Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Peligro en el linde
14%

Peligro en el linde

El Bosque Sagrado se alzaba frente al campamento como un muro negro. Entre las raíces retorcidas brillaban hongos azules que parecían respirar. Nadie se atrevía a acercarse demasiado.

El Consejo se había vuelto a reunir, esta vez fuera de la tienda del príncipe, por sugerencia de este.

Anara permanecía de pie frente a una de las hogueras que delimitaban el campamento con los ojos fijos en la arboleda.

Su túnica blanca con bordados dorados todavía conservaba la ceniza del funeral de Zarhel.

Una brisa movió el pelo suelto que enmarcaba su rostro.

El murmullo de los fieles a su alrededor se apagó cuando el príncipe Belbarozh se levantó.

—El éxodo no puede detenerse aquí. Ni por el Bosque Sagrado, ni por el hostil reino de Senicia —golpeó la mesa de tosca madera con la palma abierta—. ¡Avanzaremos!

El Consejo reunido en torno al fuego lo observaba.

—El bosque devorará a los débiles y Senicia engullirá a los necios. Nuestros pasos decidirán de qué pasta está hecho tu pueblo, príncipe —aseveró el Profeta de Kudram.

Un murmullo recorrió al grupo de los sacerdotes de Bel-Hur. Entre ellos se encontraba el más anciano de ellos, el Sacerdote Mayor.

—Tus palabras, Profeta, son venenosas, pero tu advertencia es real. No podemos confiar en Senicia ni en este bosque —replicó encorvado bajo su túnica azul, y agarró con fuerza su bastón de madera tallada.

Anara se inclinó hacia el príncipe.

—El éxodo no se guiará por miedos ni amenazas —añadió la joven con voz tranquila—.

El comandante Shuraz y Edoz ya han entrado en el bosque para ver qué nos depara.

El embajador Rayhem y su comitiva viajan para aplacar la ira del rey de Senicia.

Nuestro deber es mantener el campamento en pie hasta que regresen y podamos avanzar con paso firme.

El Profeta chasqueó la lengua.

—Hablas de firmeza, mujer, mientras los soldados belurios sangran en tierras extranjeras y el pueblo se desespera. ¿Cuánto tardarás en darte cuenta de que la fe no basta para sostener un reino?

El príncipe se incorporó de golpe, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada ceremonial.

—Mide tus palabras, Profeta. ¡Hablas con la suma sacerdotisa de Bel-Hur! —sentenció mientras fruncía el ceño.

Un silencio helado cayó sobre el Consejo. Solo se escuchaba el sonido del fuego de la hoguera.

Anara recorrió con la mirada a los congregados, apartados tras el anillo de soldados que rodeaba la hoguera del Consejo. Luego se inclinó hacia el príncipe y posó la mano sobre su brazo.

—Belbarozh, calma. El pueblo necesita saber que el Consejo es fuerte.

El príncipe asintió, aunque sus ojos seguían clavados en el Profeta.

En ese instante, un graznido rasgó la noche.

Un cuervo descendió sobre la hoguera, desplegó sus alas y dejó caer algo húmedo en el fuego: era una raíz negra, aún palpitante, que ardía mientras emitía sonidos inquietantes parecidos a los lloros de un niño.

Los murmullos se transformaron en exclamaciones de espanto.

El Profeta rio.

—El bosque ha dado su respuesta.

Anara notaba el pulso desbocado. No podía apartar la mirada de aquella raíz que se retorcía como un gusano vivo en el fuego.

Detrás, oculta entre los creyentes congregados que escuchaban al Consejo con atención, una joven de piel tostada, hija del líder de los Sin Dios, observaba desde la distancia.

—Deja que se devoren entre ellos —susurró el brujo de los Sin Dios al oído de la muchacha mientras sus dedos jugaban con un hueso ennegrecido—. Sus problemas no son nuestra causa.

—Sus problemas son los nuestros —espetó ella—. ¿Aún no te has dado cuenta de que todos nos dirigimos a Nela-Shur?

El brujo se fue rezongando en dirección a su campamento, hasta desaparecer en la oscuridad, mientras la guerrera escuchaba al Consejo sin perder detalle.

En la noche del campamento, el murmullo de rezos se mezclaba con el golpeteo de los martillos que ajustaban hebillas y piezas de armadura. Los sacerdotes de Bel-Hur entonaban letanías breves mientras los escuderos repasaban sus filos contra piedras gastadas.

Anara, bajo el impoluto manto ceremonial, caminaba despacio entre las hogueras. El aire frío le raspaba los pulmones al respirar, aún frágiles desde su regreso del tercer umbral. Se detuvo a mirar el cielo, vacío de estrellas, cuando un murmullo de voces la distrajo.

Cuatro Hijos de Kudram avanzaban tambaleantes, venían del carro del Templo Belurio. Su aliento estaba cargado de alcohol y todos tenían los ojos rojos de haber abusado de él.

—Miradla… la hija del dios belurio —masculló uno.

—Sola, sin guardias. Quizá Bel-Hur duerme esta noche —añadió otro mientras se acercaba a ella.

Los cuatro la acorralaron con hambre en los ojos. Uno la empujó contra un poste de madera y manchó el bordado dorado de su manto blanco.

Los ojos de Anara ardían de furia. Levantó la cabeza, pero antes de hablar, otro de los hombres le cruzó la cara de un manotazo. La corona de laurel dorado que ceñía su frente tintineó al caer contra el suelo.

El silencio que siguió fue interrumpido por un gruñido grave.

Un lobo rojo se deslizó y husmeó con su hocico. Sus colmillos brillaban bajo la luz de las brasas. Tras él, SinDi apareció con la vara apoyada en el hombro. La media cabeza rapada dejaba ver los tatuajes negros que parecían agitarse con vida por la iluminación del fuego.

—Aparta tus sucias manos de la sacerdotisa. ¡Ahora! —escupió la Sin Dios.

Los hombres se rieron de forma nerviosa. El primero lanzó un golpe hacia la joven, pero la vara de SinDi le golpeó en su estómago antes de que su brazo completara el movimiento.

Otro blandió un cuchillo contra ella, pero no alcanzó a dar un paso, el lobo se lanzó contra él y lo arrojó al suelo. La hoja cayó lejos de su alcance.

SinDi se giró sobre sí misma y blandió la vara en un arco bajo que barrió las piernas del tercero, tirándolo al suelo.

El cuarto retrocedió un instante, sorprendido, y en ese momento de duda, Anara, con la mejilla dolorida, se inclinó y recogió la daga caída.

Era una hoja pequeña, pero la sacerdotisa la movió con agilidad.

El hombre que la había golpeado trató de sujetarla de nuevo.

Anara le hizo un corte limpio en el brazo y lo empujó hacia atrás. La sangre salpicó su túnica blanca.

Los cuatro hombres, aturdidos y heridos, retrocedieron entre blasfemias. El lesionado se agarró el brazo y taponó la herida.

—¡Esto no quedará así, zorra! —exclamó y escupió al suelo antes de perderse en la oscuridad junto a los demás.

Anara, jadeante y con la daga en la mano, cogió el laurel que estaba en el suelo, a sus pies, y lo limpió con cuidado antes de volver a ponérselo en la cabeza.

SinDi la observaba inmóvil, con el lobo, con el pelaje del lomo aún erizado, junto a ella.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Duele… —respondió Anara mientras abría y cerraba la boca dolorida—, pero duele más que esos capullos piensen que tienen impunidad para hacer lo que quieran.

—No pensaba que supieras defenderte sin invocar la magia de tu dios —reconoció sorprendida.

—Tengo mis recursos —dijo mientras giraba con destreza la daga y la clavaba en el suelo a la perfección.

Ambas se miraron un instante mientras el lobo olfateaba la sangre del suelo.

El murmullo del campamento seguía ajeno a lo ocurrido en aquel rincón.

Se encontraban más allá del círculo de hogueras, donde las sombras les daban cobijo.

Anara sacudió su capa blanca manchada de polvo y se lamentó de las salpicaduras de sangre de su túnica ceremonial.

SinDi, a su lado, apoyó su pie sobre una roca, con el lobo Sangre a sus pies. Su vara descansaba apoyada sobre el hombro, no parecía pesarle y sus ojos estudiaban a la sacerdotisa sin pestañear.

Anara se detuvo frente a ella.

—Te he visto antes. Eres muy buena luchadora —la halagó Anara—. ¿Cómo te llamas?

—Algunos entre los tuyos me llaman SinDi —respondió la guerrera.

—Ingenioso —reconoció Anara—. SinDi —siguió—, me gustaría que fueras mi guardia personal.

El lobo levantó la cabeza. SinDi no movió ni un músculo.

—Los Sin Dios no somos súbditos de nadie.

La suma sacerdotisa ladeó la corona de laureles al agacharse un poco.

—No te pido obediencia. Solo que me acompañes cuando lo necesite. Eso también dará fuerza y visibilidad a los tuyos.

Una risa breve escapó de los labios carnosos de SinDi.

—Los míos no buscamos visibilidad. Caminamos mejor en la oscuridad.

Se hizo el silencio y Anara alzó el mentón.

—Al menos, acompáñame esta noche.

SinDi acarició la cabeza de su lobo mientras su mirada se clavó en los ojos color esmeralda de Anara.

—Caminaré a tu lado esta noche. Pero no por ti, sino por lo que ronda ahí fuera —dijo la Sin Dios mientras señalaba el bosque con su vara.

El lobo gruñó inquieto; algo las observaba desde dentro del bosque.