Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La hija perdida
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La hija perdida

El campamento de los Sin Dios estaba lleno de humo y olía a grasa quemada.

Había tambores que golpeaban con un ritmo continuo, mientras un cuerno mal afinado lanzaba notas que arrancaban risas.

Entre chozas de pieles y mantas agujereadas ardían hogueras que iluminaban cuerpos tatuados, con cabezas rapadas, cicatrices y miradas vacías.

Una calavera colgaba de la entrada de la tienda más grande.

La piel curtida formaba paredes tensadas, reforzadas con huesos largos y cuerdas ennegrecidas.

Dentro, la penumbra apenas se quebraba con la luz amarillenta de una vela, que parpadeaba frente a un altar de piedra manchado al que ya no le daban el uso para el que fue concebido.

El líder de los Sin Dios se sentaba tras el altar.

Su rostro, repleto de símbolos tatuados que borraban todo rastro humano, no mostraba emoción alguna.

Sus seguidores aguardaban en silencio alrededor de su tienda; eran sombras inmóviles que esperaban las órdenes de su jefe, que normalmente no solían llegar.

La lona de la entrada se alzó y apareció su hija, a la que en el éxodo conocían como SinDi. Sus mechones trenzados caían sobre los tatuajes de sus sienes. Sangre se deslizó detrás de ella con paso ligero. La vara que portaba descansaba sobre su hombro, marcada por los golpes de mil batallas.

—Has estado demasiado cerca de la sacerdotisa —dijo su padre con voz áspera y aliento a alcohol—. No quiero que te mezcles con ellos.

SinDi avanzó unos pasos. Los dos ojos de distinto color brillaron en la penumbra.

—Me dijiste que los observara y es lo que he hecho. No soy tu sombra. Yo decido a quién sigo.

El cuchillo del líder apareció en su mano.

—Eres mi hija. Debes obedecerme, ¡basta ya!

Ella soltó una carcajada seca.

—¿No somos los Sin Dios? No nos inclinamos ante nadie, ni siquiera ante ti.

El tatuado se levantó de golpe y tiró la vela contra el suelo.

La llama bailó sobre la tierra y las sombras se agitaron.

Sin que esta lo esperara, de un movimiento certero empujó a SinDi contra el suelo y le clavó la rodilla en el pecho.

El filo del cuchillo rozó su cuello y sus ojos enrojecidos por la borrachera se clavaron en los de su hija doblegada.

Sangre gruñó con los colmillos descubiertos, pero un gesto de ella lo contuvo.

Ella clavó la mirada desbocada en los ojos de su padre.

—Si quieres matarme, hazlo ya.

El cuchillo tembló en la mano del líder. Por un momento, sus tatuajes parecieron hundirse más en la piel.

SinDi aprovechó la vacilación, giró el cuerpo y lo empujó con la vara. Rodó por el suelo y escapó de su peso. Sangre se interpuso entre ambos, con el pelo del lomo erizado.

Ella se levantó con la respiración agitada.

—¡Eres un cobarde! —ladró la guerrera—. ¡Nunca volverás a verme!

Salió de la tienda, seguida por su lobo rojo.

Tras ella, su padre se levantó como un resorte y apartó las pieles de la entrada con furia. Con el cuchillo aún en la mano, vio a su hija perderse en la oscuridad del campamento. Dio un paso para llamarla, pero la voz se quebró en su garganta. El cuchillo se le resbaló de los dedos y cayó al barro.

El hombre, abatido, se desplomó de rodillas y por primera vez en muchos años, sus ojos se humedecieron de lágrimas. Los hombres que lo rodeaban guardaron silencio. Nadie se atrevió a acercarse y lo dejaron solo.

El eco de los tambores cesó. Esa noche, el campamento de los Sin Dios se había roto en pedazos.

La noche envolvía el campamento de los belurios en un silencio que se quebraba solo con algún murmullo apagado.

Las hogueras ardían iluminándolo. SinDi avanzó entre tiendas mal remendadas y miradas furtivas de los noctámbulos.

Tenía una presión en el pecho y le costaba respirar.

Sangre caminaba a su lado, siempre fiel.

La miró y soltó un gemido agudo, sabía que su ama no se encontraba bien.

Se detuvo frente a la tienda de Anara. Dos soldados con lanzas cruzadas bloquearon su paso, pero la silueta de la suma sacerdotisa se dibujó en la entrada.

—Dejadla pasar.

Las lanzas se apartaron a toda prisa. SinDi entró tambaleándose, y al ver a Anara, sus lágrimas brotaron sin freno. Mostraba su alma sin pudor, y se dejó caer hacia ella como una niña desvalida.

—Lo he perdido todo… —La voz se le quebró en un gemido.

Anara la sostuvo con firmeza mientras acariciaba su espalda.

—No lo has perdido todo. Respira.

Sangre se tumbó junto a la alfombra. Lo miraba todo con sus intensos ojos color celeste, como si lo entendiera.

Un rato después salieron juntas. Los dos soldados de la guardia personal de Anara las siguieron a distancia, respetando su intimidad. Caminaron hasta una colina baja donde el Bosque Sagrado se alzaba como un muro negro. Allí se sentaron sobre una roca.

SinDi apartó un mechón trenzado de su rostro y miró la tierra.

—Me odia… mi propio padre.

Anara dejó escapar un suspiro.

—No eres propiedad de nadie. Ni siquiera de tu sangre.

—Quería matarme —gruñó entre dientes—, pero no le he dejado.

—¿Estás herida? —preguntó Anara preocupada.

—En mi interior —balbuceó la Sin Dios.

Anara la apretó en un abrazo reconfortante hasta que ya no tuvo más lágrimas que llorar. Un silencio pesado cayó entre ambas durante demasiado tiempo. El suficiente para calmar la situación.

El silencio fue roto al fin por una confesión inesperada.

—He estado con él —confesó SinDi—. Con Edoz. Huimos juntos a Arresia. No ha sido solo un juego, siento algo.

Anara bajó la vista y una mueca amarga cruzó sus labios.

—También a mí me atrapó un par de veces. Ese canalla tiene más sombras que luces. No esperes amor eterno en sus brazos.

Los ojos dispares de SinDi brillaron con el reflejo azul de los hongos del bosque.

—No busco amor. Aun así, no puedo quitármelo de mis pensamientos.

—Entonces, usa ese sentimiento para mantenerte en pie.

SinDi tragó saliva, alzó el rostro y respiró hondo. La rigidez de su cuerpo empezó a volver.

—Tienes razón —suspiró la guerrera.

La suma sacerdotisa le pasó un brazo por los hombros.

—Quédate conmigo esta noche. No es prudente que ahora estés sola ahí fuera.

—Gracias —murmuró SinDi mientras se limpiaba las lágrimas.

Anara asintió y sonrió satisfecha. Le llenaba la sensación de poder ayudar a alguien.

Regresaron juntas hacia la tienda. Los soldados retomaron su guardia.

Desde la penumbra de otra lona, unos ojos negros las seguían con calma calculada. Lyria se apartó el ala del sombrero y sus cicatrices quedaron iluminadas por el resplandor de una antorcha. Una mirada fugaz tensó su rostro antes de volver a ocultarse en su tienda.

En la madriguera ardía un fuego humeante en un rincón, que teñía de rojo las raíces colgantes. El brujo de los Sin Dios inclinó su cabeza rapada sobre un cuenco de hueso. El colgante de dientes tintineó cuando alzó su único ojo sano hacia la figura que aguardaba en la oscuridad.

El Profeta de Kudram se adelantó. El símbolo bordado en su pecho atrapó la luz del fuego, un ojo plateado que todo lo vigilaba. A su lado, Torbu apoyó la espalda en el muro de tierra, con los brazos cruzados.

—Aquí no hay oídos, salvo los del otro lado —gruñó el brujo, y raspó el altar con sus uñas ennegrecidas. Sobre él había un cuerpo inerte y corrupto.

—Entonces, muéstrame lo que prometiste —susurró el Profeta.

El brujo extendió las manos. Murmuró palabras guturales.

Allí, entre runas arreshim y humo de hierbas, sobre el altar se encontraba el cadáver con el pecho cosido. Dentro tenía la reliquia, el Bastón de los Antiguos Soberanos. La criatura, ahora quieta con los ojos cerrados, parecía dormida.

Las raíces del techo temblaron y el brujo tapó el cadáver del heraldo del Profeta con una manta negra que latía con un resplandor verde luminoso.

El Profeta ladeó la cabeza, sus ojos blancos brillaban ahora verdes.

—¿Y así no podrá ser detectado?

—Escondido donde ni los dioses se atreverán a mirar. Los cazadores de visiones verán un cadáver sin valor. Nada más.

El cadáver inmóvil quedó tapado por la manta negra que de pronto se volvió vulgar y sin interés.

El Profeta dio un paso hacia el brujo. Tenía la daga de zafiros y rubíes en su mano izquierda, tras de sí.

—Ayudaste a Rayhem a traer a Anara del tercer umbral —dijo el Profeta mientras se acercaba al Sin Dios.

—También ayudé al oscuro Edoz a ocultar parte de su pasado.

—¿También a Edoz? ¿Por qué tanto favor a los belurios? Si vosotros no os inmiscuís en asuntos del éxodo…

El ojo lechoso del brujo se perdió en la llama del brasero.

—Porque llegará mi recompensa. Kudram no olvida a quienes sirven a su plan.

Un silencio helado llenó la madriguera. El Profeta alzó la daga  y apretó los dientes.

—Tienes razón. Kudram nunca olvida.

El acero descendió y se clavó directo en su corazón. El gruñido del brujo se ahogó al instante, su colgante de dientes repicó contra la piedra mientras caía. La sangre se extendió bajo él, devorada por la tierra.

—¿Lo desangro? —preguntó el sirviente.

—¡No! —exclamó el Profeta—, a saber qué mierdas tiene este traidor desarrapado en su sangre. Kudram no se merece semejantes adoradores.

Torbu se inclinó con la calma de quien recoge leña y arrastró el cuerpo hacia un túnel lateral.

—Los cerdos comerán bien esta noche.

El Profeta limpió la daga con un pañuelo púrpura, sin apartar la vista del cuerpo de Xorhez tapado sobre el altar.

—El campamento desayunará con nuevos rumores.

Horas después, las hogueras del campamento belurio ardían lejos y ya corría la historia de que el brujo Sin Dios había entrado al bosque con un saco y un puñal para buscar ingredientes prohibidos. Nadie lo había visto volver.