Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Furia ciega
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Furia ciega

El sacerdote del Templo se abrió paso entre las tiendas y condujo a Anara hasta el claro central. La enorme hoguera ardía con fuerza y las brasas escupían chispas hacia la mañana gris. Un murmullo de voces se alzaba entre la multitud.

—Nos tratas como a traidores, Anara —acusó uno de los sacerdotes, con su túnica azul manchada de ceniza—.

Te rodeas de los Sin Dios y castigas con saña a los Hijos de Kudram mientras los provocas, y ahora desaparece una de nuestras reliquias sagradas.

¿Dónde está el juicio que Bel-Hur debería darte?

Anara aguantó estoica sin contestar, para pensar antes lo que decir, pero no le dio tiempo. Un grupo de Ungidos Ciegos irrumpió entre la muchedumbre. Los vendajes empapados en sangre cubrían las cuencas de sus ojos vacías. Uno alzó un garrote manchado de barro y su voz desgarró el aire.

—¡Estáis más ciegos que nosotros! ¡No hemos robado vuestra reliquia, solo sabéis mentir!

Los Sacerdotes del Templo desenvainaron sus cuchillos rituales de hojas curvas que reflejaban el fuego de la hoguera. El primer golpe llegó como un trueno: una pedrada en la cara y un Ungido cayó al suelo con la boca llena de sangre. Entonces estalló la chispa del caos.

Sacerdotes de Bel-Hur e Hijos de Kudram colisionaron con furia. Los bastones chocaban contra las dagas y llovían piedras, puñetazos y patadas. De fondo, los gritos de las mujeres asustadas acompañaban la lucha.

Anara avanzó hacia el centro, su manto blanco resplandecía entre tanta furia.

—¡Parad! ¡¿Qué hacéis?! —Alzó la voz, pero nadie la escuchó. Una piedra rozó su mejilla y la marcó con un hilo de sangre.

SinDi apareció a su lado, bastón en mano; a sus pies Sangre gruñía con el lomo erizado.

—Si no los paras ahora, se matarán hasta que no quede nadie —gruñó, y abrió el cráneo de un atacante con un golpe seco.

Anara se arrojó entre los combatientes. Cogió un garrote del suelo y bloqueó a un sacerdote del Templo que iba a patear al Ungido que había caído a su lado.

Dio media vuelta y de un codazo en la mandíbula derribó a otro que gritaba fuera de sí mientras acuchillaba al aire.

La mano de la joven atrapó la muñeca de un sacerdote que iba a clavar su cuchillo en un oponente y lo obligó a soltarlo con un giro brusco.

Los Ungidos Ciegos avanzaban con pasos firmes, guiados por un instinto imposible de explicar. Sus bastones golpeaban el aire con precisión, anticipando movimientos enemigos. Bloqueaban golpes sin verlos, esquivaban cuchillos que apenas rozaban sus vendas ensangrentadas.

El lobo se lanzó sobre otro atacante, lo derribó de un mordisco en el hombro y lo inmovilizó sin arrancarle la vida. Sus chillidos de dolor bastaron para detener a varios más.

—¡Basta! —bramó Anara. Su voz atravesó el ruido como un látigo—. ¿Esto es lo que quiere vuestro dios?

El combate se frenó a medias. Varios sacerdotes de Bel-Hur jadeaban con sus cuchillos aún en alto y los Ungidos Ciegos continuaban con posiciones de defensa. La hoguera rugía, única dueña del silencio que se extendió.

Anara giró sobre sí misma y los miró uno a uno.

—Bel-Hur no nos quiere divididos y Kudram se ríe mientras os degolláis entre hermanos. No habrá más violencia bajo mi mando.

Un sacerdote bajó su hoja. Luego otro. Un Ungido golpeó el suelo con su bastón y cedió. Nadie se atrevió a hablar. El silencio fue su primera victoria.

La hoguera ardía, pero lo que había quedado claro en esa mañana era que Anara, por primera vez, había gobernado no solo con fe, sino con puño de hierro.

La morada del Profeta se erguía en el centro del campamento, solitaria, y vigilada por dos encapuchados inmóviles. La lona negra parecía absorber la luz de los fuegos cercanos. Belbarozh apartó la cortina de entrada y avanzó sin dar tiempo a que los guardias le dijeran nada.

Dentro, el humo del incienso raspaba la garganta. El Profeta permanecía sentado en una alfombra con las manos sobre las rodillas, inmóvil como una estatua. Tras él, el guardia de pelo blanco, también inmóvil, reposaba con la espada apoyada en el suelo.

El príncipe se detuvo a pocos pasos.

—Calma a los tuyos.

El Profeta inclinó la cabeza.

—No han sido ellos quienes arrojaron la primera piedra. Las acusaciones cayeron sobre mis hijos. ¿Esperabas que se dejaran pisotear?

—¡No es excusa para matar! —exclamó Belbarozh fuera de sí—. No puede haber funerales cada amanecer. No me obligues a elegir entre tu gente y la mía.

El Profeta se levantó con lentitud. Los dedos de su mano zurda rozaron el símbolo plateado bordado en su pecho.

—El Bastón que os ha sido arrebatado nunca ha pasado por nuestras manos. Si lo tuviéramos, los Sacerdotes del Templo lo sentirían, su rastro no se puede ocultar. Kudram no se esconde.

El príncipe frunció el ceño.

—Si los Ungidos Ciegos vuelven a alzar la mano contra un solo sacerdote de Bel-Hur, los expulsaré del campamento.

El Profeta respiró hondo y apretó los puños. Quiso replicar, pero se limitó a quedarse callado mientras miraba a los ojos del príncipe.

Belbarozh dio media vuelta y salió. Los escoltas lo siguieron a paso ligero.

Más tarde, el campamento de los Hijos de Kudram se encendió bajo decenas de hogueras.

Los estandartes negros ondeaban y mostraban la estrella de ocho puntas y el ojo abierto en su centro.

Hombres y mujeres se reunían en torno a la hoguera principal.

Sus rostros tiznados, las cicatrices y las túnicas oscuras dibujaban un círculo de expectación.

El Profeta apareció entre ellos con su guardia personal a su espalda. Los Ungidos Ciegos se descubrieron el rostro. Retiraron los vendajes de los ojos y dejaron al aire sus cuencas vacías.

Algunos clamaron venganza. Otros pedían abandonar el éxodo.

El Profeta alzó su grimorio. La cubierta de hierro reflejó las llamas, y las voces se apagaron de golpe.

—No levantaréis la espada hasta que Kudram lo ordene. Los belurios se devorarán entre sí y nuestro momento llegará.

El guardia de ojos grises giró la hoja de su espada negra y la hundió en la tierra. Nadie osó replicar.

Las llamas de la hoguera se agitaron con violencia.

El silencio selló la promesa del Profeta. Debían ser pacientes.