Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El Silencio de Gundar
19%

El Silencio de Gundar

Bakthar se adelantó entre la maleza con su lanza astillada colgada sobre el hombro como una extensión de su cuerpo lleno de cicatrices. Sus botas se hundían en el lecho de hojas podridas y cada paso sonaba con un crujido apagado, casi un susurro. Detrás, los exploradores le seguían en fila.

—Más despacio —gruñó sin volverse—. El bosque está inquieto.

Un murmullo de viento apagado respondió en lugar de los arreshim. No había insectos, ni cuervos, ni sonidos de animales, solo silencio.

Gogor, el Hechicero Negro, avanzaba en el centro, encorvado sobre su bastón de hueso.

Los hongos azules que crecían en la corteza de los robles centenarios le pintaban el rostro, verde casi negro, de un resplandor fúnebre.

Rozó con la yema de los dedos un símbolo que había dibujado con ceniza en el tronco. La madera palpitó como la carne viva.

Uno de los exploradores tragó saliva.

—¿Por qué los pájaros están callados?

Gogor sonrió y mostró sus dientes manchados.

—Escuchan.

Bakthar ató un cráneo por las cuencas de los ojos y lo colgó de una cuerda a una rama, atado con tendones secos. El hueso osciló sobre ellos. Los símbolos pintados alrededor brillaron.

—Tus trucos me enferman, hechicero —dijo Bakthar con desprecio.

—No son trucos —murmuró Gogor—. Son puertas.

El Hechicero Negro continuó sus rituales.

—Bakthar —la voz de Gogor se volvió un hilo—, hoy el bosque obedece a Gundar. Hasta la sangre dentro de tu pecho lo sabe.

El líder explorador gruñó y sus manos verdes apretaron la lanza con más fuerza.

—Con o sin dioses, deseo cortar gargantas humanas.

Los exploradores revisaban los alrededores, colocaban huesos en ramas bajas y pintaban más símbolos con ceniza húmeda, siempre supervisados por Gogor.

El hechicero extendió la mano hacia un tronco, con su tacto y sus rezos a Gundar, cubrió la corteza de marcas de quemaduras. La madera humeaba a su contacto.

Bakthar dio un paso hacia las runas y estas palpitaron como un corazón enterrado bajo la corteza.

El silencio del bosque se quebró con un sonido seco: algo respiraba dentro del árbol.

La cuerda del cráneo osciló sola, aunque no había viento. Gogor alzó las manos cubiertas de ceniza y susurró palabras en la lengua prohibida de los ancestros. Sus ojos rojos se encendieron como dos ascuas.

Los exploradores retrocedieron, armas en alto, mientras en el tronco se abría una enorme boca llena de dientes afilados.

Bakthar no pestañeó.

—¿Qué has invocado, hechicero?

Un zumbido profundo sacudió el suelo. Algo se movía debajo.

Las raíces se abrieron paso como víboras, levantaban terrones de tierra y piedras al avanzar.

Los arreshim formaron un círculo, pero apenas lograron cerrarlo antes de que el primero de ellos gritara.

La boca de una bestia abierta en un tronco agrietado atrapó al explorador por la cintura; la madera se cerró con un chasquido húmedo y lo partió en dos.

El torso todavía se agitaba con los brazos extendidos cuando cayó al lecho del bosque; la otra mitad desapareció dentro de la corteza, que lo trituró sin dejar rastro.

—¡Atrás! —rugió Bakthar, y giró su lanza en un arco que cortó una raíz del grosor de un brazo. El trozo amputado se retorció en el suelo y exudó savia oscura con olor a hierro.

Gogor extendió sus manos y un fuego verde brotó de sus dedos.

Las llamas lamieron las raíces, chamuscándolas.

Entre las grietas de los árboles se distinguían los rostros atrapados de antiguos cadáveres que parecían haber quedado fundidos en la madera.

Al arder, se agitaban con gestos de dolor y lanzaban un gemido grave que heló la sangre de los arreshim.

Un segundo explorador fue sorprendido por debajo.

El suelo reventó bajo sus pies, una maraña de raíces lo envolvió y se lo tragó hasta los hombros.

Gritó, pateó con fuerza, pero las raíces se cerraron en torno a su cabeza.

El crujido de su cráneo al partirse resonó como una nuez partida, y después lo arrastraron al subsuelo.

La tierra se cerró encima de él, sin dejar ni rastro.

—¡Nos devoran vivos! —rugió otro antes de clavar su hacha contra un tronco que se movía.

Pero la madera respondió como lo haría la carne: un chorro de savia ardiente le cayó encima, y le corroyó el rostro.

El guerrero cayó retorciéndose y tratando de arrancarse los ojos mientras las raíces lo atrapaban por los tobillos y lo lanzaban por el aire.

El círculo de arreshim se rompió. Algunos huyeron entre los árboles, pero las mismas cortezas se abrieron a su paso y brazos de madera con vida los atraparon.

Eran trampas infalibles. Cada impacto era rápido y letal: huesos astillados, cráneos hundidos contra la madera, cuerpos devorados por el hambre ciega del bosque.

Bakthar, cubierto de sangre, clavó su lanza en un tronco que lo embestía mientras se inflaba.

La lanza se hundió hasta el asta y un chillido pseudohumano salió del árbol, un lamento que no pertenecía a este mundo.

Con un esfuerzo brutal, desgarró la herida de la madera hasta que el tronco se partió en dos, liberando un amasijo de huesos ennegrecidos y humeantes que se deshicieron en polvo al tocar el suelo.

—¡Lanza más fuego, maldito hechicero! —gruñó Bakthar mientras protegía su flanco con un giro violento.

Gogor obedeció. Sus llamas consumieron una raíz gigante, que se agitó como una serpiente herida y se replegó con un chillido vegetal.

Pero la energía del hechicero se agotaba; sudaba sangre por todos los poros y sus ojos se hundían mientras murmuraba palabras prohibidas que se disolvían con el viento.

Al final, solo quedaron ellos dos, espalda contra espalda. El resto de la partida había desaparecido sin dejar rastro devorados por los troncos, triturados bajo tierra, tragados por raíces que aún se relamían satisfechas.

Bakthar y Gogor retrocedieron tambaleantes, entre jadeos. El suelo palpitaba bajo sus pies, pero poco a poco las raíces se recogieron y el bosque volvió a su falsa calma. Los cuerpos de sus compañeros ya no estaban. Solo tierra lisa cubierta de hojas, sin rastro de su existencia.

Bakthar, con la cara tiznada de savia negra, escupió al suelo.

—Tus artes han despertado esto. No volveré a cubrir tus errores.

Gogor le sostuvo la mirada

—Tus hombres murieron por necios —replicó con la voz quebrada—. No ha sido culpa mía. Si Kharzug se entera de lo que ha pasado aquí, ambos seremos desollados vivos.

Se acercaron tanto que sus frentes casi se tocaron. La lanza de Bakthar rozó la garganta de Gogor al mismo tiempo que el hechicero alzó la palma envuelta en una llama de fuego verde. Los dos respiraban pesadamente, listos para matarse.

Un crujido de ramas rotas sonó como un recordatorio de que el bosque estaba hambriento, y esto les devolvió la cordura.

—Al menos, no tenemos que enterrar a los muertos —escupió Bakthar.

—Diremos que han huido aterrados—concluyó Gogor.

Ambos dieron media vuelta hacia las madrigueras arreshim, manchados de la sangre de sus compañeros y unidos por la mentira que acababa de sellarse.

El regreso fue un desfile de sombras. La sangre de los exploradores todavía estaba caliente en sus ropas, la corteza pegada a las grebas de Bakthar y los gritos ahogados en la tierra resonaban en sus cabezas.

Ninguno de los dos habló durante el trayecto, no por respeto a los caídos, sino porque cada palabra habría sido un recordatorio del desastre.