Piedras Oscuras
La niebla húmeda del Bosque Sagrado de Arresia quedó atrás como un telón pesado hasta dejar paso a un paisaje distinto.
La hierba se tornó ceniza, y el aire caliente emanaba de grietas en la tierra negra.
El sol acababa de ponerse, y la Compañía del Embajador decidió seguir hasta encontrar un lugar adecuado para acampar.
Estaban rodeados de montañas, y en el suelo había charcos oscuros que burbujeaban con un fulgor extraño.
De la superficie de cada uno surgían imágenes que se retorcían en formas de hombres, bestias o ciudades imposibles.
El carro donde Jarben acomodaba su cofre lleno de escritos crujió al rodar sobre la roca volcánica. El sepulturero se inclinó hacia Rayhem, que apretaba los labios al ver aquellas aguas inquietas.
—Parecen espejos, pero no reflejan lo que somos. Muestran… lo que nunca fue —susurró.
Azniel, el escriba y traductor, se ajustó la túnica, el sudor brillaba en su frente.
—Bienvenidos a Piedras Oscuras —dijo con voz grave—. En los manuscritos de Senicia lo llaman el Cementerio de los Balrund. Aquí fueron encadenados los trols de fuego cuando sus tribus ardientes arrasaban los valles.
Brak caminaba en cabeza, con su hacha de batalla siempre a la espalda. Levantó el puño y los exploradores se tensaron.
—Alerta.
Sobre cada charco se alzaba una piedra negra, y sobre ella, un duende del tamaño de un niño pequeño.
Su piel era de color ceniza y estaban desnudos salvo por unas correas de cuero.
Había lanzas y cuchillos clavados a su alrededor que de vez en cuando reubicaban.
Sus ojos blancos, lechosos, parecían no ver, pero giraban la cabeza y seguían cada movimiento del grupo.
Uno se incorporó de golpe y alzó la lanza cuando un guerrero pasó demasiado cerca de su charco.
—Trazad un sendero, ¡ya! —ordenó Brak.
Los exploradores se dispersaron. Tocaban el suelo con las lanzas, medían grietas y señalaban los charcos que debían bordear.
Avanzaron despacio, en una columna cerrada.
El calor subía de las aguas como el soplo de una fragua, y los murmullos de las figuras danzantes en su interior emitían voces con eco.
Danna, la asistenta de Azniel, se aferró con miedo al borde del carro.
—Nos miran… aunque no vean.
Azniel le puso una mano en el hombro.
—Protegen lo que les queda. No temen la muerte.
Brak, sobre Zarrón, su caballo gris, pasó entre dos charcos donde los guardianes alzaban sus lanzas. Los duendes permanecieron en guardia, tensos, hasta que el grupo se alejó. Entonces bebieron del agua negra y volvieron a quedarse inmóviles, como estatuas cenicientas.
Rayhem secó el sudor de su frente.
—Empezamos bien; si fallamos aquí, será la misión más rápida de la historia.
Jarben se inclinó hacia él en el carro.
—Un líder no se mide por su miedo, sino por los que le siguen a pesar de su miedo.
Rayhem bajó la mirada, pero un leve gesto de gratitud se dibujó en su rostro.
Encontraron un claro para acampar y comenzaron a preparar todo para pasar allí la noche.
En la distancia, Valcara los observaba desde lo alto de una roca oscura.
El resplandor de los charcos se reflejaba en sus ojos verdes, pero se mantuvo apartada.
No podía arriesgarse a romper el velo de sombra que la ocultaba.
Solo vigilaba, paciente como una loba que no quiere ser descubierta.
En cuando llegase el día, ya no podría vigilar.
Entonces, entre los guardianes, algo ocurrió.
Uno de los duendes descendió de su piedra.
Sus dedos huesudos arrancaron ramas secas y hojas negras, y con movimientos rápidos cubrió el charco que custodiaba hasta ocultarlo por completo.
Cuando terminó, miró hacia ambos lados con gesto ansioso, echó a correr, pequeño y sigiloso, y se perdió entre grietas y columnas de humo.
Nadie en la comitiva lo advirtió.
Pero Valcara sí lo vio.
Un escalofrío le recorrió la piel endurecida por el calor del lugar.
El duende oscuro avanzaba sin prisa, con un andar sigiloso.
Incluso iluminado solo por la luna, parecía conocer cada piedra del pantano en el que se había adentrado.
Valcara lo siguió a distancia, mientras se ocultaba entre raíces podridas y matorrales húmedos.
El aire estaba cubierto de niebla y apestaba a carne muerta; bultos sospechosos flotaban en el agua negra.
De pronto, el pequeño ser se detuvo frente a una mole oscura que se alzaba como una montaña.
La superficie de aquella roca negra estaba cubierta de grietas y vetas azuladas que brillaban incluso bajo la niebla.
El duende colocó sus dedos huesudos sobre un grupo de piedras más pequeñas y formó una secuencia extraña.
Primero una, luego dos, después otras en un orden que resultaba difícil de recordar.
El aire vibró con un crujido áspero. La mole se abrió con un resplandor mortecino, reveló una grieta lo bastante grande para tragarlo entero.
Sin vacilar, el duende se deslizó dentro.
La abertura se cerró tras él con un sonido sordo, y el silencio volvió a pesar sobre la tierra volcánica y pantanosa.
Valcara permaneció inmóvil entre las rocas lejanas, agazapada. Observó la superficie de la montaña negra durante largo rato, sin atreverse a moverse. La secuencia que había ejecutado aquel ser era demasiado complicada, y cualquier error podría delatarla.
El tiempo parecía haberse detenido cuando la roca volvió a gemir.
La misma grieta de antes se abrió y el duende emergió y repitió el proceso al contrario.
Salió de la mole, ejecutó la secuencia y tocó las rocas.
La grieta se cerró, volvió sobre sus pasos y desapareció en dirección a su charco maldito.
Valcara lo siguió con la mirada mientras lo veía retirar los troncos y ramas que había colocado para tapar su charco, y aseguró de nuevo su guarida sobre la roca negra.
Ella permaneció oculta, sin acercarse. Decidió que de momento su papel era solo vigilar. Desde la lejanía, esperó a una distancia prudente para no llamar la atención de la Compañía del Embajador.
El suelo tembló con un estruendo hueco. Las piedras se agrietaron y de la hendidura emergió un coloso hecho de roca negra.
Su piel era de basalto agrietado, y en ella se veían grietas con líquido incandescente en su interior.
Dos cuernos se arqueaban hacia atrás como lanzas volcánicas, y en su pecho ardía un corazón de carbón encendido que latía con cada rugido.
Los ojos eran brasas vivas que iluminaban la bruma del amanecer: era un Balrund, un trol de fuego nacido de brujos y pesadillas.
Los caballos relincharon y el carro casi volcó cuando el gigante dio un paso.
La Compañía del Embajador corrió a formar.
Brak alzó su hacha y ordenó a los guerreros rodearlo.
Los exploradores prepararon lanzas para apoyarlos desde los flancos, mientras los arqueros tensaban cuerdas y cogían flechas de sus carcajes en la retaguardia.
El Balrund avanzó lento, como un volcán andante; de un manotazo arrojó a tres hombres contra las rocas y los obligó a retroceder.
Jarben estaba junto a Rayhem.
—No quiere matar —murmuró con voz grave—. Quizá solo protege este lugar.
El rugido del trol sofocó la voz del consejero albino.
Brak no esperó explicación. Cargó de frente, hacha en alto, y la hoja golpeó contra la rodilla pétrea del coloso.
Saltaron chispas, pero la roca no cedió.
El Balrund giró su brazo y golpeó al capitán, que voló varios pasos antes de rodar por el polvo.
Se levantó de inmediato, con sangre en la boca y una risa salvaje.
—¡Clavadle las lanzas en las grietas! ¡Derribadlo!
Los guerreros obedecieron, cargaban desde los costados.
Lanzas golpearon su torso ardiente, pero las astas se astillaron contra las grietas llameantes.
El Balrund respondió y golpeó el suelo con ambos puños.
La tierra se abrió y los belurios cayeron de rodillas.
Un arquero disparó una flecha directa al ojo del monstruo.
El proyectil ardió en el aire antes de tocarlo, consumido por el calor que brotaba de su rostro.
El coloso retrocedió un paso, parecía querer ahuyentarlos mientras levantaba los brazos como montañas. Brak reunió a los suyos y volvió a cargar, hacha en mano, con una ferocidad tal que sus gritos retumbaban entre los riscos.
La lucha se convirtió en un círculo de acero y fuego: los guerreros golpeaban inútilmente contra la roca ardiente, los arqueros lanzaban flechas que se quemaban antes de llegar, y el Balrund, implacable, apartaba a sus enemigos.
Rayhem observó con el corazón acelerado y comprendió que no era solo un monstruo: aquel guardián de carbón ardía con un propósito oculto, y sus llamas no buscaban sangre, sino preservar un secreto que la Compañía del Embajador había perturbado.
El trol arrancó de cuajo un tronco seco y lo blandió contra los escudos de los guardias. El golpe partió los escudos en astillas y lanzó a dos hombres contra el barro negro. Brak corrió a cubrirlos, pero el monstruo ya descargaba otra embestida con la furia de un alud.
Las lanzas lo alcanzaron en los muslos y el vientre. Al principio apenas gruñó, pero cuando una hoja le rasgó el costado dejó un reguero oscuro y humeante y sus ojos se inflamaron de rabia. La bestia lanzó un bramido que resonó en todo el lugar.
—Me parece que ya no va a luchar para echarnos —susurró Rayhem con el rostro tenso—. Ahora quiere sangre.
El trol embistió con ambas manos abiertas, atrapó a un guerrero y lo estampó contra el suelo hasta reducirlo a un amasijo de huesos. Otro trató de huir, pero una roca lanzada por el trol lo aplastó contra un tronco.
Jarben, al ver aquello, se inclinó hacia Rayhem. Sus dedos se crisparon, su piel pálida temblaba.
—No puedo quedarme sin hacer nada.
—¡Espera, no te expongas tan rápido!
Otro rugido del trol sepultó las palabras de Rayhem. Jarben cerró los ojos y dejó que el temblor creciera. Sus huesos crujieron, la carne se hinchó y se desgarró en hebras violetas. Su figura esquelética se quebró y se alzó un coloso de fauces abiertas, garras curvadas y pelaje púrpura oscuro.
El trol se giró al percibir aquel nuevo desafío.
La criatura que había sido Jarben se abalanzó sobre él.
Ambos chocaron con la violencia de dos montañas en colisión.
El impacto levantó una onda de tierra y cenizas.
El trol retrocedió, sorprendido por la fuerza del nuevo rival.
Jarben hundió las garras en su pecho y desgarró surcos de carne pétrea, pero recibió a cambio un zarpazo que lo lanzó contra un peñasco, y del golpe la piedra se resquebrajó.
El licántropo rugió, se incorporó dolorido y volvió a lanzarse hacia el trol, le mordió el hombro hasta arrancar un trozo de carne negra que escupió con un chasquido húmedo.
El trol respondió: lo sujetó por la cintura y lo lanzó contra el suelo una y otra vez.
Los guardias miraban sin atreverse a intervenir.
El miedo los había paralizado por completo.
Jarben, jadeante, trató de incorporarse, pero el monstruo lo aplastó contra la tierra volcánica con su rodilla.
Con una mano enorme sujetó la cabeza del licántropo y la empujó hacia abajo, hasta clavar su hocico en el barro negro.
Levantó el otro brazo, cerró el puño, preparado para hundirlo en su cabeza y romperle el cráneo.
Un grito resonó a sus espaldas. Fue grave y profundo, la mismísima tierra parecía haber hablado.
—¡Quieto Balrund! No lo mates.
El trol se detuvo al instante. Su brazo quedó suspendido en el aire. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jarben. El trol se giró, soltó a su presa y se arrodilló con la cabeza baja hacia el que había dado la orden.
Detrás de él avanzaba un hombre alto de edad incierta, de piel negra y ropajes rojos que ondeaban bajo el sol naciente. En su mano alzada brillaba un bastón de obsidiana y sus ojos ardían con un fulgor anaranjado, como fuego vivo.
Los duendes grises que se habían ocultado entre la maleza por la pelea salieron uno por uno, se postraron con la frente en el suelo y alzaron un cántico gutural.
El trol inclinó la cabeza hasta tocar la tierra negra, sumiso, mientras la figura del extraño se alzaba con una presencia que heló la sangre de los belurios.
Jarben jadeaba, cubierto de barro, ceniza y sangre, y aun así no apartó la mirada de aquel nuevo enemigo.