Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El Día del Sol #2
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El Día del Sol #2

Uno llevaba un arco curvado con plumas negras en las flechas de su carcaj de piel; otro blandía un cuchillo dentado que reflejaba el fuego; dos más llevaban lanzas cortas y escudos astillados; había uno con una túnica, cubierto de collares de hueso, que murmuraba palabras en un idioma que nadie entendía.

El sexto avanzó al frente. Era más alto y ancho que sus compañeros y clavó la mirada en el príncipe Belbarozh. Parecía saber a quién dirigirse.

Nadie habló. Los soldados en guardia apretaron los dientes mientras sus manos se cerraban sobre lanzas y espadas.

—Sois muchos —entonó el de la túnica con un acento raro. Su voz era un silbido rasgado—. Pero un río de hombres no puede cruzar un muro de raíces sin que la sangre lo riegue.

El guerrero más alto se adelantó para descubrir sus colmillos afilados en una sonrisa feroz.

—Somos arreshim. Yo soy Agrikon. En nombre de Gundar, dueño de este bosque, os advierto: no entraréis. Ni Bel-Hur ni Kudram juntos podrán contra él.

Un murmullo recorrió el campamento. Shuraz desenfundó y levantó a Oscuria, cuya hoja negra devoró la luz.

Brak, que se había incorporado de los primeros, se lanzó agua a la cara para despejarse y agarró el hacha de batalla apoyada en un barril de cerveza.

Los arreshim no retrocedieron, aunque delante de ellos se alzaba un mar de lanzas. Seis contra cientos, y aun así, la ferocidad no se apagaba en sus ojos.

Agrikon escupió al suelo con desdén.

—Os ofrecemos otro camino. Rodead Arresia. El bosque no os pertenece.

Con un movimiento brusco, lanzó al suelo un trozo de pergamino manchado. El mapa se abrió entre la tierra seca.

Belbarozh dio un paso adelante con su capa dorada sacudida por el viento.

—Habéis irrumpido en mi campamento y habéis amenazado a mi gente delante de mí. Escuchadme bien: el éxodo belurio no se aparta, el éxodo belurio avanza.

Agrikon lo observó con sus pupilas encendidas y luego rio.

—Si volvemos a veros, será con nuestras lanzas en vuestras entrañas.

Los seis giraron en silencio, se internaron en la oscuridad del bosque y desaparecieron sin hacer un ruido.

El pergamino seguía abierto en el suelo.

La lona de la gran tienda de Belbarozh apenas contenía el murmullo inquieto del campamento. Fuera, las hogueras se apagaban una a una mientras el eco de la amenaza de los arreshim aún flotaba en el aire, como una sombra que se negaba a disiparse.

Dentro, el Consejo se reunió de urgencia.

El príncipe, de pie junto a la mesa repleta de mapas y copas volcadas, aguardó a que todos ocuparan sus lugares.

Shuraz todavía tenía a Oscuria desenvainada, y la hoja negra parecía palpitar con un brillo malsano bajo la luz de las lámparas.

Brak, con el rostro enrojecido, resoplaba impaciente mientras acariciaba el filo de su hacha.

—No es casualidad —gruñó el comandante—. Nadie había visto a esos demonios verdes fuera de su bosque. Y hoy que estamos de celebración, aparecen en medio de nuestra gente para escupirnos en la cara.

Anara mantenía la espalda erguida, aunque sus manos temblaban sobre el regazo.

—Han hablado de su dios, Gundar. No es el primero que pretende cerrarnos el camino con amenazas. Bel-Hur nos ha protegido de peores.

El Profeta de Kudram sonrió con sorna desde la penumbra.

—¿Amenazas peores? Ese mapa que tiraron a nuestros pies no era un regalo, sino una advertencia. El bosque está marcado, prohibido para los hombres, y quien ose entrar en lo sagrado, sangrará hasta vaciarse. Son los arreshim, «los que pertenecen a Arresia».

Shuraz, con el ceño fruncido, lo cortó con dureza.

—Entonces, sangraremos. No hemos venido hasta aquí para dar media vuelta porque unos engendros de ojos rojos nos agiten un papel.

El príncipe levantó la mano, e impuso silencio. Sus ojos recorrían los rostros tensos: sacerdotisa, embajador, comandante, Profeta.

—El éxodo no se detendrá. Entraremos en el bosque como estaba previsto. Mañana al amanecer, daremos orden de preparar las columnas. El pueblo no debe vernos vacilar o perderemos más que esta noche de fiesta.

El silencio en la tienda se quebró con la voz grave de Rayhem.

—Príncipe, si los arreshim han salido a nuestro encuentro antes de que pongamos un pie en ese bosque, ¿cómo pretendes que os abandone ahora? El éxodo necesita firmeza, no un embajador perdido entre intrigas extranjeras.

Belbarozh lo miró a los ojos con los dedos apoyados sobre el borde del mapa.

—Por eso debes marcharte. Si no haces tu labor en Senicia, si no sellas una alianza con Beluria, mañana ese reino nos verá como invasores y no como aliados.

¿Quieres un segundo enemigo esperando más allá del bosque?

Si lo aplazamos, cuando despertemos será un problema demasiado grande para contenerlo.

Rayhem apretó los labios, sin respuesta.

Shuraz se levantó de golpe y clavó a Oscuria en el suelo con un chasquido seco.

—Entonces, que Rayhem marche cuando deba, pero no arrastres a todo el pueblo hacia la garganta del bosque sin unos ojos que lo reconozcan antes.

Te lo ruego, Belbarozh, deja que el ejército se prepare y, mientras tanto, permite que una avanzadilla se adentre, descubra sus trampas y mida su peligro.

Si entramos todos juntos, caeremos como moscas.

Anara asintió despacio, con el rostro iluminado por la lámpara más cercana.

—Estoy con Shuraz. El pueblo ya teme lo que no comprende. Si mañana obligamos a madres y niños a caminar entre esos árboles sin seguridad alguna, la fe se romperá antes que la carne.

El príncipe respiró hondo y, al fin, retiró la mano del mapa.

—Así será. Mañana, una avanzadilla entrará en el bosque. Shuraz, tú la liderarás. El pueblo se quedará atrás y preparará las columnas y los carros para la marcha, pero será tu espada la que abra el camino.

Un murmullo de aprobación recorrió la mesa, aunque en los ojos de todos ardía el mismo temor: el bosque los esperaba y ya no había marcha atrás.