Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La bestia
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La bestia

Su altura duplicaba a la de un guerrero.

El torso estaba cubierto por placas ennegrecidas, soldadas a la carne con cicatrices abiertas de donde escapaba un vapor turbio que apestaba a hierro quemado.

La cabeza recordaba a un insecto de pesadilla: docenas de ojos oscuros se movían sin orden, y cada uno buscaba un objetivo distinto, mientras una boca partida en pinzas dentadas chocaba una contra otra en un chasquido insoportable.

—¿Pero qué mierda es eso? —preguntó Edoz, perplejo.

Los soldados atacaron al mismo tiempo. Sus lanzas golpearon el pecho del monstruo y se partieron como cañas secas. El primer manotazo levantó una ráfaga de aire y barrió tres cuerpos en un solo golpe. Las armas y los intestinos cayeron al suelo al mismo tiempo.

—¡Atrás! ¡Retroceded! ¡Maldita sea! —gritó Shuraz.

El comandante se lanzó sin titubeos. Oscuria brilló con un destello oscuro al abrirse paso entre la niebla. Shuraz esquivó el golpe desesperado de la criatura con un giro bajo y cortó con toda su fuerza. La hoja entró por una unión entre placas y desgarró tendones y carne chamuscada.

El chillido de la bestia atravesó la niebla y los nervios de todos.

Shuraz no cedió. Siguió con golpes breves y secos que empujaron a la criatura hacia atrás. El monstruo reculó y se tambaleó por primera vez.

Edoz se movía por los flancos, pegado a los troncos. Dos destellos plateados cruzaron el aire y dos de sus dagas arrojadizas se clavaron en el cuello segmentado del monstruo.

—¡Traga hierro, bastardo! —espetó Edoz.

Las dagas no lo frenaron, pero le arrancaron un rugido. Un soldado aprovechó y le introdujo el palo roto de su lanza entre las placas de la axila. La bestia giró la cabeza hacia él y de un mordisco lo partió en dos desde el hombro.

El cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo.

Edoz avanzó con pasos cortos. Entró por la zona herida, esquivó las uñas curvas del monstruo y hundió sus dagas gemelas en las uniones más blandas de la armadura natural.

—Sangra, cara polilla —susurró.

El monstruo respondió con un golpe que lanzó a Shuraz contra un árbol cercano. El tronco se partió por la mitad y Oscuria salió despedida.

Shuraz se levantó con un gruñido y recuperó la espada antes de que la criatura avanzara.

El comandante giró y descargó un tajo ascendente. La hoja oscura rebanó uno de los brazos de la bestia. El miembro cayó con un golpe pesado que sacudió el suelo.

—¡Ahora! —rugió Shuraz, con la voz rota por el esfuerzo.

Edoz corrió hacia el cuello del monstruo. Saltó, sintió el manotazo rozarle las costillas y hundió ambas dagas en la base del cráneo insectoide. La criatura chilló con un sonido que quebró el aire.

Dos hombres salieron disparados contra los árboles al recibir las últimas sacudidas desesperadas.

Oscuria descendió como un rayo oscuro. El tajo de Shuraz abrió la cabeza de la criatura hasta el pecho. Edoz arrancó las dagas de un tirón, y la bestia cayó al suelo en un temblor que levantó la hojarasca.

El monstruo se incorporó una última vez, movido solo por el instinto. Su garra aún alcanzó a un soldado y le abrió la pierna hasta el hueso. Después, el cuerpo se desplomó con un ruido húmedo y quedó inmóvil.

Los hombres que seguían en pie respiraban agitados, cubiertos de sangre y barro.

Shuraz apoyó una mano en Oscuria. La sangre le caía del arañazo del brazo en un silencioso goteo. Edoz sacó un paño azul del bolsillo interior y empezó a limpiar sus dagas con un gesto lento, casi ceremonioso.

Entonces, algo llamó su atención.

Entre la carne quemada de una de sus patas traseras tenía un aro metálico hundido hasta el hueso, una argolla pesada unida por un remache. Sobre el metal, marcas profundas formaban trazos irregulares.

Edoz se agachó y rozó el aro con la yema de los dedos. Estaba frío. Se volvió hacia Shuraz.

—Son runas —dijo con el ceño fruncido—. Esto no era una bestia salvaje. Lo tenían preso. Le soltaron la correa y la enviaron contra nosotros.

El silencio volvió a caer sobre el bosque. Esta vez no sonó natural.

Parecía una advertencia.