Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Fuego y Sangre #2
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Fuego y Sangre #2

SinDi empujó con el hombro y sus ojos desiguales brillaron bajo la luna.

—Estás cansada, sacerdotisa.

—Estoy cansada de esperar. —Anara giró sobre el talón y golpeó en un arco que la otra desvió por centímetros—. Cansada de que mi pueblo muera por indecisión.

Un crujido marcó el último choque. Ambas se quedaron quietas, con las varas cruzadas, frente a frente. El silencio las envolvió, roto solo por el resoplar de Sangre.

SinDi sonrió.

—Entonces, lucha. Pero no luches sola.

Anara bajó la vara con los brazos aún tensos. Su mirada recorrió el claro, a un lado el bosque parecía escuchar.

—Desde esta noche, te quiero a mi lado. No solo como guardia personal, sino como compañera.

SinDi se apartó, giró la vara en la mano y la clavó en la tierra.

—Está claro que me necesitas.

El eco de su choque aún flotaba en el aire cuando una nube cubrió la luna y el claro quedó en penumbra.

La tienda de mando se levantaba en medio del campamento como un santuario sombrío.

Lienzos gruesos de color arena, reforzados con cuerdas tensadas, formaban un espacio amplio sostenido por mástiles de hierro.

El suelo estaba cubierto por esteras de juncos secos que crujían bajo los pies y lámparas de aceite arrojaban luz sobre cada rincón.

El príncipe Belbarozh presidía el Consejo del Éxodo desde un asiento bajo, flanqueado a un lado por el Sacerdote Mayor y al otro por el Profeta de Kudram.

Frente a ellos, en círculo, se alineaban sacerdotes, sabios y capitanes de la Guardia del Éxodo.

La suma sacerdotisa ocupaba un lugar central, de pie, con SinDi tras ella como un espectro tatuado que observaba.

El Profeta habló primero.

—El hombre que intentó herirte merecía castigo, nadie lo discute. Pero lo ejecutasteis en público, sin juicio. Era un Hijo de Kudram, y ahora los nuestros arden en ira. ¿Qué crees que evitará un baño de sangre?

Anara alzó el rostro y la corona de laureles brilló bajo la llama vacilante de las lámparas.

—Si su cuchillo me hubiera alcanzado, ¿qué castigo se le habría impuesto? —Su voz se extendió firme entre los presentes—. El pueblo necesitaba ver un castigo ejemplar. Yo también lo necesitaba. La próxima vez, se lo pensarán antes de alzar la mano contra los nuestros.

Un murmullo recorrió el círculo. Los sabios se miraron entre sí, algunos con desaprobación. El Sacerdote Mayor asintió despacio, apoyado en su bastón.

—La primera que no desea sangre soy yo —continuó Anara—, pero no me temblará la mano si con ello salvo la vida de mi gente.

El Profeta inclinó la cabeza con sus labios convertidos en una línea afilada.

—Suma sacerdotisa de Bel-Hur… —empezó mientras señalaba a la mujer—, lo que has sembrado puede dar un fruto amargo. Si los Hijos de Kudram responden con guerra, la culpa será tuya.

—Para eso estás tú, para contener su ira —replicó la joven, encendida—. ¿No eres su Profeta? ¿Kudram quiere sangre?

El Profeta se contuvo.

Belbarozh alzó las manos y habló al fin.

—¡Basta! Una violencia semejante no debe repetirse. Profeta, calma a los tuyos. Que entiendan que este castigo es secundado por el Consejo del Éxodo, al completo, no solo por la suma sacerdotisa.

Los ojos pálidos del Profeta relampaguearon, pero se inclinó con frialdad.

—Así será, si esa es la orden del futuro rey de Nela-Shur.

El ambiente se enrareció. Los Sacerdotes del Templo se mantuvieron erguidos, del lado de Anara, la mujer se había ganado su apoyo de una vez por todas. Los sabios callaron, sin decidirse.

Anara se volvió hacia Belbarozh y lo miró agradecida sin pronunciar palabra. El príncipe no devolvió gesto alguno, solo guardó silencio. Ella entendió que había ganado su apoyo, aunque le pesara.

El Consejo se disolvió entre miradas esquivas. En el centro de la tienda, Anara permaneció erguida, consciente de que por primera vez había plantado cara al Profeta sin retroceder y había vencido.

El campamento de los Hijos de Kudram ardía bajo la luz anaranjada de decenas de braseros.

Los estandartes negros ondeaban sobre las tiendas, marcados con la estrella de ocho puntas y el ojo abierto en el centro.

En torno a la hoguera principal se reunieron hombres y mujeres con rostros manchados de hollín, cicatrices mal cerradas y túnicas oscuras.

Algunos habían cubierto las cuencas vacías de sus ojos con vendas manchadas de sangre seca. Eran los Ungidos Ciegos.

El Profeta avanzó entre ellos sin pronunciar palabra.

La túnica negra se ceñía a su figura delgada, y cada paso era seguido con reverencia enfermiza.

La estrella bordada en hilo plateado parecía brillar sola bajo la luz del fuego.

Tras él, su guardia personal lo escoltaba callado, pálido, con el pelo blanco y la espada de filo negro al costado, inmóvil como un cadáver andante.

Torbu lo precedía, con su torso desnudo atravesado por decenas de cicatrices. El manto oscuro le caía a un lado y dejaba ver una faja de cuero. La nariz deformada le daba un aspecto grotesco cuando se detuvo frente a la multitud y alzó los brazos.

—¡Escuchad al Profeta! ¡Escuchad al único que sabe lo que Kudram quiere!

Las voces se alzaron primero como un murmullo, después como un clamor.

—¡Sangre! —gritó un Ungido Ciego, con las manos crispadas sobre su venda ensangrentada—. ¡Sangre por el hermano caído!

—¡Castigo! ¡Que la suma sacerdotisa pague!

Los seguidores golpeaban el suelo con lanzas y bastones. El aire vibraba, cargado de rabia contenida.

El Profeta alzó la mano y el ruido se quebró.

—El hermano que murió ayer —su voz, áspera y clara, se extendió hasta el último rincón del campamento— cayó por su propia debilidad. No por la fuerza de nuestros enemigos.

Los Ungidos Ciegos se agitaron. Uno avanzó tambaleante.

—¡Nosotros no la tememos! ¡Danos la orden y arrasaremos su tienda!

El Profeta giró el rostro hacia él y no necesitó levantar la voz.

—¿Y entonces qué? ¿Creéis que este éxodo se dividirá en dos sin que la tierra misma nos trague? No. Aún no es el momento.

El silencio se espesó. Los ciegos respiraban agitados mientras los demás contenían la furia en sus mandíbulas apretadas.

Torbu rompió el vacío con un gesto torpe. Dio un paso al frente y señaló a la multitud con su mano huesuda.

—El Profeta sabe lo que hace, sabe cuándo llegará la hora. Kudram abrió sus ojos, y susurró en su oído, y si somos pacientes, veremos la ruina de Bel-Hur. —Su voz quebrada sonó como un lamento roto y aun así fue recibida con gritos de fervor.

El Profeta lo observó satisfecho, sin desviar la mirada hacia los suyos y, Torbu, al ver que le había agradado, se sintió especial.

—Habrá sangre, sí. Pero no ahora. Kudram exige paciencia. Y cuando su orden llegue, no quedará ni piedra, ni templo, ni sacerdote de Bel-Hur en pie.

Los brazos se alzaron en un rugido contenido. Los Ungidos Ciegos retrocedieron, ardiendo de ira, pero sometidos. El guardia personal de ojos grises no se movió en ningún momento.

El Profeta avanzó hasta la hoguera y apoyó una mano huesuda sobre el fuego, sin inmutarse por las llamas que lamieron su piel.

—Esperad. Y cuando la señal llegue, la tierra beberá tanto que parecerá un mar carmesí.

La multitud cayó de rodillas al unísono mientras el Profeta, en éxtasis, elevaba los brazos hacia el cielo con los ojos cerrados.

La calma había regresado, pero solo era un disfraz. Bajo la obediencia, la hoguera del odio aún ardía.