El Hechicero Negro
Se detuvo frente a una runa que ardía en el muro con un resplandor invisible para ojos humanos. Sus labios se movieron en un murmullo áspero.
—Otra más… Todas despiertas, mientras me esperan. —Sonrió para sí y mostró sus colmillos gastados—. ¿O me juzgan, padre? ¿También me observas desde las raíces?
Alzó la palma y la runa se apagó como ceniza arrastrada por el viento. Absorbió su poder y siguió adelante.
De pronto, atrapó un sapo que saltaba entre las piedras. Se lo metió en la boca y lo trituró sin apartar los ojos del túnel que descendía en espiral. La sangre del animal le chorreó por la barbilla y se la limpió con el dorso de la mano.
—Gundar alimenta a sus siervos de lo que hay en la tierra. —Su voz retumbaba en la piedra y parecía hablar con alguien que lo seguía.
El pasillo desembocó en una cámara cerrada por un arco de raíces petrificadas.
Allí lo esperaba un sarcófago construido con huesos pulidos, encajados con runas talladas que serpenteaban bajo la luz azul.
El sarcófago, tallado en una piedra negra que parecía absorber la luz, estaba cubierto de relieves deformes: figuras humanas que se retorcían, bocas abiertas en gritos silenciosos y símbolos hundidos tan profundos que parecían heridas en la roca.
La tapa, pesada y resquebrajada, dejaba escapar un soplo helado que olía a hierro.
Gogor dejó caer los odres sobre la piedra con un golpe seco. Se arrodilló, colocó las palmas sobre las marcas del sarcófago y susurró un conjuro en lengua ancestral que retorció el aire. Los huesos gimieron como madera al quebrarse y la tapa se abrió con un crujido lento.
El hedor escapó primero, un olor intenso a carne podrida.
Dentro yacía una criatura gigantesca, un ser deforme de piel grisácea como el cuero petrificado tensado sobre músculos y huesos anchos.
Las venas negras recorrían el cuerpo inmóvil.
Su rostro carecía de labios, sus fauces entreabiertas dejaban ver unos dientes largos y ennegrecidos, afilados como cuchillas curvas.
En su frente brillaba una cicatriz en forma de espiral.
Sus manos, de dedos largos y rígidos, sostenían un cetro corroído que todavía conservaba un fulgor enfermizo.
A su alrededor, jirones de telas púrpuras deshechas parecían reptar con vida propia.
Gogor vació el primer odre en esas grandes fauces.
Cuando la primera gota de sangre rozó su piel reseca, esta se abrió como arcilla resquebrajada.
El líquido no se deslizó, fue absorbido al instante, arrastrado por surcos invisibles que se encendieron bajo la dermis.
La sangre se deslizó por los colmillos y la garganta del ser tragó sin despertar, con un ronquido sordo que recordaba al de un niño dormido amamantado por su madre.
La carne muerta se estremeció, latía con un pulso extraño.
El color grisáceo de sus venas se tiñó de un rojo oscuro que corría hacia su pecho, donde un brillo profundo comenzó a despertar.
Cada nueva gota lo alimentaba, y con ella el aire mismo parecía vibrar, la sangre liberaba una fuerza dormida que devolvía la vida al cadáver.
El segundo odre siguió el mismo destino hasta quedar seco.
Parte de la sangre engullida por sus fauces y parte absorbida por su piel.
El hechicero bajó la cabeza y se postró en el suelo húmedo.
—Señor de la Sombra… —susurró—. Los belurios han llegado a Arresia. Se atreven a desafiar al Bosque Sagrado. Te juro que sus huesos serán tuyos, pero primero debo mantenerlos alejados, distraerlos, hacerlos sangrar poco a poco…
El monstruo dentro del sarcófago gruñó en sueños. Sus párpados cerrados se fruncieron y las garras arañaron la piedra con un chirrido agudo. La furia se marcó en aquel rostro adormecido, que sin duda escuchaba cada palabra. Gogor tragó saliva y no levantó la mirada del suelo.
Durante un instante creyó que abriría los ojos. La cámara entera vibró con el resuello del ser, hasta que de nuevo quedó inmóvil. Solo el eco de la respiración del hechicero llenaba la bóveda.
Con dedos temblorosos, Gogor cerró la tapa del sarcófago. Pronunció un nuevo conjuro, más largo y pesado, y los huesos se entrelazaron hasta volver a sellarse. Las runas brillaron con un resplandor rojizo y se apagaron después, sumiendo la cámara en una fría penumbra.
Recogió los odres vacíos, pasó junto a las trampas del túnel mientras murmuraba palabras que desactivaban lanzas ocultas y pozos abiertos. El camino de regreso lo esperaba, pero una sensación lo obligó a girar la cabeza hacia el sarcófago una vez más.
Algo rugía desde dentro.
El sonido gutural amortiguado lo siguió en la oscuridad. Gogor apretó el paso.
El eco de sus pisadas se perdió entre galerías que parecían no tener fin. El aire olía a corteza quemada. Gogor emergió de la grieta que conducía a las concurridas madrigueras principales, donde cientos de arreshim trabajaban al ritmo grave de los tambores.
Al pasar, los guerreros interrumpieron su labor. Algunos golpeaban hierro contra hueso, otros curtían pieles de bestias ciegas. Ninguno lo saludó. Solo apartaban la mirada al verlo con los odres vacíos sobre sus hombros y su piel casi negra, con manchas de sangre que descendían desde su cuello.
—El Hechicero Negro vuelve manchado de sangre —susurró un anciano.
Gogor lo escuchó, pero no respondió. Sus ojos se fijaron en la sala del trono.
Las raíces se entrelazaban allí para formar una bóveda inmensa, iluminada por antorchas verdes. En el centro aguardaba Kharzug, Señor de la Guerra, recostado en su trono de huesos. A sus pies, un charco oscuro rezumaba del cadáver de algún desafortunado.
Kharzug levantó la barbilla, mostrando con orgullo las cicatrices que le atravesaban el torso.
—¿Has alimentado al Durmiente? —gruñó.
Gogor dejó caer los odres vacíos frente a él. La sangre seca se le pegaba todavía a los dedos.
—Bebió mientras soñaba. Pronto no necesitará que yo lo despierte. Se alzará por sí mismo.
El Señor de la Guerra entrecerró los ojos. Su respiración se volvió un resoplido lento, contenido, estaba satisfecho.
—Los belurios se acercan al bosque —anunció Gogor en voz baja—. He olido su miedo. Se creen fuertes, pero dudan. Solo necesitamos empujarlos un poco más y el Durmiente hará el resto.
Kharzug rio con el estruendo semejante al sonido de un trueno.
—Es inevitable que entren, así que empújalos, hechicero. Hazlos temblar. Dales sombras que no puedan atravesar. Han entrado en Arresia, que cada raíz beba su sangre.
Gogor inclinó la cabeza, pero antes de retirarse sus ojos brillaron con un destello febril.
—Y cuando despierte, ¿a quién servirá? ¿A Gundar… o a ti?
El silencio cayó sobre la cámara. Los guerreros dejaron de golpear, las mujeres dejaron de hilar fibras, hasta los tambores se callaron. Kharzug bajó la mirada al hechicero, sus pupilas rojas estallaban en ira.
El Señor de la Guerra se levantó despacio, con el hacha doble en la mano. La sangre fresca y oscura aún chorreaba de uno de los filos.
—Cuida tus palabras, Gogor. La próxima vez que cuestiones si se me debe servir, no habrá túnel en el bosque donde esconder tus huesos limpios.
El Hechicero Negro enmudeció sin apartar la vista.
—No era una pregunta, señor. Era un aviso. El Durmiente me escuchó, y cuando abra los ojos, veremos lo que nuestro dios Gundar tiene preparado para nosotros.
Gogor giró y se perdió entre las tinieblas del túnel. Dejó atrás a un Kharzug inmóvil, apretó con fuerza el mango del hacha y pensó que aún necesitaba al hechicero.