Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El precio del fuego
15%

El precio del fuego

La tienda del Profeta se alzaba como un pozo oscuro en medio del campamento. Dos centinelas encapuchados guardaban la entrada sin mover un solo músculo. Lyria se detuvo frente a ellos. Al verla, se apartaron para dejarla pasar.

Empujó la cortina. Dentro, la penumbra se quebró en espirales de humo que flotaban sobre un brasero de bronce.

El Profeta de Kudram estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y sus ojos blancos fijos en la mujer.

A un lado, su guardia pálido se mantenía erguido, tan inmóvil como una estatua.

Más cerca del fuego, Torbu, el criado, afilaba en cuclillas un cuchillo de hueso. Su nariz aún mostraba la cicatriz de la herida que Zarhel le había dejado de recuerdo para siempre.

—Has venido. Es lo mejor que podías hacer, descuida, no te arrepentirás —murmuró el Profeta. Su boca delgada apenas se curvó.

—No vengo a buscar tu consuelo. —Lyria apartó el sombrero de ala ancha de su rostro. Sus ojos oscuros brillaron bajo la luz temblorosa del brasero—. Quiero respuestas.

—¿Respuestas? —El Profeta levantó la daga que descansaba sobre sus rodillas. El filo capturó el fuego con un resplandor rojizo—. Todo tiene un precio, mercenaria. Incluso la verdad.

Torbu soltó una risita seca. Lyria lo fulminó con la mirada y él inclinó la cabeza como un perro castigado.

El Profeta señaló el suelo frente a él.

—Siéntate.

Ella dudó, y sus dedos recorrieron el borde de los guantes, un tic que nunca conseguía ocultar. El látigo de Zarhel colgaba de su cinto, la daga runada descansaba enfundada en su muslo.

El Profeta sacó de entre su túnica un pequeño objeto. Lo dejó sobre la alfombra entre ambos. Era un talismán metálico, negro, grabado con una estrella de ocho puntas. En el centro, un ojo abierto parecía brillar con vida propia.

—Tócalo.

Lyria no movió la mano.

—¿Qué es?

—Un hilo hacia la verdad. Si lo aceptas, te guiará hasta el asesino de Zarhel.

El humo se arremolinó sobre el brasero. Lyria entrecerró los ojos.

—Recuérdame por qué me vas a ayudar.

El Profeta ladeó la cabeza con un gesto felino.

—Porque yo también pierdo piezas en este juego y necesito otra mano que sepa usar un arma.

—¿Qué esperas de mí? —susurró ella.

—Que mires. Que escuches. Que siembres dudas donde haga falta.

Torbu rio otra vez. Disfrutaba al ver cómo el Profeta tentaba a la mujer.

—Ya es nuestra… ya lo es… —masculló sin levantar la vista del cuchillo.

Lyria se inclinó hacia el talismán. El ojo grabado parecía palpitar bajo la luz del brasero. Sus dedos rozaron el borde frío del metal. Un murmullo estalló dentro de su cabeza y se apartó con brusquedad.

—No quiero tus cadenas —soltó ella.

—No son cadenas —replicó el Profeta con suavidad—. Son puertas.

Ella lo miró, callada. El recuerdo del anillo de Zarhel, escondido bajo su guante, ardía contra su piel.

—No soy tuya.

—Todavía no.

La mercenaria tomó el talismán con un movimiento brusco y lo guardó bajo su capa.

—Esto no significa nada.

—Significa todo —sonrió el Profeta—. Esta noche, cuando estés sola, él te hablará.

Lyria se levantó de golpe. El guardia pálido no pestañeó. Torbu se apartó hacia la sombra mientras murmuraba frases sin sentido. El humo del brasero se espesó y por un instante, la tienda pareció cerrarse sobre ella como una trampa.

El Profeta alzó la daga hacia la luz.

—Ve, y cuando lo escuches, recuerda: no todos los que te rodean están de tu lado. El asesino te conoce y lleva tu rostro en su recuerdo.

Las palabras la siguieron mientras abandonaba la tienda. Fuera, la noche era más oscura que nunca. El talismán ardía contra su pecho, latía como un corazón que no era el suyo.

Se detuvo a mitad del campamento, jadeando. Creyó oír una voz tenue, arrastrada, que susurraba su nombre desde el interior de la joya.

Ya no estaba sola.