En el interior del bosque
Avanzaron bajo las ramas que cerraban el paso como fauces entrelazadas.
Los hombres de Shuraz caminaban en silencio, con los ojos muy abiertos, atentos a cualquier sonido que no perteneciera al viento.
El suelo estaba blando, cubierto de hojas húmedas que amortiguaban sus pasos, y sin embargo, cada crujido parecía un grito.
Edoz llevaba la mano cerca del pecho, donde reposaba Ansia bajo la tela. La voz de la daga, por primera vez en semanas, no le presionaba ni le arrancaba pensamientos oscuros. Sonrió aliviado.
—Si el bosque nos quiere muertos —susurró Edoz—, hoy tendrá que esforzarse un poco más.
Shuraz, con Oscuria apoyada sobre el hombro, giró la cara.
—No provoques a los dioses. Ya sabes que nos escuchan.
Las ramas crujieron bajo sus botas. Entre los troncos aparecieron huesos colgados con cuerdas y símbolos dibujados en ceniza húmeda.
—Esto no es obra del viento —susurró entre dientes Shuraz con el ceño fruncido.
Edoz miró los restos.
—Es un aviso. Alguien nos observa —dijo en voz baja.
Shuraz, muy serio, ladeó la cabeza.
—O nos espera —soltó al fin.
Edoz apartó un cráneo que colgaba a la altura de su rostro y la cuerda chirrió. Un silencio extraño cubría el bosque, ni insectos ni aves.
—¿Escucháis eso? —preguntó Edoz.
—No se oye nada —susurró Shuraz, incómodo.
—Eso mismo —articuló Edoz con voz hueca—. Parece demasiado reciente —murmuró mientras observaba bien el cráneo humano.
Shuraz tensó la mandíbula y apretó bien la empuñadura de Oscuria.
—Sea quien sea, no está lejos.
El sendero se hundía en una cavidad abierta en la tierra, como la boca de una madriguera ciega. No era profunda, pero desde el fondo se veía el cielo recortado en un óvalo oscuro. El aire allí dentro era más denso, cargado con un hedor metálico y dulzón que sofocaba cada respiro.
En el centro había un tosco altar de piedra que se erguía manchado con sangre seca.
Los regueros habían corrido por las grietas como venas abiertas.
Las moscas zumbaban en enjambres y cubrían las manchas oscuras.
El suelo estaba pisoteado, lleno de pequeñas huellas descalzas y surcos de rodillas clavadas en la tierra húmeda. La mayoría no eran humanas.
Edoz se inclinó sobre la losa, rozó el borde con la yema de los dedos y notó la sangre reseca.
A un lado del altar, los restos humanos se amontonaban sin compasión: costillas quebradas, fémures astillados, jirones de piel adheridos a ropa.
Shuraz apartó con la punta de Oscuria un bulto del montón y un cráneo pequeño rodó hasta chocar contra una raíz.
El guerrero se incorporó, con el rostro endurecido.
—No es de un hombre adulto —dijo, señalando el chaleco mugriento que colgaba del hueso—. Es uno de los muchachos de Zarhel. Una de sus ratas.
Edoz entrecerró los ojos. El cuero raído no dejaba lugar a dudas.
—Lo ofrecieron vivo —murmuró mientras rozaba la tierra oscurecida bajo el altar—. Sus gritos se perdieron en este agujero.
Un cuervo graznó desde la entrada. Shuraz los observó con rabia contenida.
—Esto no ha sido un sacrificio —gruñó—. Es un mensaje, y es para nosotros.
Edoz recorrió con la vista los símbolos marcados en el barro: espirales torcidas, figuras de tres brazos que parecían reptar cuando la luz temblaba. Un escalofrío lo atravesó.
—Quien lo hizo, puede estar cerca —susurró.
El silencio pesó como el plomo. Shuraz apretó los dientes, caminó hasta el altar y escupió al suelo con furia.
—¿Quién ha podido hacerle esto a un niño? Esto es… inhumano.
—Eso es. No son humanos —respondió Edoz en voz baja—. Son los arreshim.
Uno de los soldados, un veterano con barba canosa, levantó el puño y todos se detuvieron. En la penumbra se distinguía un claro. Un círculo perfecto de árboles retorcidos rodeaba una roca cubierta de líquenes. Sobre la piedra había cenizas todavía tibias. Alguien había encendido fuego hacía poco.
—No estamos solos —murmuró Shuraz mientras bajaba a Oscuria de su hombro.
Edoz se inclinó, rozó con los dedos las cenizas y se los llevó a la nariz.
—Humo fresco. Muy fresco. Quizá los arreshim. O quizá… algo peor.
Las ramas del claro se movieron sin viento, agitadas por manos invisibles. Una risa leve, infantil, se deslizó entre los troncos. Los soldados se miraron inquietos y empezaron a asustarse.
Shuraz apretó los dientes.
—Formad en círculo. Que nadie se aleje.
Edoz desenvainó una daga en cada mano.
—¿Sigues pensando que fue buena idea entrar aquí? —Edoz sonrió inquieto.
Shuraz se adelantó y clavó la mirada en las sombras que reptaban alrededor.
—No. Pero seguimos órdenes de Belbarozh.
Un crujido retumbó a su izquierda, luego a su derecha. Las tinieblas se multiplicaban. El claro parecía cerrarse.
—El bosque nos observa —murmuró Edoz—. Y no le gusta lo que ve.
La espesura del bosque se cerró tras ellos con un murmullo apagado. Cada rama se negaba a dejar escapar lo que allí ocurría. El puñado de soldados elegidos mantenían el paso contenido; sus lanzas apuntaban hacia la penumbra. El aire era pesado, sofocante.
Edoz tanteó el interior de su capa y rozó con los dedos la tela que guardaba el frío metal de Ansia. El arma estaba muda, tranquila. La calma forzada lo inquietaba más que su habitual zumbido ansioso de sangre.
Shuraz avanzaba al frente con Oscuria en guardia, empuñada a dos manos. Cada tanto miraba hacia atrás y comprobaba que los hombres no se dispersaban. Demasiada quietud. Algo no iba bien.
—¿Por qué no se oye nada? —susurró uno de los soldados, con el rostro perlado de sudor.
—No os dejéis intimidar —gruñó Shuraz.
Unos pasos y el bosque se cerró más aún, hasta formar un túnel de ramas. Ni un pájaro, ni un insecto, solo el agonizante silencio. Los hombres intercambiaron miradas incómodas.
Edoz levantó la vista. Entre las copas altas creyó ver un destello rojizo, como dos ojos que los seguían desde arriba. Parpadeó y ya no había nada.
El silencio se alargó. Un súbito crujido resonó entre los troncos. Todos se detuvieron. La inquietud se convirtió en certeza: no estaban solos.
El crujido se repitió, más profundo, la madera misma parecía gemir. Un olor agrio se esparció entre los árboles, era un hedor que no pertenecía a ningún animal. Los hombres apretaron fuerte los dientes y aún más sus lanzas.
Shuraz hizo una señal ensayada con la mano y todos formaron un semicírculo. Sus ojos recorrían la oscuridad y la niebla empezaba a espesarse entre los árboles.
El silencio del bosque se rompió con un rugido húmedo que se coló entre los árboles como un lamento de otro mundo.
Entonces, lo vieron.