Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Sangre de los arreshim
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Sangre de los arreshim

Los seis arreshim se internaron en la espesura del Bosque Sagrado de Arresia. Sus capuchas ennegrecidas rozaban las ramas húmedas y sus ojos rojos centelleaban.

—No debimos desobedecer al Señor de la Guerra —masculló el último en voz baja—. Gundar no perdona la insolencia.

Agrikon, que encabezaba la columna, se giró como un lobo herido.

Con un gruñido, lo embistió y su cuchillo dentado le abrió el hombro.

El herido cayó al suelo entre raíces y hojarasca y gimió hasta que el hechicero del grupo, cubierto con huesos y colgantes, levantó la palma, murmuró un canto áspero y tocó su hombro ensangrentado.

La herida se cerró con un hilo de humo verde que el hechicero aspiró con éxtasis.

Una marca ardió en su carne y le recordó con dolor que la magia jamás ofrecía dones sin exigir un tributo a cambio.

Su cuerpo lleno de cicatrices era la evidencia de ello.

La disputa se apagó sin más palabras. Siguieron hasta una hendidura escondida tras un muro de raíces retorcidas. Allí se descolgaron en sigilo, uno tras otro, hasta desaparecer en el interior de la enorme madriguera.

Bajo la tierra los esperaba un reino secreto: túneles iluminados por hongos azules, pilares de roca trabajada con símbolos de Gundar y un hervidero de seres de piel verde y orejas puntiagudas como ellos, ocupados en forjar armas, hilar fibras de corteza y criar bestias pálidas.

El sonar de tambores lejanos se mezclaba con el eco del agua subterránea.

El Señor de la Guerra, Kharzug, aguardaba en la penumbra de una cámara abovedada.

Su trono, un macabro mosaico de huesos encajados, irradiaba poder.

Los ecos del lugar parecían gemidos antiguos, y sus ojos, incandescentes, juzgaban a los recién llegados con hambre de batalla.

Kharzug era un coloso brutal. Vestía cuero ennegrecido y huesos tallados.

Su torso verde marcado de cicatrices brillaba bajo la luz de las antorchas.

Un hacha doble, con filos rojos de sangre seca, descansaba apoyada en su trono.

Agrikon se adelantó, altivo, con el rostro cubierto de barro rojo.

—Señor, los humanos temen nuestras amenazas. Si seguimos hostigándoles, jamás se atreverán a entrar en el bosque. Gundar nos dará su favor.

Los ojos de Kharzug ardieron.

—Creo recordar que os dije que no contactarais con los humanos bajo ninguna circunstancia. ¿Y si ahora entran? ¿Has olvidado las Guerras de Hierro, necio? Miles de hombres, cientos de soldados, arrasaron nuestras huestes. Los clanes arreshim cayeron uno a uno… ¡Tus palabras son polvo!

Se levantó y lo golpeó con la parte plana de su hacha. Agrikon se tambaleó, pero no bajó la cabeza. La furia recorrió su cara, era la última vez que Kharzug le ponía la mano encima. El líder explorador se armó de valor.

—¡Te desafío! Que Gundar decida quién merece guiar a los arreshim.

El silencio se rompió en rugidos cuando Agrikon se abalanzó sobre Kharzug con el cuchillo en su mano.

La hoja rozó la piel del Señor de la Guerra y abrió una herida en su pierna.

Kharzug apenas se estremeció. Con un giro descomunal, descargó su hacha y el filo desgarró el vientre de Agrikon, arrancándole un alarido que resonó entre las bóvedas de piedra.

Los guerreros reunidos golpeaban sus pechos y entonaban cánticos guturales.

Cada voz era un eco grave que invocaba a Gundar, el dios del bosque.

Agrikon, herido y tambaleante, mientras se desangraba por el estómago, trató de clavar su cuchillo una vez más, pero Kharzug lo atrapó por el cuello con una sola mano y lo alzó con la fragilidad de un muñeco roto.

Los pies del desdichado azotaban el aire y la sangre oscura salpicaba el suelo mientras los asistentes se relamían.

El Señor de la Guerra se giró hacia el altar de huesos y soltó al desdichado, que se tambaleó con torpeza, y con un solo tajo de su hacha, Kharzug abrió la garganta de Agrikon.

La sangre brotó como ofrenda sobre la piedra consagrada.

Entre vítores salvajes, Kharzug lanzó el cuerpo aún convulso a los pies del altar de su salvaje dios y los guerreros se arrodillaron alrededor, dispuestos a devorar la carne de su camarada caído.

La sangre corrió como un río oscuro sobre la piedra del altar.

Un rugido colectivo estalló en la cámara, voces graves que se confundían con el eco de los tambores.

Los guerreros se lanzaron sobre el cuerpo aún caliente de Agrikon, desgarraban la carne con colmillos y cuchillos y repartían pedazos sangrientos que devoraban con ansia.

La grasa chisporroteaba al caer sobre los braseros encendidos, mientras los más jóvenes se embadurnaban el rostro con la sangre fresca del perdedor, marcados como herederos de la furia de Gundar.

Las mujeres del clan recogían vísceras y tendones para hacer cuerdas de arco, y los ancianos entonaban plegarias mientras bebían de su cráneo abierto.

En un rincón, los artesanos ya trabajaban con febril destreza.

Los huesos largos eran pulidos con piedra volcánica hasta volverse mangos blancos y lisos, mientras las costillas se afilaban en forma de puntas de flechas.

Cada golpe de cincel arrancaba astillas que caían al suelo como fragmentos de un destino sellado.

El aire se impregnó de humo acompañado por cantos rituales.

Kharzug sonreía bañado en sangre desde su trono de huesos mientras contemplaba el festín y la labor de sus artesanos.

Aquella carne alimentaría a su pueblo, y esos huesos serían armas con las que resistirían la llegada de los belurios.

Al fin y al cabo, Agrikon había sido útil a la causa.

Kharzug señaló al más fornido de los exploradores, un guerrero de ojos encendidos.

—Bakthar. Tú serás el nuevo guía, señor de los exploradores. Llevarás refuerzos a los lindes del bosque. Que los humanos no vean tu rostro, pero que sientan el aliento de Gundar sobre su nuca.

Los arreshim se postraron y ulularon bajo la bóveda.

Kharzug alzó el hacha ensangrentada hacia la bóveda de huesos. Los arreshim se arrodillaron y formaron un semicírculo a su alrededor. El fuego iluminaba sus ojos rojos, que brillaban como estrellas oscuras.

—¡Por Gundar! —gritó Kharzug—, juro que no habrá hombre ni sombra que cruce Arresia sin pagar con su carne.

Bakthar y los exploradores, con las manos ensangrentadas, golpearon el suelo en señal de pacto.

—¡Por Gundar! —vociferaron al unísono—. ¡Que su ira nos guíe y su oscuridad nos cubra!

El hechicero trazó poderosos símbolos en la tierra al tiempo que murmuraba encantamientos antiguos que hicieron que la piedra vibrara bajo ellos.

—Que esta promesa quede marcada en carne y hueso —dijo Kharzug—. ¡Que el salvaje Gundar nos proteja y bendiga nuestra amada guerra!

Un rugido colectivo llenó la cámara y unió a los arreshim en un juramento sellado por sangre. Sobre ellos, las raíces temblaron y el propio bosque escuchó el juramento mientras la sombra de Gundar parecía asentir desde lo profundo de la vegetación.