El Bastón Perdido
La entrada apenas se distinguía entre raíces y zarzas secas.
Dentro, la madriguera descendía en un túnel angosto hasta abrirse en una cámara húmeda, cubierta de símbolos arreshim grabados en la piedra.
Un altar tosco de roca se alzaba en el centro, rodeado de huesos blanquecinos y fragmentos de cuencos rotos. El aire olía a hierro.
Torbu pasó la mano por la superficie del altar, manchada aún de antiguos sacrificios a algún dios olvidado.
—Este será un lugar perfecto —susurró, y acomodó su manto oscuro sobre los hombros.
El hijo de Kudram que lo acompañaba lo observaba callado, mientras sostenía una antorcha que iluminaba su rostro pintado con cenizas.
—Kudram aceptará este escondite —murmuró con orgullo.
Torbu ladeó la cabeza. De pronto, una silueta se insinuó frente a él: una mujer con el cuello abierto, el espectro de una de sus víctimas. Torbu cerró los ojos y murmuró plegarias entre dientes.
—Apártala… Kudram, llévatela.
El hijo de Kudram inclinó la antorcha, preocupado.
—¿Qué has visto?
Torbu abrió los ojos con una sonrisa malévola.
—Tu destino.
El cuchillo apareció en su mano con rapidez. Antes de que su acompañante reaccionara, la hoja le abrió la garganta. El grito se ahogó contra la piedra y la sangre corrió espesa sobre el altar. Torbu sujetó al hombre por los pelos, inclinó su cabeza y bebió de la herida abierta.
El sabor lo estremeció. Parte de la sangre la recogió en un odre de piel curtida que colgaba de su cinto. Con las manos manchadas, lo cerró con un tapón de hueso para que nada se derramara.
—El Profeta tendrá su ofrenda… y Kudram, su pago.
El cuerpo quedó tendido sobre las runas antiguas. Ser un hijo de Kudram no lo libraba de poder ser una de sus víctimas.
La antorcha parpadeó. Él sonrió, aún con los labios rojos y levantó el odre en alto.
La madriguera se hundía bajo la tierra como una herida oculta.
Raíces secas colgaban del techo y el suelo estaba cubierto de huesos quebrados y copas de barro manchadas de sangre seca.
El altar de piedra se alzaba en el centro, cubierto con pieles ennegrecidas.
Torbu elevaba una antorcha que iluminaba el tétrico lugar.
El Profeta de Kudram, vestido de púrpura, hojeaba un antiguo tomo de cuero ajado que un ungido ciego le había confiado antes de morir. Sus dedos recorrían las letras desvaídas con una calma que contrastaba con el brillo febril de sus ojos.
—Esto no está escrito para los débiles —murmuró, y cerró el libro con un golpe seco.
Torbu se acercó. Arrastraba el cuerpo del hijo de Kudram que había degollado horas antes. Lo depositó sobre el altar y limpió sus manos en el manto.
—El lugar está listo. Nadie nos encontrará aquí.
El Profeta asintió. Un par de clérigos de Kudram entraron detrás de él, con cálices de plata y un cuenco humeante de hierbas quemadas que llenaban el aire de un olor extraño.
Torbu entrecerró los ojos. Entre el humo creyó ver a algunas de sus víctimas sin quitarle ojo, rostros sin carne que murmuraban su nombre. Bajó la cabeza y masculló plegarias apresuradas.
—Aléjalos, Kudram…
El Profeta apoyó su daga sobre el pecho desnudo del cadáver. El filo, grabado con figuras doradas de bestias en combate, reflejó el fuego de las antorchas.
—Traed el bastón.
Torbu extendió la reliquia beluria robada con una inmensa sonrisa: un cetro corto de hueso, grabado con runas que parecían moverse al contacto con la luz.
El Profeta levantó la voz en un cántico gutural, acompañado por los coros de sus siervos. El sonido llenó la cámara como el ruido de un enjambre invisible. Con un movimiento lento, la daga abrió el pecho del muerto. El eco del crujido de las costillas quebradas resonó en aquel lugar bajo la tierra.
Torbu se inclinó, fascinado, mientras el Profeta hundía el bastón entre los órganos expuestos.
—Kudram, haz de este cuerpo tu morada —entonó, mientras cosía la carne con hilo oscuro y aguja de hueso. Cada puntada dejaba escapar un hilo de sangre muerta que caía al suelo formando oscuros charcos brillantes.
Cuando cerró la última herida, el Profeta apoyó su palma en el pecho del cadáver. Las runas del bastón ardieron con un resplandor enfermizo. Los párpados del muerto se abrieron de golpe y unos ojos vidriosos, teñidos de blanco, lo miraron desde la nada.
El Profeta sonrió.
—Descansa hasta que te reclame.
La criatura no respiraba, pero un estremecimiento recorrió su cuerpo. Los Hijos de Kudram retrocedieron, aterrados. Torbu alzó el odre de sangre que había preparado.
—Bebe, maestro. Kudram está complacido.
El Profeta guardó la daga en su cinto de cuero negro, cogió el odre con la mano derecha y bebió de él hasta saciarse. Con los dedos de la mano izquierda acariciaba el tomo antiguo sin perder contacto con la fuente de poder.
—Esto es solo el principio —masculló mientras la sangre le bajaba por la garganta.
El silencio tras el ritual duró un instante demasiado largo. El cadáver cosido sobre el altar se estremeció otra vez. Sus dedos rígidos comenzaron a golpear la piedra, primero con torpeza, pero luego con una fuerza que astilló el borde del altar.
Uno de los Hijos de Kudram dio un paso atrás, el cántaro de plata temblaba en sus manos.
—Maestro, no debería moverse —protestó con miedo.
La criatura se incorporó de golpe. La carne cosida crujió con un sonido viscoso.
Su brazo se alzó y atrapó al hijo de Kudram que había hablado por la cabeza.
No hubo tiempo de gritar: los dedos se cerraron como un torno y el cráneo estalló en una lluvia de hueso y sesos que salpicó las paredes de tierra.
El segundo clérigo de Kudram huyó hacia la salida y tropezó con las raíces. Torbu reía con una tos rasgada, salpicado por la sangre fresca.
—¡Kudram lo ha bendecido! ¡Míralo, maestro, míralo!
El Profeta no apartó los ojos del cadáver. Con calma, abrió el grimorio, del que no se apartaba. Pasó las páginas hasta detenerse en un párrafo marcado con símbolos rojos en relieve. Pronunció las palabras con voz firme y la piel de la criatura se tensó.
Las letras del libro comenzaron a encenderse con una luz roja que iluminó la madriguera. Los ojos lechosos de la criatura parpadearon y el brazo ensangrentado cayó a un lado, inerte.
El Profeta cerró el tomo de un golpe. La oscuridad volvió al lugar, rota solo por el jadeo del hijo de Kudram superviviente y la risa ahogada de Torbu.
—Obedece a quien te dio un nombre —susurró el Profeta, mientras apoyaba una mano ensangrentada sobre el pecho de la criatura.
—¿Y cuál es ese nombre, maestro? —preguntó Torbu, excitado.
El Profeta alzó la vista.
La criatura abrió la boca y un sonido grave, que no era una voz humana, llenó la madriguera.
La vibración gutural que escapaba de la garganta muerta llenaba el lugar como un lamento antiguo. Las raíces del techo crujían, terrones de tierra y gotas de savia caían sobre los cuerpos tendidos. El clérigo superviviente se encogió contra la pared, con los ojos abiertos como platos.
El Profeta se inclinó sobre la criatura con el grimorio abierto en una mano y desenfundó la daga ensangrentada con la otra. La luz roja del libro no se había apagado del todo; las letras ardían con un resplandor débil, como brasas al borde de extinguirse.
—Eres más que un cadáver. Más que carne y hueso —murmuró, y rozó con la daga las costuras negras que cruzaban el torso del engendro—. Eres un heraldo. Una promesa cumplida.
Torbu respiraba agitadamente, con la mirada fija en el rostro muerto de la criatura.
—¿Qué nombre, maestro? ¿Qué nombre le darás?
El Profeta elevó el grimorio y las páginas pasaron solas, azotadas por un viento que no venía de la madriguera. Una palabra escrita en una lengua rota brillaba en un mortecino color azul entre símbolos que parecían moverse como gusanos sobre las hojas.
El Profeta pronunció despacio:
—Xorhez.
La criatura levantó la cabeza. Los ojos lechosos se tornaron rojos durante un instante y la voz cavernosa repitió, deformada:
—Xor… hez…
El hijo de Kudram que sobrevivía rompió a llorar y golpeó la tierra del suelo con la frente.
—Xorhez, el hijo de la condena —balbuceó entre sollozos.
El Profeta cerró el libro y la luz se extinguió. La criatura quedó inmóvil, como un soldado a la espera de órdenes.
—¿Condena? —corrigió—. Más bien es la llave.
Torbu sonrió con los labios manchados de sangre.
—¿Y a quién abrirá, maestro?
El Profeta se giró hacia él. En sus ojos blancos danzaba un reflejo rojo.
—A todos. Primero a los belurios, después al mundo.
La criatura dejó escapar un rugido tan bajo que hizo temblar las raíces de la madriguera.
La tienda de las reliquias se alzaba en un extremo del campamento, protegida por estacas y cuerdas reforzadas. En el interior cofres de madera tallada reposaban bajo un paño púrpura y lámparas de aceite colgaban de los mástiles, dejaban siluetas inquietas sobre los símbolos bordados de Bel-Hur.
Esa noche, un grito desgarró el silencio.
—¡Han forzado uno de los cofres!
Los Sacerdotes del Templo salieron en tropel con sus túnicas azules agitadas por el viento helado del bosque. El candado roto yacía en el suelo, retorcido, y dentro del cofre abierto solo quedaba el hueco vacío donde reposaba el Bastón de los Antiguos Soberanos.
La noticia se propagó como el fuego en un pastizal seco. Al amanecer, la hoguera central ardía y el Consejo se reunió en torno a ella.
El Sacerdote Mayor avanzó hasta quedar frente a Anara. Su bastón golpeó el suelo.
—El Bastón ha desaparecido bajo tu mando. Es una reliquia de Bel-Hur. ¿Cómo explicarás esta deshonra?
Un murmullo se alzó entre los sabios y sacerdotes menores. Algunos movieron la cabeza, otros clavaron los ojos en ella como cuchillas.
Anara apretó los puños sobre la capa blanca que caía sobre sus hombros.
—Quien lo ha robado aún está entre nosotros. Lo encontraremos.
Un sacerdote más joven la interrumpió con voz amarga.
—¿Y si no? ¿Y si el dios que dices escuchar nos acaba de dar la espalda?
El silencio se hizo pesado. El Profeta de Kudram, presente, dejó escapar una risa breve.
—Incluso los tesoros de Bel-Hur eligen a quién pertenecer. Quizá el Bastón ha encontrado un dueño más digno.
Anara se giró hacia él con un fulgor de ira en sus ojos verdes.
—¿Más digno? Si la reliquia aparece en manos de tus ungidos, no quedará duda alguna de lo que debe hacerse.
El murmullo se tornó rugido. Los Ungidos Ciegos golpearon el suelo con sus báculos. Los Sacerdotes del Templo replicaron con oraciones en voz alta. Los sabios discutían entre sí.
—¿Tienes más sed de sangre de Kudram? —increpó el Profeta a Anara.
—¿Qué dices? —rugió la suma sacerdotisa.
—Has matado a un hijo de Kudram y parece que no te has saciado del todo…
La joven se contuvo, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre.
El príncipe Belbarozh alzó la voz desde su asiento.
—¡Basta! No habrá más acusaciones sin pruebas. El Bastón debe aparecer. Hasta entonces, callad vuestras lenguas.
Los ojos de Anara se cruzaron con los suyos en un agradecimiento mudo, aunque ambos sabían que el peso de la sospecha ya caía sobre los hombros de los de Kudram.
Al dispersarse la asamblea, SinDi se acercó a ella con Sangre a su lado.
—Creo que no solo ha sido un robo. Alguien quiere humillarte delante de todos.
Anara no respondió. Sus ojos se fijaron en la línea oscura del bosque, donde los hongos azules respiraban entre las raíces retorcidas. Por un instante, creyó escuchar un susurro que la llamaba desde dentro y un par de ojos rojos que la observaban.
¿Y si el Bastón no había desaparecido y había sido reclamado?