El Sendero del Sur
El amanecer se alzó con un velo de bruma sobre el campamento.
Los estandartes belurios colgaban inmóviles, apenas tocados por la brisa que traía el olor de la tierra húmeda.
A esa hora, pocos hablaban; la mayoría miraba cómo un grupo de hombres y mujeres preparaba sus mochilas, ajustaba correas y afilaba sus armas.
Rayhem sostuvo entre sus dedos la carta de despedida de su abuela Neela, doblada y atada con cuerda roja guardada en su túnica a la altura del corazón.
Le ayudó a vencer al espectro de su supuesto abuelo Suezoj.
Sus labios se movieron en una oración a Bel-Hur que no alcanzó a pronunciar.
Jarben, a su lado, cerraba un cofre con pergaminos y frascos de tinta.
El sacerdote levantó la vista y encontró los ojos de Brak, que repasaba uno por uno a sus hombres.
Shuraz rompió el silencio.
—¿Sabéis la dirección que tomaréis? —Su voz era un filo.
—No atravesaremos el bosque —respondió Rayhem con firmeza—. Si seguimos el camino del sur, bordearemos Arresia, atravesaremos las Montañas de Piedras Oscuras y entraremos en Senicia por los Desfiladeros Negros. Perderemos jornadas, pero será lo más seguro.
Belbarozh, con su capa dorada de príncipe arrugada por noches sin dormir, observaba la despedida.
—Necesito que volváis enteros y con respuestas. El destino se tambalea, y si el reino de Senicia no nos abre sus puertas, estaremos perdidos.
Jarben respiró hondo. La responsabilidad le pesaba demasiado.
—Volveremos —murmuró el sepulturero—. Aunque los dioses nos cierren todas las sendas.
Anara dio un paso al frente y abrazó a Jarben. Este le respondió con tristeza. Los ojos apagados de la joven, desde que volvió del tercer umbral, se fijaron en Rayhem y se acercó a él.
—Cuida tu alma —dijo en voz baja—. Hay cosas por ahí que no son menos oscuras que en este bosque.
Rayhem inclinó la cabeza, incapaz de responder, y ambos se fundieron en un abrazo.
Brak ajustó el correaje de su armadura y, cansado de despedidas, avanzó hasta Shuraz.
—Me diste tu confianza —dijo—. No la traicionaré.
El comandante le sostuvo la mirada e inclinó la cabeza.
—Vuelve con ellos o no vuelvas.
Los guerreros chocaron antebrazos, sin más palabras.
Edoz, apoyado en el carro rojo con la mirada perdida, no se molestó en despedirse de sus compañeros. Nadie se lo tuvo en cuenta.
—Cuida del éxodo, Shuraz —le pidió Rayhem.
—¿Acaso no es lo que he hecho siempre? —respondió altivo el comandante—. Lo haré, descuida.
Jarben miró a Shuraz y le dedicó una tímida sonrisa; Shuraz le correspondió asintiendo.
Anara contuvo las lágrimas. No pudo evitar pensar que los enviaban a la boca del lobo y que puede que esa fuera la última vez que los veían con vida.
Rayhem sostuvo al pequeño roedor en sus manos un instante más. El ratón olfateó el aire y sus bigotes temblaron cuando Anara lo tomó con cuidado.
—Le gusta el vino más de lo que debería —bromeó Rayhem con una sonrisa—. Cuídalo o acabará más borracho que cualquiera de nosotros.
Anara acarició el lomo brillante del animalillo, que resplandecía.
—Lo protegeré —respondió con voz baja—. Y él me recordará que aún tienes algo aquí que regresar a buscar.
El ratón emitió un chillido agudo, parecía aprobar aquellas palabras.
Rayhem colocó una mano en el hombro de Jarben y lo condujo hacia un hombre delgado de ojos oscuros que aguardaba a un lado del camino.
—Este es Azniel —presentó—, un sabio del reino de Senicia que se ha ofrecido a guiarnos y ser nuestro traductor en las futuras audiencias.
Azniel inclinó la cabeza con cordialidad y el brillo curioso en sus ojos oscuros se encontró con la mirada de Jarben. El joven estudioso no tardó en estrecharle la mano, manchada de tinta, con entusiasmo.
—He oído hablar de tus investigaciones sobre los cantos funerarios belurios —comentó Jarben, sorprendido—. Creí que solo circulaban en manuscritos perdidos.
—Los manuscritos hablan —respondió Azniel—, pero lo que los hombres creen recordar es aún más valioso.
Yo también he oído hablar de ti. Jarben, el consejero albino del embajador, que en Alonia fue sepulturero y guardaba una biblioteca secreta bajo las lápidas.
Espero poder aprender de ti tanto como tú de mí.
Ambos se rieron con la complicidad instantánea de dos mentes que reconocían la una a la otra como quien se mira en un espejo.
Junto a Azniel permanecía una joven que apenas alzaba la mirada más de lo necesario. Su pelo rubio caía en cascada hasta la cintura, y su piel, pálida como el alabastro, parecía casi translúcida bajo la luz de la mañana.
—Ella es Danna —les presentó Azniel con un gesto solemne—. Mi asistente, mi cuidadora… y quizá el único motivo por el que sigo con vida.
La muchacha hizo una reverencia torpe mientras se mordía el labio inferior.
Jarben inclinó la cabeza hacia ella y la observó con curiosidad.
—¿Asistente? ¿O tu esclava? —preguntó el sepulturero.
Ambos rieron y negaron con la cabeza.
—No soy esclava de nadie —respondió Danna con timidez—. La vida unió nuestros caminos y todo lo que hago por Azniel me es devuelto con creces. Aprender de él me encanta; podría decirse que es mi maestro, aunque sin proponérselo.
Azniel sonrió y asintió despacio.
—Le he enseñado a leer y escribir. Tiene una mente despierta, más de lo que muchos creen. No solo es una cara bonita.
—Así que somos compañeros que se ayudan el uno al otro —añadió ella—. Como ha dicho, sin mí moriría de hambre.
Jarben arqueó una ceja pensativo.
—Entonces, tienes en tus manos el destino de un sabio, y quizá el de todos nosotros si su conocimiento resulta tan valioso como espero.
La joven enrojeció, pero sostuvo la mirada un instante antes de ocultarse tras Azniel.
Brak carraspeó mientras ajustaba el correaje del hacha a su espalda.
—Basta de cortesías —gruñó—. El sol ya está alto, y cada palabra que decimos es un paso que perdemos.
Los presentes asintieron. El aire se volvió denso, cargado de un silencio expectante.
El grupo que debía partir miró por última vez hacia Anara, Shuraz y el príncipe Belbarozh. Entre ellos se alzó un muro invisible de despedidas que nadie se atrevió a pronunciar, por miedo a debilitar la marcha.
El grupo emprendió su camino poco después. Las pisadas resonaban sobre la hierba húmeda, apagadas por el murmullo de las despedidas. Detrás quedaban los fuegos del campamento, los cánticos de los fieles y los estandartes de Bel-Hur que ondeaban sobre la multitud como un último adiós.
Delante, un sendero polvoriento se curvaba hacia el sur y bordeaba los límites del Bosque Sagrado de Arresia.
La bruma comenzó a espesarse cuando las últimas luces del campamento desaparecieron tras ellos. Brak levantó la mano y los exploradores se detuvieron.
A lo lejos, entre la neblina, se alzaba una sombra imposible: pilares de piedra agrietados, hundidos en la tierra, que formaban un círculo perfecto. Nadie había mencionado ruinas en ese camino.
Rayhem sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Ese no es el sendero marcado —murmuró.
Las figuras de los pilares parecían moverse, respirar dentro del velo gris de la niebla.
Brak alzó su hacha con gesto tenso.
—Sea lo que sea —gruñó—, nos espera.