Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Preparativos
10%

Preparativos

El amanecer apenas arañaba las lonas de las tiendas cuando Rayhem apartó la cortina de la suya.

El campamento entero parecía un enjambre inquieto.

Los hombres cargaban sacos, las mujeres apagaban hogueras aún humeantes y algunos niños lloraban todavía por el susto de la noche anterior. El aire olía a humo y sabía a miedo.

Rayhem avanzó hacia la tienda mayor; su ratón blanco asomaba el hocico desde su zurrón. Dentro lo esperaba Jarben, el sepulturero de piel blanca y ojos rosas.

—¿Preparado para cruzar Arresia, adentrarnos en Senicia y llegar a Tyrio? —preguntó Jarben sin rodeos.

Rayhem se dejó caer sobre el banco de madera.

—¿Qué otra opción tenemos? Preparados o no allá vamos. Además si no lo hacemos ahora, será peor después.

El sepulturero cruzó los brazos.

—Debemos saber a qué nos enfrentamos. Buscaré en mis escritos, preguntaré por el éxodo, hablaré con mercaderes y refugiados. Alguien debe de saber qué ocurre tras los muros de esa ciudad.

—¿Tú moviendo hilos? Quién nos lo iba a decir —bromeó Rayhem.

—Hay cosas que no están en los libros. Como consejero del embajador, debo comenzar a cultivar mis habilidades sociales.

El ratón se escabulló hasta la mano de Rayhem reclamando su atención. Este sonrió.

—Increíble… ¿En qué momento te has vuelto tan intrépido?

Jarben lo pensó. Era cierto que últimamente se sentía con más valor del habitual. ¿La sangre de licántropo tendría algo que ver?

Fuera, junto a las empalizadas de madera recién levantadas, Brak entrenaba a un grupo de soldados.

El corpulento capitán con barba trenzada blandía un hacha que silbaba cada vez que cortaba el aire.

Los reclutas se apartaban un paso cuando el filo les pasaba cerca, un error de cálculo y quedarían tullidos para siempre o algo peor.

Rayhem esperó hasta que el capitán terminó la demostración.

—Brak, necesitamos hombres. Exploradores, arqueros, quizá un par de lanceros de confianza. El viaje no será fácil.

El capitán escupió a un lado.

—Mejor decir «no será limpio». Si los senicios son lo que cuentan, más vale que llevemos hierro suficiente.

—Llevaré mi palabra antes que el hierro —respondió Rayhem.

—Pero palabra sin acero que la respalde es aire que se pierde —gruñó Brak con una carcajada—. Tendré un grupo listo al caer la noche.

El atardecer se extendía como un velo gris sobre el campamento. Brak se mantenía de pie frente a su tienda. Se ajustaba el cinturón de cuero endurecido y repasaba la lista de nombres que había grabado en su memoria.

Su hacha descansaba sobre una piedra, el filo brillaba contra la luz de una hoguera baja. Con movimientos lentos y metódicos, pasó la piedra de afilar por el acero de su arma. Cada pasada no era solo un gesto de mantenimiento, era una preparación mental, un recordatorio de lo que estaba por venir.

Un grupo de soldados se reunió a pocos pasos.

Murmuraban, algunos se reían mientras otros tensaban las correas de sus armaduras.

Brak los observó sin acercarse. Ya conocía sus fortalezas y debilidades.

Había decidido quiénes avanzarían en primera línea y quiénes protegerían las provisiones.

En su cabeza, la disciplina siempre era la diferencia entre regresar con cicatrices o como cadáveres.

Al poco rato, Shuraz se aproximó. El comandante cargaba consigo esa aura de mando que imponía sin necesidad de levantar la voz.

Brak apoyó el filo del hacha sobre la piedra blanquecina y arrastró el acero con movimientos lentos. El sonido era casi un suspiro.

Shuraz lo observó desde el otro lado del fuego.

—Esa no es piedra común.

Brak levantó la vista mientras la luz danzaba sobre sus cicatrices.

—La encontré en un templo abandonado. Afila mejor que cualquier otra que he usado.

Shuraz se fijó en la piedra de afilar. Las vetas oscuras parecían moverse bajo la llama.

—Dicen que se llama Laja de Nelor. Solo los artesanos de los templos podían extraerla.

—¿Por qué? —preguntó Brak.

—Porque no se come el metal, lo refuerza.

Brak rio por lo bajo, volvió a pasar el filo.

—Entonces, que refuerce todas las cabezas que ha probado.

Ambos guerreros rieron con gran estruendo.

Tras unos segundos donde solo se oía el fuego de la hoguera y la piedra de afilar, Shuraz cruzó los brazos y miró a Brak.

—Veo que has elegido ya a los que os acompañarán —dijo.

Brak asintió, sin detener la piedra sobre el acero.

—Los hombres están ansiosos, pero no todos tienen cabeza para lo que nos espera. Elegí a diez exploradores y a treinta de los soldados más firmes, además de otros diez arqueros que irán en la retaguardia.

Shuraz arqueó una ceja.

—¿Y si fallan los que dejas atrás?

Brak levantó la mirada. Sus ojos grises se clavaron en los azules del comandante.

—Entonces, yo mismo cerraré el hueco.

Shuraz sonrió y dio media vuelta. Aprobaba la frialdad de aquella respuesta.

El capitán recogió el hacha ya afilada. La sostuvo entre ambas manos y la miró como a un viejo compañero. Los grabados de su hoja, oscuros y gastados, parecían cobrar vida bajo la luz del sol del crepúsculo, eran escenas de cacerías, de duelos, de victorias manchadas de sangre.

—Todavía no hemos terminado —murmuró a su amada arma.

Después recorrió el campamento antes de acercarse a los elegidos. Pasaba junto a cada hombre y le lanzaba una sola mirada. No necesitaba discursos; un asentimiento de su cabeza bastaba para infundirles confianza y advertirles de que no se tolerarían fallos. A los exploradores los reunió aparte.

—Vosotros veréis primero lo que el camino esconde. Si alguno vuelve vivo, hablará conmigo. Si no, los demás pisaremos vuestros huesos.

Nadie protestó. En los ojos encendidos de aquellos hombres había la misma hambre de gloria que él había visto desde su juventud.

De regreso a su tienda, Brak se ajustó la correa de la armadura y se permitió un último momento de silencio.

El viaje sería largo, y el reino de Senicia no perdonaría, pero en lo más profundo de su pensamiento había solo una certeza: que mientras pudiera blandir su hacha, ningún hombre ni bestia quebraría la disciplina que él imponía a sus hombres y que serviría para regresar con éxito.

El capitán Brak estaba listo.

En una tienda que más bien parecía una biblioteca improvisada, bajo una lona sostenida por palos torcidos, pilas de libros, pergaminos enrollados y tablillas, Rayhem encontró al último que le faltaba para completar su compañía.

Era un hombre delgado de rostro escondido tras una lupa ovalada y dedos manchados de tinta.

Hojeaba pergaminos como quien acaricia un tesoro prohibido.

—Azmiel —llamó Rayhem.

El erudito levantó la cabeza.

—¡Azniel! —corrigió con voz nasal—, aunque todos me llaman de mil formas distintas. ¿Qué desea el embajador?

—Necesito alguien que sepa idiomas, leyes y costumbres. Un hombre sabio que escuche y sepa responder donde otros solo ven muros de desconocimiento ¿Vendrás conmigo a Senicia?

El erudito dejó el pergamino en su regazo con un gesto que parecía pesar más que su propio cuerpo.

—Si voy, perderás soldados, porque retrasaré vuestro paso.

Rayhem sonrió cansado.

—Perderé mucho más si no te llevo.

El sabio cerró el rollo de pergamino.

—Entonces, partiré con vosotros. Pero recuerda, embajador, mi don no es hablar, sino recordar.

El silencio del campamento no llegaba al interior de la tienda de Jarben.

Se encontraba bajo la luz de varias lámparas de aceite que iluminaban los ataúdes abiertos que servían de estanterías.

Restos de pergaminos, huesos usados como marcadores y tablillas ennegrecidas se apilaban unos sobre otros.

Algunos sabios del éxodo examinaban y clasificaban tanto saber.

Entre ellos, el joven albino avanzaba como un espectro.

Retiró con cuidado una tapa de madera y desplegó un rollo quebradizo. Símbolos antiguos, trazados en tinta casi borrada, hablaban de Senicia. Pasó el dedo sobre la palabra Tyrio y un escalofrío le recorrió la espalda.

—La fortaleza viva —susurró.

Un anciano belurio, sentado frente a él con la espalda encorvada y una tablilla verde en las manos, rio nerviosamente.

—¿Quieres poner un pie allí? Los muros de Tyrio respiran. Escupen sal y sangre al mar. Ni los muertos descansan en ese lugar.

Jarben levantó la vista.

—Por eso debo saber más. Cada detalle, cada grieta.

El sabio se inclinó y señaló un ataúd lleno de libros y tablillas de arcilla.

—Entonces, busca en la sección de castigos. Allí está escrito lo que hicieron con los suyos.

Jarben obedeció. Apartó tablillas hasta encontrar un cuaderno de piel humana cosido con hilo oscuro. Al tocarlo, la superficie aún parecía tibia. Lo abrió. Dibujos mostraban cuerpos mutilados, pieles arrancadas y extendidas como banderas. Sus ojos rosados se clavaron en la ilustración del trono.

—Forrado con pieles humanas —susurró mientras se estremecía.

Horas después, Jarben cruzó el campamento hacia la hoguera de los sacerdotes de Kudram.

Ningún belurio se acercaba demasiado a ese círculo.

El humo olía raro y el fuego parecía moverse en direcciones imposibles, mostrando destellos de colores inusuales.

Jarben había preguntado a varios de ellos sin suerte y se arrodilló frente al más anciano, un hombre de ojos enrojecidos y voz rota.

—He leído sobre Tyrio. Quiero entender qué clase de pacto sostiene entre sus muros.

El sacerdote sonrió y se vieron sus encías negras.

—Preguntas peligrosas para un joven con mucha vida por delante. El Mar de las Voces es más que agua. Es hambre. Es juramento.

—¿Juramento con quién? —preguntó Jarben con voz temblorosa.

El anciano tomó un cuenco con ceniza y se lo tendió.

—Con aquello que espera bajo las olas. Nadie levanta una fortaleza con piedra viva sin pagar un precio.

Jarben sostuvo el cuenco sin apartar la mirada.

—Entonces, el rey senicio no solo gobierna por miedo. Sirve a algo.

El sacerdote rio de forma desagradable.

—O quizá lo encadena. El que entra en Tyrio, se adentra en la boca de una bestia.

De regreso a su tienda, Jarben llenó varias tablillas con notas rápidas: «El rey gobierna por capricho. El miedo es su moneda. La paz, un negocio. El Mar de las Voces: juramento no humano».

Fuera, los hombres de Brak golpeaban metales y tensaban los arcos para probarlos. Todo parecía preparado para la partida. Jarben, sin embargo, se detuvo. Había algo más de lo que había leído que quería apuntar.

Volvió al ataúd de los castigos y buscó entre las últimas páginas. Allí, con letra torpe, había escrito un aviso:

Tyrio recuerda a todos. Cada deuda. Cada ofensa. No olvida ni al mensajero ni al hijo del mensajero.

—Si el rey nos ha amenazado —susurró— ya somos prisioneros antes de llegar.

Esa noche, mientras las hogueras se consumían en brasas, Rayhem necesitaba coger aire antes de comenzar la que podría ser su aventura más peligrosa.

Caminó solo hacia la empalizada que habían levantado para guardar el campamento.

El Bosque Sagrado de Arresia se alzaba como una muralla oscura, más alto y silencioso que cualquier torre humana.

El ratón blanco en su hombro olisqueó el aire. Rayhem también lo sintió; era un hedor agrio, como el hierro oxidado mezclado con tierra húmeda. Entre los troncos, dos ojos rojos lo miraban, fijos e inmóviles.

—¿Quién anda ahí? —susurró el embajador con la mano ya en el mango del cuchillo ceremonial.

Los ojos parpadearon y desaparecieron.

Un escalofrío recorrió la espalda de Rayhem mientras regresaba inquieto a su tienda.