Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Círculo Carmesí de Gundar
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Círculo Carmesí de Gundar

Kharzug, el Señor de la Guerra, reposaba en su trono de huesos entrelazados. La calavera de un gigante servía de respaldo, y en su regazo descansaba un hacha de batalla, mellada y aún húmeda de la sangre de su última víctima. Sus ojos, rojos y febriles, miraban con atención a los reunidos.

A su derecha, Gogor, el Hechicero Negro, susurraba con voz hueca. Su piel verdinegra brillaba bajo la fosforescencia azul de los hongos, y en sus dedos se agitaban motas de ceniza que formaban runas antes de disiparse en el aire.

Los murmullos de los encapuchados púrpura que rodeaban la sala se plegaban a su ritmo, entonaban sílabas en la lengua antigua de los arreshim.

Bakthar, el líder de los exploradores, se adelantó y mostró orgulloso las cicatrices que dejaba ver su armadura; estaba hecha de placas robadas a enemigos muertos y sobre su hombro descansaba una lanza astillada.

—Los incursores están asustados —gruñó—. Un golpe certero ahora y sus cráneos colgarán de esta sala.

Bakthar intercambió una mirada fugaz con Gogor. Los nudillos de su mano aún estaban magullados, recuerdo del ataque que habían sufrido horas atrás en el bosque. El hechicero dio un paso al frente.

—Los rituales han sido ejecutados —dijo con una voz que sonó grave—. El bosque ha respondido. Las raíces están despiertas y listas para recibir a los intrusos.

Kharzug inclinó la cabeza como un depredador que olfatea si la presa sangra.

—¿Todo según lo previsto?

Bakthar apretó la mandíbula, ocultaba en ella los nombres de los arreshim devorados, los gritos que no habían podido apagar ni con fuego ni con acero.

—Todo según lo previsto —aseveró con firmeza mientras golpeaba el puño contra su pecho.

El Señor de la Guerra sonrió, satisfecho.

—Entonces, Gundar sonríe a arreshim. No falléis. El bosque será nuestra muralla.

Gogor se inclinó con sus ojos rojos encendidos como el fuego.

—Un ataque inmediato les daría la gloria. Debemos desangrarlos sin prisa. Que la desesperación les carcoma antes de que llegue la hora de su muerte, solo entonces su espíritu será digno de ser ofrecido a Gundar.

Bakthar chasqueó la lengua con desprecio.

—Cobardía disfrazada de sabiduría. Si no los aplastamos ahora, se reagruparán.

El trono crujió. Kharzug se inclinó hacia delante y el murmullo de los encapuchados cesó de golpe.

—Ni gloria ni cobardía —tronó su voz profunda—. No acabaremos aún con los incursores. No merecen ser exterminados, solo un recordatorio de quién gobierna este bosque.

Golpeó el brazo del trono y los huesos resonaron como tambores.

—Les daremos un susto. Que teman la oscuridad, que sueñen con ella. Que al dormir vean cómo Gundar vigila sus pesadillas. Bakthar… ¡suelta a la bestia!

Los encapuchados estallaron en un murmullo en lengua prohibida, palabras que parecían quemar el aire. La estatua del dios Gundar, entre tinieblas, pareció sonreír.

La caverna exhalaba un hálito húmedo. Las cadenas colgaban del techo como venas oxidadas y se tensaban hacia el fondo, donde la sombra se agitaba con un gruñido grave que hacía vibrar la roca.

Bakthar avanzó primero. Su silueta se recortaba contra la luz de las velas y parecía aún más alargada y huesuda, con el rostro oculto bajo la capucha de piel curtida. Sus arreshim, silenciosos, se quedaron atrás mientras observaban cómo se acercaba a la bestia.

El monstruo tiró de los eslabones con un chasquido metálico. Sus docenas de ojos brillantes se encendieron en la oscuridad, y la baba negra goteó de su boca de insecto hasta formar charcos que humeaban al tocar la piedra.

Bakthar se detuvo a unos pasos e inclinó la cabeza, como quien saluda a un viejo aliado. Sacó de su cinto un pedazo de costillar seco y lo lanzó al suelo. La criatura lo devoró sin masticar, las pinzas dentadas de su boca partida rechinaban al cerrarse haciendo estallar el hueso.

—Eres libre… —susurró Bakthar en lengua arreshim—. Caza a los humanos.

Con un gesto preciso, golpeó el grillete que aprisionaba el tobillo del monstruo.

Los suyos tiraron de palancas y la cadena cedió con un chirrido que se prolongó como un lamento.

La bestia se incorporó y desplegó un lomo cubierto de placas óseas; era tan alto como dos hombres juntos.

El aire se impregnó de un hedor a tumba abierta.

Bakthar retrocedió sin girarse, manteniendo siempre la mirada fija en las decenas de ojos brillantes del monstruo.

Sus hombres lo imitaron y formaron un pasillo con antorchas encendidas.

La criatura los siguió mientras olfateaba el aire, sin mostrar hostilidad hacia ellos.

Reconocía la astucia en su guía, la promesa de una presa más suculenta.

Al salir de la cueva, el bosque se abrió ante ellos. A lo lejos, las huellas recientes de los belurios marcaban el barro fresco. Bakthar alzó el puño y sus exploradores se dispersaron entre los árboles mientras rodeaban en silencio el camino de la bestia.

El líder sonrió bajo la capucha.

—Que los belurios te sacien —murmuró.

El monstruo levantó su gran cabeza de insecto, aspiró el aire y lanzó un bramido que retumbó hasta lo más profundo de Arresia. Luego se abalanzó detrás del olor humano, arrastrando su hambre ancestral hacia los recién llegados.