Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Alimento
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Alimento

La noche se cerraba sobre el campamento belurio. Entre las hogueras apagadas, un hombre se movía con sigilo y miraba a los lados mientras hurgaba en un carro de provisiones. Sus manos temblaban al sacar un saco de grano y luego otro más pequeño que escondió bajo la capa.

—Cobarde —musitó Valcara desde la sombra.

El ladrón se volvió, sobresaltado. No vio nada. Solo la lona ondeaba al viento y el rumor de ramas secas. Tragó saliva y aceleró el paso, mientras apretaba contra el pecho lo robado.

La figura de Valcara se deslizó detrás de él. El cuero de su coraza no emitió sonido alguno. Antes de que pudiera correr, una mano lo atrapó por la boca, la otra por el brazo. El golpe lo tumbó contra el suelo.

—No volverás a robar a los tuyos —susurró cerca de su oído y le tapó la boca con la mano izquierda.

El ladrón pataleó y soltó un grito ahogado bajo la presión de sus dedos. Entonces, Valcara le arrancó la camisa y apoyó la palma abierta de la mano derecha sobre su pecho.

El aire se quebró. Un torrente invisible emergió del cuerpo del hombre y fluyó hacia ella. Lo sintió recorrerle las venas con un calor abrasador, llenándole cada músculo, cada rincón de su piel. Cerró los ojos. La carne se tensó y lució más viva.

El ladrón dejó de forcejear. Su rostro se arrugó de golpe, las manos se tornaron huesudas y los labios, resecos.

En menos de un suspiro, parecía un viejo exhausto, con los ojos apagados y la boca abierta en un último intento de respirar.

Con ese nuevo aspecto, nadie lo reconocería y, por su aparente edad, podía haberle llegado la hora.

Valcara lo soltó. El cuerpo cayó entre hojas secas con un crujido hueco. El saco de su botín rodó a un lado.

El hambre en su interior menguó. No desapareció, nunca lo hacía del todo, pero el ardor en sus palmas se fue apagando hasta quedar en un picor sutil, aunque corrientes invisibles le recorrían la piel.

Se agachó y pasó la mano por la túnica del cadáver.

—Tu final servirá para que otros vivan —murmuró sin rastro de compasión.

Levantó la vista hacia el sendero del sur, donde se encontraban las tiendas de los allegados al príncipe Belbarozh.

La noche aún era joven, y Valcara ya se había alimentado lo suficiente como para seguirlos otra jornada más.