El Día del Sol #3
El anciano Sacerdote Mayor, que hasta entonces había permanecido callado con las manos juntas y los ojos clavados en la llama de la lámpara, alzó la voz.
—Los arreshim no son criaturas desconocidas ni caprichos de un mal sueño.
Fueron arresios hijos de este mismo suelo, guardianes y moradores antes de que el bosque tuviera nombre.
Durante las Guerras de Hierro se alzaron contra hombres y gigantes, y su derrota los condenó al exilio.
Nadie supo nunca adónde partieron. Algunos decían que huyeron al interior de la tierra; otros, que sus huesos se mezclaron con las raíces del bosque.
Pero nadie los había visto de nuevo… hasta ahora.
Las palabras pesaron en el aire. Más de un consejero apartó la mirada y un murmullo inquieto recorrió la tienda.
Fue Jarben, con su voz templada por el vino y la experiencia, quien rompió esa sombra.
—He leído y oído historias aún más oscuras que la de los arresios. Todas tenían algo en común: siempre crecían más en el miedo que en la verdad. El bosque puede guardar horrores, sí, pero no será un cuento lo que nos venza, sino la duda en nosotros mismos.
Se inclinó hacia Rayhem y luego en dirección al príncipe.
—Si creemos que cada sombra oculta un ejército, jamás daremos un paso. El éxodo tiene la fuerza de miles de almas y la fe de generaciones. Mientras caminemos unidos, ningún arreshim enterrado ni espectro de hierro podrá con nosotros.
El silencio que siguió ya no era de inquietud, sino de atención. Incluso los más tensos respiraron hondo. Las palabras de Jarben habían despejado una losa invisible.
Rayhem miraba orgulloso a su amigo el sepulturero, «quién lo diría», pensaba, «de rata de biblioteca y tumbas a valiente orador del Consejo del Éxodo».
Belbarozh, que había escuchado sin apartar la vista del suelo, se irguió en su asiento. El brillo de las velas marcaba los pliegues de su rostro joven pero endurecido por el viaje.
—Jarben tiene razón —declaró—. El miedo nos divide más rápido que cualquier enemigo.
Los arreshim podrán invocar a su dios, amenazar con raíces o sangre venenosa, pero no olvidemos algo: somos el éxodo belurio.
Hemos atravesado desiertos que devoran caravanas enteras, sobrevivido a ataques de monstruos alados y visto caer ciudades más antiguas que nuestras memorias.
No serán unas criaturas verdes exiliadas las que detengan nuestra marcha.
Clavó la mirada en Shuraz.
—Como he dicho, liderarás la avanzadilla al bosque. Ve y abre un sendero seguro y vuelve con la verdad de lo que nos espera.
Luego buscó a Rayhem.
—Tú y los tuyos partiréis al alba hacia Senicia. Si nos demoramos demasiado, los reyes nos volverán la espalda y entonces no habrá aliados cuando más los necesitemos.
Alzó la mano y todos lo miraron.
—Hoy no hemos perdido nada. Ni la música, ni la fe, ni la voluntad. Esta noche recordaréis el miedo, sí, pero también recordaréis que elegimos enfrentarnos juntos a él.
El murmullo se apagó. Nadie se atrevió a discutir. Afuera, el viento soplaba entre las tiendas.
Las palabras quedaron clavadas en el aire. Un chiquillo rompió a llorar y el sonido se filtró hasta la tienda como un eco de lo que el bosque ya había empezado a robarles: la paz.
Las hogueras morían en brasas dispersas y los restos de la fiesta se deshacían bajo pasos apresurados.
Hombres y mujeres recogían jarras volcadas, telas húmedas y bancos arrastrados sin cuidado.
Los niños, que antes reían, ahora sollozaban en brazos de sus madres; algunos preguntaban por los arreshim que habían visto en el teatro de títeres, convencidos de que rondaban por las tiendas, pero nadie sabía qué responderles.
Los músicos guardaban sus instrumentos en silencio, sin mirarse entre ellos. El laúd de Kalthis quedó mudo por primera vez en semanas. A cada linde, los guardias redoblaban la ronda, y chocaban las lanzas contra los escudos para ahuyentar un miedo que no se iba.
Shuraz caminaba entre ellos con paso firme, su capa roja barría el polvo.
El viento le apagó la antorcha, pero él volvió a prenderla sin vacilar.
Llegó hasta el Carro Rojo, donde aguardaba Perin, leal como siempre, sin haber probado el vino en la celebración para estar alerta y hacer bien su trabajo.
Uno a uno, quitó cerrojos y pasadores. El último giró con un chasquido metálico. Perin empujó la puerta, dio un paso atrás y se quedó en guardia con su lanza bien agarrada con las dos manos.
La llama de la antorcha iluminó la penumbra del interior. Edoz alzó un brazo mientras se cubría la cara del resplandor. Sus ojos brillaron con recelo.
Shuraz avanzó con voz grave, sin titubeos.
—Tu cautiverio ha llegado a su fin. Me da igual si has pagado o no los pecados de tu alma. Necesito tus puñales, que siempre me han demostrado estar listos para cubrir mis espaldas. Entrarás conmigo y una avanzadilla al bosque. Te guste o no.
Edoz bajó despacio el brazo, la luz le iluminó la cara. Clavó los ojos en Shuraz y apenas movió los labios.
—¿Cuándo partimos?