Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La noche del sendero del Sur
23%

La noche del sendero del Sur

La bruma se tragó las siluetas de la Compañía del Embajador belurio mientras avanzaban hacia las montañas de Piedras Oscuras, a cierta distancia, a través de la humedad de Arresia. Tras ellos, una sombra se deslizó sin anunciarse.

Valcara se agazapó junto a un roble cubierto de líquenes.

Su túnica negra se confundía con la neblina, y solo sus ojos verdes brillaban bajo el resplandor mortecino de la luna que aún se resistía a ocultarse.

Se inclinó hacia delante y olfateó el aire como un lobo que rastreaba a su presa.

El sabor de la esencia fresca de aquel ladrón del campamento aún palpitaba en su memoria.

—Anara tiene guardianes de sobra —pensó—. Ellos no. El embajador y los suyos van al matadero. No puedo dejar que acaben con ellos, Rayhem y Jarben son importantes para Anara, al fin y al cabo, la ayudo —se decía a sí misma para convencerse de que estaba haciendo lo correcto.

Ajustó las correas de su coraza de cuero, revisó el filo de la espada larga y echó a andar en paralelo al sendero, evitando el contacto con el grupo.

El sol amenazaba con teñir de oro las nubes bajas, y cada rayo la obligaba a buscar refugio entre raíces y piedras.

Ella solo podía viajar por la noche, recuperando la jornada que la compañía había hecho por el día, pero a pesar de la dificultad, no estaba dispuesta a perderlos de vista.

En ocasiones, observaba a la comitiva del embajador avanzar, contaba sus pasos al final de la jornada, Brak en cabeza, Rayhem en el centro, Jarben cargado con su cofre, Azniel, el escriba, murmuraba algo a Danna, su asistente. Todos parecían ajenos a los ojos que los observaban.

Mientras los viajeros descansaban en un claro, Valcara se detuvo y, sin saber muy bien por qué, sintió el impulso de arañar con las uñas la corteza de un árbol.

Lo hizo y la carne de los dedos se le endureció y las uñas se alargaron hasta convertirse en garras negras.

Las miró, respiró hondo y contuvo el impulso de desgarrar algo vivo.

Un crujido de ramas la distrajo. Giró la cabeza. Entre la bruma, dos figuras enjutas avanzaban encorvadas, con movimientos espasmódicos. Llevaban los ojos vacíos, la piel pegada al hueso y arrastraban restos de lo que parecían ser armas oxidadas. No eran hombres, al menos no hombres vivos.

Uno lanzó un gruñido y se giró hacia la compañía. El otro olfateó el aire y giró la cabeza con brusquedad hasta fijarse en Valcara.

Ella apoyó la espalda contra el tronco y desenfundó su espada larga de hierro forjado con las dos manos, aunque la podía agarrar sin esfuerzo con una sola. Sus labios se curvaron en una sonrisa contenida.

—Así que el bosque también manda perros guardianes —pensó, deseando entrar en combate.

El hambre le rugió en el vientre.

El ser emitió un chillido y se abalanzó sobre ella.

En un acto reflejo, Valcara extendió las garras de la mano libre y lo interceptó de un golpe seco en el pecho.

La carne putrefacta se desgarró bajo sus uñas y la criatura cayó a sus pies con un siseo agónico.

El segundo avanzó, torpe, directo hacia los viajeros.

—No —murmuró Valcara, y saltó sobre él por su espalda.

El choque retumbó entre los árboles. La criatura se retorció y gimió con un eco antinatural. El grupo en el camino se detuvo al escuchar aquel sonido. Brak alzó la mano.

—¿Qué demonios ha sido eso? —gruñó mientras desenfundaba su hacha lista para la acción.

Rayhem frunció el ceño y miró hacia la espesura.

—No estamos solos.

Valcara le clavó la espada en el pecho y hundió las garras de la otra mano en el cuello del engendro. Lo arrastró hacia la sombra antes de que nadie alcanzara a girarse. El hedor le subió por la garganta, pero no aflojó hasta crujirle los huesos y dejarlo inerte.

Se quedó quieta. Las voces del grupo crecían al otro lado del claro; le tapó la boca al cadáver para que aquel último aliento no los delatase.

—Formad en círculo —ordenó Brak. Los soldados lo obedecieron al instante y prepararon sus armas.

Valcara se apartó un paso más en la oscuridad.

Los cuerpos de los engendros yacían desmadejados sobre la hojarasca.

Uno permanecía inmóvil con el pecho abierto y el otro, agonizante, se retorcía aún con espasmos secos en las piernas, sus últimos estertores.

Valcara los observó callada. Se inclinó, limpió su espada con hojas secas y la enfundó a su espalda; luego clavó las garras en sus torsos huesudos y comenzó a arrastrarlos hacia la espesura.

Las ramas bajas azotaron su rostro mientras se internaba en la neblina. El olor rancio de carne podrida impregnó el aire. Los llevó lejos del sendero, dejando un rastro tenue de vísceras. Los arrojó bajo un árbol caído, ocultos entre raíces húmedas y hojarasca.

—Que el bosque os guarde —pensó con una sonrisa amarga.

Cuando volvió a asomarse hacia el sendero, las siluetas del grupo aparecían ya entre la niebla. Brak alzó la mano y ordenó detener la marcha. Dos exploradores avanzaron con cautela mientras revisaban el suelo. Se agacharon sobre las marcas frescas y olfatearon el aire como cazadores inquietos.

Uno regresó ante el capitán, con la rodilla manchada de barro.

—Hubo un combate. Dos contra uno. La pareja se movió torpe y el tercero los destrozó con precisión.

Brak apretó el mango del hacha y recorrió con la mirada los árboles que se alzaban como columnas grises.

—¿Restos?

—Carne podrida, señor. Aún huele.

El guerrero se volvió hacia sus hombres.

—Reforzad la retaguardia. No me gusta que algo tan hábil se mueva tan cerca. Si nos sigue, lo sabremos antes de que se acerque más.

Los exploradores se dispersaron con rapidez. El grupo retomó el paso más compacto, más silencioso.

En lo alto de la niebla, Valcara avanzó paralela al sendero, oculta tras un manto de negrura. El combate le había sabido a poco, necesitaba medirse con un rival a su altura, pero sus ojos verdes no se apartaban de la columna que caminaba hacia el sur.

Había estado cerca. Debía ser más cauta la próxima vez.