni una vibración, ni un murmullo, ni una sombra de voz.

La noche mantuvo su aliento contenido, ni siquiera el viento se atrevió a moverse.

—No me abandones ahora… —susurró, avergonzada por lo vulnerables que sonaban sus propias palabras. No quería sentirse sola, pero no hubo respuesta, solo el leve crujido del campamento a lo lejos y el peso del látigo, que colgaba inerte, como un recuerdo maldito.

Lyria cerró los ojos. Respiró hondo. No podía depender de la voz de un colgante. Si quería aprender, tendría que hacerlo sola.

Apretó el mango del látigo, tomó postura y dejó que la tensión corriera por su brazo. Un chasquido más fuerte que el anterior quebró la quietud de la noche. No fue perfecto, pero cada vez lo hacía mejor.

Abrió los ojos y sintió seguridad en su interior.

—Voy a aprender —se dijo—. Contigo o sin ti.

El talismán permaneció helado. Pero, por un instante apenas perceptible, Lyria juraría que el cuero del látigo se tensó con un gesto de reconocimiento; ¿o tal vez no? Tal vez todo estaba ya dentro de su cabeza.

La noche la observó mientras ella continuó practicando sola, con el recuerdo de Zarhel escondido en algún lugar lejano.