Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Fuego y Sangre
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Fuego y Sangre

El sacerdote la condujo entre las tiendas hasta el claro central. El aire olía a humo. La hoguera, alimentada día y noche, ardía con un rugido grave que parecía llamar a todos los belurios.

El Sacerdote Mayor aguardaba junto al fuego. Sus arrugas dibujaban un rostro endurecido por años de servicio a Bel-Hur. Alzó su bastón de madera tallada y lo apoyó con un golpe seco sobre la tierra.

—El campamento se deshace en rumores y miedos —susurró cerca del oído de Anara—. Shuraz no regresa, Rayhem ha partido y los Hijos de Kudram ganan seguidores. Esta noche debes hablar en nombre de Bel-Hur.

Los ojos de Anara brillaron con el reflejo de las llamas. Respiró hondo y asintió. La joven recordó la voz de Rayhem en nombre de Bel-Hur, la que en momentos oscuros guiaba su espíritu.

Círculos concéntricos de piedras marcaban el espacio sagrado, donde los sacerdotes habían arrojado puñados de resina que impregnaban el aire con un aroma dulce. A un lado, los asistentes sostenían cuencos de aceite y cántaros de agua, símbolos de vida.

Anara ordenó a los sacerdotes congregar al pueblo belurio en torno a la hoguera.

Había madres con sus hijos abrazados, guerreros con el rostro manchado y ancianos apoyados en bastones.

El murmullo de las plegarias se apagó cuando ella se adelantó.

Su capa blanca con bordados de oro parecía beber la luz del fuego hasta envolverla en un resplandor sagrado.

El Sacerdote Mayor alzó su bastón.

—El pueblo de Bel-Hur se reúne —entonó con voz grave—. Sus hijos aguardan la voz de su sierva.

El murmullo del campamento se apagó. Anara dio un paso al frente. Su corona de laureles dorados parecía estar encendida por el fuego divino. Dejó a un lado su bastón sagrado y levantó las manos con las palmas abiertas.

—Belurios, hijos del éxodo. El camino es duro, el bosque aguarda, y muchos temen que Bel-Hur no escuche nuestras súplicas. Pero debéis creerme: su mirada aún está sobre nosotros.

Las voces se apagaron del todo. Algunos de los que permanecían arrodillados rompieron a llorar. Otros alzaron las manos al cielo.

La hoguera central ardía alta, y las llamas lanzaban chispas al cielo negro.

La suma sacerdotisa abrió las palmas hacia la hoguera.

—Bel-Hur, Señor del Fuego Eterno, eres luz que no muere, recibe el clamor de tu pueblo. Mira sus heridas, escucha sus lamentos, sostén sus pasos en esta tierra extranjera.

El pueblo, guiado por los sacerdotes, respondió al unísono:

—Luz que no muere, acompáñanos.

—Donde se abre el bosque y la noche acecha, que tu mano nos cubra —continuó Anara—. Donde la fe se tambalea, que tu voz resuene más fuerte que el miedo. Donde la espada amenaza, que tu justicia se adelante a la muerte.

Otra vez, la multitud contestó, más fuerte:

—Luz que no muere, acompáñanos.

El viento levantó un remolino de cenizas. Anara bajó la mirada un instante, recordó la ausencia de Shuraz y la duda en los ojos de Belbarozh. Después, alzó la voz con una firmeza que no había usado antes.

—Hoy no pedimos riquezas ni victorias. Pedimos que nos hagas dignos de tu herencia, aunque el camino hacia Nela-Shur duela. Que nuestras culpas no nos aparten de tu fuego. Que nuestros enemigos caigan ante la verdad.

Un anciano del pueblo que lloraba se inclinó hasta tocar la tierra con la frente. Muchos lo imitaron.

—Bel-Hur no es un dios distante —prosiguió Anara—. Está aquí, en este fuego, en el latido de cada uno, en la sangre que se derrama por salvar a un hermano.

—Luz que no muere, acompáñanos.

La sacerdotisa extendió las manos hacia la multitud.

—Mirad a vuestro alrededor. No sois huérfanos. No sois derrotados. Somos hijos de Bel-Hur y llevamos en la piel su marca. Nadie arrancará esa llama de nosotros.

El silencio se volvió expectante, denso. La fe que despertaba las palabras de Anara era casi tangible, un murmullo de esperanza que recorría la multitud como un temblor.

Pero un crujido de pasos rompió la calma. Un hombre de túnica negra irrumpió en el círculo de fuego. Tenía los ojos desorbitados y un cuchillo oxidado en la mano.

—¡Mentira! —Su voz desgarró la noche—. ¡Kudram es el único que escucha! ¡Bel-Hur os ha abandonado!

Corrió hacia ella ante la impotencia de los soldados presentes, que no se lo esperaban.

Anara no retrocedió. Sujetó la muñeca armada del fanático, aunque la hoja rozó la tela de su manto. Los ojos de ambos se encontraron, el odio contra la serenidad.

Una sombra se interpuso. SinDi apareció con el lobo rojo a su costado. Con un giro brutal, le torció el brazo al atacante. El cuchillo cayó al barro.

—Atrévete otra vez —escupió— y te arranco la lengua.

Los guardias se abalanzaron para sujetar al hombre. La multitud estalló en gritos pidiendo su castigo.

Las voces se encendieron como una llamarada. Unos golpearon el suelo con los bastones, otros alzaron sus puños hacia el cielo.

—¡Sangre! ¡Que pague con su vida!

Un joven lanzó una piedra al aire y fue seguida por un coro de gritos que envolvió al prisionero. Mujeres y ancianos escupieron en su dirección, los niños se aferraron a las faldas de sus madres temblando, pero con los ojos encendidos asustados por la rabia de los mayores.

El nombre de Bel-Hur retumbó en cientos de gargantas, convertido en clamor de justicia. Muchos ya daban el primer paso para ajusticiar al infortunado.

Anara alzó una mano y el clamor se detuvo poco a poco. Miró al fanático reducido en el suelo, jadeante. Sintió un nudo en el pecho. Una parte de ella se resistía, pero pensó con velocidad y habló con voz clara:

—Ha manchado el nombre de Bel-Hur. Ha intentado derramar sangre inocente en este fuego sagrado. El pago será… su vida.

Un silencio helado recorrió el campamento ante la masa satisfecha y sedienta de sangre. El príncipe Belbarozh, entre la multitud, absorto, bajó la mirada, pero no pronunció palabra.

Anara giró el rostro hacia SinDi. No hizo falta más que una mirada.

SinDi levantó la vara y la bajó con fuerza. El cráneo del fanático se abrió de un solo golpe seco. El cuerpo se desplomó en la tierra.

El pueblo exhaló un rugido de fervor. Algunos gritaron alabanzas, otros retrocedieron con miedo.

La hoguera crepitó más fuerte y las llamas parecieron elevarse renovadas.

Anara cerró los ojos. Se había dejado llevar por el clamor popular, pensaba que era lo que debía hacer y sintió que algo en ella se había roto para siempre.

El mapa de la zona extendido sobre la mesa central de la tienda de mando estaba manchado de grasa. Belbarozh aguardaba allí, con los brazos cruzados, mientras acariciaba su barba oscura alineada a la perfección.

Anara entró con prisa y sin anunciarse. Su capa blanca rozó el suelo embarrado y los bordados dorados reflejaron el fuego. Se quitó la corona de laureles y la dejó sobre la mesa. El gesto retumbó más que cualquier palabra.

—¡Pudiste castigarlo! —bramó Belbarozh mientras la observaba con los ojos entrecerrados—. No hacía falta ejecutarlo delante de todos. Tú no eres así.

Anara lo miró. El eco del atentado aún vibraba en sus sienes.

—El pueblo necesitaba justicia inmediata —declaró con voz firme—. Si llego a vacilar, ellos habrían dudado de mí, de ti y de Bel-Hur.

Belbarozh golpeó la mesa con el puño.

—¡Has desatado sed de sangre! Un escarmiento habría bastado. Ahora alimentas a Kudram con mártires. ¿Acaso quieres una guerra interna en el éxodo?

Anara se inclinó hacia él. Su sombra y la suya se encontraron sobre el mapa de Beluria dónde se encontraba Nela-Shur.

—Mi príncipe, entiende que era necesario ejercer mi liderazgo. No pueden verme como alguien débil.

Un silencio pesado se alargó y fuera el rumor del campamento parecía una marea lejana.

Belbarozh entreabrió los labios, pero no reprochó. En cambio, apartó la vista y fijó los ojos en el estandarte belurio caído en la esquina.

—Eres mi consejera, no mi sucesora. No puedes ejercer mis responsabilidades.

Anara recogió la corona de la mesa y se la ciñó otra vez sobre el pelo suelto.

—No busco reemplazarte. Busco salvarlos. Ya no volverán a atentar contra mí. Desde hoy, mando yo sobre su fe y sobre su defensa.

El príncipe alzó el rostro con una sonrisa amarga.

—No hablas como una suma sacerdotisa, hablas como una reina.

La lona de la entrada se movió y un sacerdote del templo irrumpió, jadeante.

—El Consejo aguarda. El Profeta exige explicaciones.

Los ojos de Anara ardieron un instante en la penumbra.

—Que espere.

Belbarozh la miró al marcharse. La sombra del brasero le cubrió la cara.

El campamento dormía entre brasas apagadas y rezos sueltos. Más allá de la última hoguera, en un claro junto a los árboles, dos siluetas se enfrentaban bajo la luz fría de la luna.

Anara se había despojado de la capa blanca. Llevaba una túnica sencilla, ceñida en la cintura con una cuerda. El pelo suelto le caía por la espalda. La vara de fresno descansaba firme en sus manos, recta, como una prolongación de su cuerpo.

La joven miró a su oponente y se puso en guardia.

SinDi avanzó primero. La madera labrada de su vara silbó en el aire y golpeó la de Anara con un chasquido seco. Sangre, tumbado, alzó la cabeza y volvió a dejarla caer sobre las patas cruzadas.

—Tu primo tiene razón en algo —arremetió SinDi de nuevo, obligándola a retroceder tres pasos—. Te has convertido en juez y verdugo.

Anara respondió con un giro que bloqueó el golpe. La madera vibró entre sus dedos.

—Él dudó y casi me asesinan frente al pueblo. Si no me impongo, no habrá éxodo que salvar.

El siguiente choque sacudió el aire. SinDi inclinó la vara y lanzó un golpe ascendente que casi arrancó la de Anara de sus manos.

—O habrá guerra. La sangre siempre llama a más sangre.

El lobo la miró, pensaba que su ama le llamaba, pero pronto se dio cuenta de que no lo hacía.

Anara retrocedió un instante, respiró con fuerza, luego arremetió con un barrido bajo que golpeó la vara de SinDi.

—La guerra ya nos sigue como una sombra, ¿prefieres que nos pille desarmados?

Las varas chocaron otra vez, golpe contra golpe, con un ritmo áspero, sin concesiones. Ninguna buscaba herir, pero cada movimiento probaba la firmeza de la otra.