Voces en la penumbra
El campamento yacía bajo un cielo sin luna. Las hogueras se habían apagado y solo quedaban brasas escondidas entre la bruma. Las tiendas se alzaban quietas, hinchadas por el viento suave que arrastraba ceniza entre los pasillos de lona.
Lyria se dejó caer sobre la manta. Su sombrero negro reposaba a un lado, cubierto de polvo. La daga runada descansaba al alcance de su mano. Bajo la capa guardaba el talismán que le había dado el Profeta. Lo buscó con nerviosismo y el metal tocó su piel. Estaba helado y palpitaba.
Apretó la mandíbula y cerró los ojos.
—No eres más que un pedazo de hierro —susurró.
El aire se volvió espeso. Algo murmuró en la oscuridad, tan cerca que sintió un aliento que no existía.
—No me llames hierro. Soy tu camino.
Lyria abrió los ojos de golpe y se asomó a la entrada, pero allí no había nadie. Solo las tiendas quietas y el rumor del viento entre los mástiles.
El talismán latió bajo su mano, más fuerte, parecía responder a su miedo.
El brasero del Profeta ardía con un fuego negro que lamía el aire sin emitir calor.
La tienda entera olía a metal. El Profeta permanecía de rodillas, con el torso desnudo y cubierto de cicatrices.
Tomó la daga grabada y apoyó el filo sobre su antebrazo.
La hoja abrió la piel sin temblor alguno.
La sangre cayó en el brasero y un profundo siseo recorrió la tienda.
Las llamas se alzaron en espirales oscuras.
Torbu observaba desde el rincón, pegado al poste central, con los ojos muy abiertos.
—Bebe, Kudram… —murmuró—. La sangre de mi señor te saciará.
El Profeta elevó la cabeza. Sus ojos blancos reflejaron el fuego negro.
—Señor de las Sombras, toma mi sangre y guía a la elegida. Ella es fuerte, pero aún duda. Rompe sus muros. Acércala hacia mí.
El humo se arremolinó sobre el brasero y tomó la forma de un ojo abierto. El párpado se cerró y volvió a abrirse con un latido lento y pesado.
El Profeta dejó escapar una risa en voz baja.
—La oyes, ¿verdad? Entra en ella. Tus palabras ya resuenan en su alma.
Torbu avanzó y le sujetó el brazo. Sacó un paño empapado en alcohol y presionó sobre la herida. El contacto arrancó un espasmo al Profeta. La sangre se filtró por la tela, roja y espesa.
—Mi señor, sangras por esa mujer —gruñó—. ¿Se lo merece?
El Profeta inclinó el rostro hacia él. Sus dientes asomaron entre los labios en una sonrisa que no parecía humana.
—Ya es mía —susurró—. Pero aún no lo sabe.
Lyria se incorporó en la penumbra de la tienda. La manta cayó a un lado y el aire frío le secó el sudor del rostro. Las cicatrices de los pómulos le ardían bajo la piel. Buscó el talismán entre las ropas y lo sostuvo con ambas manos. El metal pesaba como una piedra hundida en el agua.
Se lo acercó a la frente.
—¿Quién eres?
El ojo grabado en la joya emitió un destello pálido. La luz tembló un instante y una voz grave se filtró en su cabeza.
—Un aliado. El único capaz de mostrarte al asesino de Zarhel.
—¿Por qué debería creerte? —La mercenaria apretó la mandíbula y su voz se quebró.
—Porque entre ellos ya hay traidores. Lo sabes desde la muerte de tu amigo. ¿Anara te va a dar justicia? ¿Shuraz? ¿Rayhem? No. Solo yo.
Lyria bajó la vista. El recuerdo del cuerpo de Zarhel descuartizado se clavó en su pecho con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos un segundo. No dejó que las lágrimas cayeran.
—Dime quién fue —susurró—. Dime dónde se esconde.
El talismán palpitó en la palma de su mano.
—Antes, debes mirar. Vigila. Escucha. Deja que tus ojos sean míos.
Lyria tensó los hombros. El impulso de arrojar la joya contra el suelo se le pasó por la cabeza, pero los dedos se cerraron con más fuerza alrededor del metal. Un aire áspero le entró en los pulmones y la obligó a respirar más hondo.
—No obedezco a nadie.
—No obedecerás. Castigarás.
Las palabras cayeron dentro de su pensamiento con un calor dulce que le recorrió la nuca. El temblor de sus labios cedió ante una sonrisa que no debía esbozar en ese momento. Una sonrisa rota, que llevaba demasiado tiempo enterrada.
Un golpe seco sonó fuera. La lona se movió bajo un soplo del viento que pareció arrastrar un lamento.
Lyria levantó su cara hacia la entrada, pero no había nadie.
El talismán lanzó un último destello y se apagó, igual que un ojo cansado al cerrar el párpado.
Las llamas del brasero se encogieron hasta quedar en un hilo rojo. El humo se abrió en remolinos lentos y dejó al descubierto un olor denso a hierro caliente. El Profeta extendió la mano sobre el brasero y dejó que el calor le lamiera la palma. Una sonrisa breve cruzó su rostro.
—Ya no está sola —susurró.
Torbu se movió junto a la entrada. Se rascó la cicatriz que le atravesaba la nariz y observó al hombre arrodillado.
—¿Ha escuchado su voz?
El Profeta abrió los ojos. El blanco puro reflejó el brillo rojizo del brasero.
—Sí, la ha escuchado, y ha respondido.
Torbu tragó saliva. Una chispa de orgullo y dolor le recorrió el pecho.
—Esa mujer lleva unas cadenas muy pesadas.
—Aun las lleva, —interrumpió el Profeta con un murmullo suave— pero ahora las mueve hacia mí.
El criado apretó los puños con rabia.
Lyria permaneció despierta, con el talismán apretado contra su pecho. El eco de la voz aún vibraba en su cráneo. No supo si temblaba por miedo o por el deseo de volver a escucharla.
En ese instante, comprendió que el camino para saber la verdad podía llevarla al mismo infierno, y ya había dado el primer paso.