Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Sombras en los márgenes
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Sombras en los márgenes

La primera luz del amanecer apenas arañaba la tienda. Lyria despertó sobresaltada, con la respiración acelerada. La manta estaba empapada de sudor. El talismán seguía bajo su capa, frío y pesado, como una piedra clavada en su pecho.

Se sentó, con el sombrero de ala ancha en la mano. Las cicatrices de los pómulos le ardían. Se tocó el anillo carbonizado que llevaba en el anular de la mano derecha; era de plata, un recuerdo de Zarhel que quemaba más que el talismán.

—No puedes cargar con esto sola —recordó la voz de Anara, tan clara que la sintió junto a su oído. También tenía muy presente que ya la había sustituido por esa salvaje de los Sin Dios.

Apretó los dientes con fuerza.

—Tienes razón —murmuró.

El talismán respondió con un murmullo casi imperceptible:

—Ella no puede ayudarte. Yo sí.

Lyria alzó la cabeza de golpe. El campamento estaba en calma, pero juraría que la voz había salido de dentro de su cráneo.

—¡Cállate! —escupió entre dientes.

—No quieres silencio —susurró la voz—. Quieres justicia.

Se puso de pie y cerró la capa con un tirón. Abrió la cortina y salió al aire helado. Las primeras hogueras volvían a encenderse, los centinelas bostezaban con las lanzas en la mano. Nadie reparó en ella mientras avanzaba hacia los márgenes del campamento.

Caminó con paso ligero, sin rumbo fijo, mientras fingía que solo inspeccionaba. Pero en su interior, la decisión ya estaba tomada: empezaría a observar, a escuchar, a buscar al traidor.

Se cruzó con un grupo de mujeres que volvían del río con cántaros. La saludaron con una inclinación nerviosa; todo el que se fijaba en ella olvidaba su látigo y la daga que siempre llevaba en su cinturón. Lyria respondió con un leve gesto y siguió su camino.

La voz volvió a deslizarse en su cabeza.

—Mira sus ojos… ¿Quién de ellas podría entregar a Zarhel? ¿Quién entre ellos se ríe a tus espaldas?

Lyria apretó el puño.

—No son ellas —susurró.

—Entonces, escucha a los hombres —propuso la voz, suave, insistente—. Los guardias hablan demasiado cuando creen que nadie les oye.

La mercenaria se detuvo tras una carreta, oculta entre sacos de grano. Dos soldados discutían mientras afilaban sus espadas.

El talismán vibró bajo su ropa.

—Escucha, guarda cada palabra. Así empieza el camino.

Ella tenía el corazón en la garganta. Cuando se giró, Anara estaba al otro lado del camino y la miraba con un gesto preocupado.

—¿Qué haces aquí sola? —preguntó la suma sacerdotisa, y se acercó despacio.

Lyria escondió la mano bajo la capa y apretó el talismán contra el pecho.

—Necesitaba aire.

Anara frunció el ceño, pero no insistió.

—Hace tiempo que no te dejas ver.

Lyria esquivó su mirada y no contestó.

—No te aísles, Lyria. La oscuridad se aprovecha de quienes se apartan del resto.

La mercenaria sostuvo su mirada un instante con los labios tensos. Después bajó la vista; aquella verdad le pesaba más que el propio talismán.

—Déjame en paz, Anara. Solo necesito tiempo —respondió la mercenaria.

Anara bajó la vista entristecida y se alejó. Lyria apoyó la frente contra la madera de la carreta. El susurro volvió a llenar su cabeza:

—Ella nunca lo entenderá. Pero yo sí.

Lyria cerró los ojos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Por primera vez, aceptó la idea de que la verdad no vendría de Anara, y esa misma noche comenzaría a buscarla.