El rumor de las hojas
El ratón blanco husmeaba entre los dedos de Anara. Sus ojos rojos parecían luces vivas en la penumbra de la tienda. La sacerdotisa lo acarició con cuidado y se encendió una luz en el interior del animalillo.
—Jarben… —murmuró ella mientras lo metía en el bolsillo interior de su túnica—. Bel-Hur te guarda y yo también.
La plegaria se rompió con la voz del príncipe fuera, mientras la llamaba. Al salir, Anara encontró a Belbarozh de pie con los brazos cruzados.
—Tenemos que hablar —le pidió.
Caminaron juntos hasta la linde del campamento. Por allí, Perin forcejeaba con la lanza que no sabía manejar; la apoyó contra el Carro Rojo y bufó mientras limpiaba el eje con un trapo mugriento.
—Tranquilo, Rojo… y tú también, Carro —murmuró a los caballos—. Es mejor no tener ningún visitante vivo aquí dentro, ¡hacedme caso!
El Profeta los observaba inmóvil desde la distancia, en la entrada de su tienda. Su rostro apenas era un perfil.
Belbarozh se detuvo junto al fuego apagado y aún humeante de una hoguera.
—Shuraz y los suyos aún no han regresado. Me preocupa.
—Todavía es pronto. Ten fe —respondió Anara—. El Profeta nos mira como un cuervo a la carroña —añadió.
El príncipe desvió la vista hacia el Bosque Sagrado.
—Ellos me salvaron la vida cuando era niño. Los Ungidos de Kudram me escondieron de los alonios. Me protegieron cuando nadie más lo hizo. Les debo más de lo que imaginas.
Anara lo tomó del brazo y le obligó a mirarla.
—Puede que lo hicieran por quién eres, por interés. No cierres los ojos, Belbarozh. El Profeta nunca ha olido bien.
El príncipe guardó silencio.
—¿Y no crees que es lo mismo que pudieron pensar de ti? —preguntó—. Solo eras una cantinera. Nadie habría predicho jamás que acabarías como suma sacerdotisa de Bel-Hur. Las apariencias engañan.
Un puñado de hojas del bosque traídas por el viento rodearon a la pareja.
Belbarozh se inclinó hacia ella.
—No dejes que el miedo hable por ti, prima. Si desconfiamos de todos, nos quedaremos solos.
El ratón blanco asomó por la manga y olisqueó el aire inquieto. Anara apretó los puños, incapaz de apartar la vista de la silueta inmóvil del Profeta.
Las hojas volvieron a elevarse por el viento.
Ella se apartó un paso y lo miró.
—¿Conocías al Profeta en Alonia?
—No.
—Entonces, ¿de dónde ha salido? ¿Cómo ha conseguido tener tanta influencia entre nosotros?
Belbarozh soltó un suspiro breve.
—No lo sé. Lo cierto es que no era nadie hasta el comienzo del Éxodo.
—¿De verdad es un Profeta? ¿O un farsante de lengua bífida? ¿Crees que Kudram habla a través de él? ¿Lo has oído alguna vez transcribir alguna palabra de su dios?
El príncipe negó pensativo.
—Somos belurios, Anara —dijo el príncipe—. No esperes que nos abran las entrañas de su fe. No compartimos sus intimidades.
Anara inclinó la cabeza.
—Pero no era conocido y ahora lo escuchan como a un glorioso líder.
—El éxodo ha golpeado fuerte. La gente necesita respuestas, y muchos ya no las encuentran en Bel-Hur. Por eso Kudram resurge entre ellos —explicó él.
Anara apretó los labios.
—¿Insinúas que algunos belurios han cambiado de fe?
Belbarozh sostuvo su mirada sin pestañear.
—No lo insinúo. Lo sé. Mejor tenerlo cerca que oculto.
—¿Y los asesinatos? —La voz de Anara bajó un tono—. Los rituales. Las desapariciones. Hace tiempo que no hay…
El príncipe apartó la vista hacia el bosque inmóvil.
—El Profeta no sería tan necio de cometer semejante estupidez.
La suma sacerdotisa no estaba tan convencida.
Un sacerdote del Templo irrumpió en la conversación, jadeante.
—El Sacerdote Mayor solicita vuestra presencia —murmuró al oído de Anara.
Ella miró al príncipe un instante, tomó su mano con firmeza y la soltó con delicadeza. Luego siguió al sacerdote con paso rápido hacia la hoguera central.