Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La tela y la daga
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La tela y la daga

Los tambores del campamento de la Guardia del Éxodo retumbaban a lo lejos. El fuego de las hogueras teñía de cobre los rostros y el humo dibujaba espirales sobre las tiendas.

Shuraz avanzó, con la capa aún húmeda y la mano en el pomo de Oscuria. Cada paso levantaba polvo y ceniza.

Se detuvo junto a los guerreros reunidos en semicírculo. Había contado diez. Solo había nueve.

—¿Dónde está Edoz? —preguntó sin alzar la voz.

El silencio se extendió como una cuerda tensa. Uno de los hombres tragó saliva, otro bajó la mirada. Nadie respondió.

Shuraz caminó despacio entre ellos mientras observaba cada rostro bajo la luz del fuego y recordó la conversación que tuvo con Edoz en el Carro Rojo sobre cierta dama y se giró hacia el campamento de los Sin Dios.

Los tambores golpeaban en la distancia y marcaban el paso de una marcha que aún no había comenzado.

Edoz cruzó las hogueras apagadas del campamento de los Sin Dios. El humo flotaba en el aire y la humedad le pesaba en la capa roja, manchada hasta los tobillos.

El rugido del lobo llegó antes que su dueña. Dos ojos, uno verde y otro amarillo, destellaron desde la penumbra.

—Sigues vivo —dijo SinDi con voz seca.

Sangre se irguió y gruñó bajo el manto de sombras. La mujer lo detuvo con un leve movimiento de su vara. Edoz levantó la barbilla y dejó que la luz temblorosa de una antorcha revelara su rostro ojeroso y cubierto de barro.

—He visto días mejores —susurró.

SinDi lo observó callada. Las trenzas adornadas con huesos y abalorios tintinearon sobre su cuello tatuado.

—¿Qué buscas aquí, Edoz? —preguntó al fin.

Él se llevó la mano a la cintura, bajo la capa. La daga latía contra su piel, era un pulso ajeno, insistente.

—Ansia no calla. Habla cuando duermo, me atormenta con pesadillas, y cuando Oscuria está cerca, vibra queriendo morder. Shuraz sospecha algo. Si descubre a Ansia y la relaciona con la muerte de Zarhel, sabrá la verdad. Zarhel ya está muerto y no quiero seguirle.

SinDi inclinó la cabeza, sin apartar la vista de él.

—¿Por qué no te deshaces de ella?

Edoz soltó una risa hueca.

—¿Crees que no lo he intentado? La he enterrado, lanzado al río, envuelto en sal. Siempre vuelve. No me suelta… ni yo a ella. Necesito silenciarla.

La mujer sonrió.

—Entonces, has venido al lugar correcto.

El lobo gruñó otra vez y Edoz creyó que aquella sonrisa olía a pacto.

Lo condujo hasta una tienda perdida en el campamento. Sangre se tumbó en la entrada. Dentro, el brujo aguardaba sobre una alfombra de piel raída. Su ojo ciego miraba en otra dirección; el sano, en cambio, lo atravesó.

El tintineo de los dientes de su collar rompió el silencio.

—El príncipe caído trae hambre de secretos —dijo con una voz rasgada—, voy a tener que cobraros la visita.

—No soy ningún príncipe —replicó Edoz con los labios apretados.

—Pero pareces uno —musitó el brujo—. ¿Qué traes para mí?

Edoz sacó la daga. Ansia reflejó las llamas cercanas y pareció relamerse. El brujo rio en bajo mientras mostraba sus encías oscuras.

Tomó un retal de tela gris y lo sumergió en un cuenco donde un líquido espeso burbujeaba. Trazó signos con su uña ennegrecida y cada uno de ellos dejaba un resplandor débil en el aire. Luego cubrió la daga. Ansia dejó de palpitar. El silencio fue tan absoluto que Edoz contuvo la respiración.

El brujo cerró el nudo.

—Mientras duerma en esta tela, no pedirá sangre, no la escucharás en tu cabeza. Pero cada deuda se paga.

Alzó la mano: su palma sangraba por un corte reciente. Se lamió los dedos y dejó escapar un siseo satisfecho.

SinDi lo miró. Tenía la vara apoyada en el hombro. Edoz recogió la daga envuelta en la tela, pesaba más que antes.

—Te debo más de lo que puedo pagar —susurró.

El brujo inclinó la cabeza, mostrando su ojo ciego.

—Se lo debes a ella —dijo mientras hizo un gesto con la cabeza hacia la mujer.

Sangre soltó un gruñido bajo. Fuera, un ruido metálico quebró el aire.

Shuraz.

La sombra del comandante se recortó contra la tela de la tienda. Su voz rugió desde el exterior.

—¡Edoz!

El brujo clavó su ojo sano en él.

—Creo que te buscan —murmuró y sonrió con sus dientes podridos.

Edoz miró la daga envuelta en la tela, aún en su mano, luego la salida. La daga dormía, pero Shuraz estaba allí. Si entraba, no habría una salida limpia.

Un nuevo silbido sonó como de acero desenvainado. Oscuria.

Shuraz avanzaba con paso firme, con su espada negra en la mano, cuando una silueta femenina salió de la penumbra de la tienda del brujo. La tela se movió tras ella. SinDi lo miró de frente, sorprendida, con las mejillas encendidas.

—¿Tú? —gruñó Shuraz con la vista en sus ojos—. ¿Dónde está Edoz?

Ella apretó los labios y dudó un segundo.

—Ha estado aquí, vino a despedirse de mí. Pero dijo que debía acompañarte, Shuraz. Que lo esperabas.

El guerrero tensó la mandíbula, desconfiado y a la vez desconcertado por la naturalidad con que lo decía. Se quedó clavado y miró la entrada de la tienda hasta que ella lo rodeó, lo ignoró y se perdió en el campamento.

En ese silencio, Edoz salió sigiloso por la parte trasera.

Más tarde, cuando volvió al campamento de la Guardia del Éxodo, Shuraz lo encontró sentado mientras afilaba una de sus dagas con calma.

—¿Por qué te vas sin decir nada? —su voz retumbó.

Edoz levantó la mirada perplejo.

—¿Desde cuándo tengo que rendirte cuentas? Ya sé que entraremos juntos en ese maldito bosque, y que puede que sea lo último que hagamos. Así que he querido tomar fuerzas… ya me entiendes…

Shuraz gruñó al borde de la furia, pero pudo contenerla. Algo en Edoz lo desarmaba, pero siempre acababa ganándole.

El guerrero chasqueó la lengua, resignado.

—La confianza da asco.

Edoz soltó una carcajada y volvió a afilar la hoja de su daga.