El Día del Sol
El campamento ardía iluminado para la celebración.
Guirnaldas de tela roja colgaban entre las tiendas.
Sobre la hoguera central, un jabalí asado soltaba un aroma que atraía incluso a los guardias más disciplinados.
El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el golpeteo de los tambores animados.
Kalthis, con una sonrisa de zorro y su laúd colgado al hombro, se abrió paso entre la multitud.
—¡Belurios, hoy no somos viajeros cansados! —gritó mientras alzaba una jarra de cerveza tibia—. ¡Hoy el sol nos pertenece!
Un coro de vítores estalló. Su banda, Los Arrepentidos, comenzó a tocar con una melodía rápida que hizo vibrar el suelo. Algunos se unieron al baile con pasos torpes; otros, con movimientos precisos aprendidos en las tabernas de la lejana Alonia.
Brak, mano derecha de Shuraz, alzó la copa hacia su comandante.
—Mañana, un puñado de valientes y yo mismo partiremos hacia Senicia junto al embajador mientras vosotros, el éxodo, os adentraréis en ese bosque para cruzar Arresia.
—tronó Brak mientras señalaba la hilera de árboles expectantes—.
Pero hoy, bebamos para olvidar lo que nos espera y esperemos no olvidar a quienes dejamos atrás.
Shuraz golpeó su jarra contra la suya.
—Y para recordar a quienes no lo verán. Voy a echarte de menos, maldito cabrón.
—Echarás de menos mi hacha cubriendo tu culo —rio Brak, y se bebió media jarra de un trago.
—¡Eso también! —bramó Shuraz.
Un par de carcajadas interrumpieron la conversación. Un soldado imitaba la voz de un sacerdote de Kudram. Sin embargo, la alegría tenía los bordes afilados, no les hacía gracia a todos.
En un rincón, SinDi observaba callada. Algo inusual en ella, vestía un manto oscuro que absorbía la luz de las antorchas. Sus ojos de diferente color recorrían las caras como si buscara a alguien. No bebía ni bailaba, tan solo observaba a los presentes.
—¿No te unes a la fiesta? —le preguntó con voz suave Anara al pasar junto a ella.
—Los míos no celebran días inventados por tus dioses falsos.
Anara no contestó a sus hirientes palabras, pero la siguió con la mirada mientras se perdía entre la oscuridad.
En el lado opuesto de la hoguera, un grupo de Hijos de Kudram bebía en cuencos de madera. Sus risas eran más ásperas y sus miradas menos amistosas. Uno de ellos levantó la voz:
—Cuando entremos en ese bosque, veremos qué dios protege más.
Un silencio incómodo cayó sobre quienes estaban cerca. La música no paró, pero sonó algo más forzada.
Rayhem, molesto, se acercó al grupo.
—En el bosque no habrá dioses que os salven si provocáis a los equivocados —replicó el embajador.
La tensión se rompió cuando Kalthis cambió la melodía. Varias parejas comenzaron a danzar al compás. Incluso el príncipe Belbarozh, siempre rígido, aceptó bailar con una mujer de pelo plateado que se reía sin parar.
Entre risas y brindis, comenzaron a circular las leyendas del Bosque Sagrado de Arresia.
Algunos hablaban de árboles que se tragaban a hombres vivos.
Otros, de voces que te llamaban por tu nombre hasta que te perdías para siempre.
Cada historia terminaba con una mirada rápida hacia la muralla oscura que el bosque formaba en el horizonte.
—No me gusta la idea de que vayáis a Tyrio —reconoció Anara preocupada, de pie junto a Rayhem y Jarben, que estaban sentados frente a la hoguera.
—Soy el embajador de Beluria —contestó Rayhem—, ahora debo demostrar mi posición, a pesar de saber que nos meteremos en la boca del lobo.
—Estaré a tu lado —le aseguró Jarben un poco bebido y sonriente.
—Tus palabras prometen demasiado cuando el vino te calienta —respondió Rayhem—, aunque sé que es verdad.
Jarben alzó la jarra.
—Mejor prometer con vino que callar con miedo.
Anara lo observó muy seria, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—No es vuestro miedo lo que me inquieta, Rayhem. Es lo que aguarda en Tyrio. Ningún belurio regresa con las manos intactas de allí.
Rayhem abrió la palma hacia el fuego con los dedos extendidos sobre su cálida luz.
—Que me los arranquen si es necesario. Si callamos ante Senicia, no seremos más que un pueblo errante sin voz.
—Y si hablan con el filo de la espada, ¿qué responderás? —Anara apretó la túnica con los ojos clavados en él.
Rayhem se quedó pensativo.
—Entonces, responderá con la muerte… —comentó Jarben con sorna de nuevo.
Un silencio espeso cayó entre los tres. El crepitar de la leña fue lo único que interrumpió la quietud, hasta que una carcajada se alzó entre las tiendas cercanas. El bullicio de la fiesta del Día del Sol llegaba en ráfagas, con la música de Kalthis de fondo.
Anara se inclinó hacia ellos y bajó la voz.
—Si vais a Tyrio, será como entrar en un pozo sin fondo. Y yo no puedo bajar con vosotros.
Rayhem la miró.
—Entonces, reza a Bel-Hur para que volvamos.
Se hizo un silencio mientras la banda murmuraba en corro con qué canción continuar.
Kalthis acomodó el laúd contra la rodilla y lo pulsó con suavidad.
El primer acorde salió torpe, pero el tamborilero golpeó con entusiasmo y Vayra sopló en la flauta con tanta fuerza que arrancó las risas de los más cercanos.
El chiquillo del violín, serio como un soldado, intentó seguirlos, aunque su arco se arrastró con un chirrido que hizo que varios se taparan los oídos.
—Otra vez, pequeño. Acompáñanos, no te pelees con las cuerdas —rio Kalthis mientras bajaba el tono de su instrumento.
—El violín me odia —rezongó el niño y volvió a probar, esta vez algo más afinado.
Vayra dio un giro con la flauta entre los dedos y le guiñó un ojo al muchacho.
—No es odio, es orgullo. Trátalo con cariño y cantará contigo.
El tamborilero dejó de tocar y levantó su jarra a medio vaciar.
—¡Y que cante fuerte, porque si entramos en el bosque con esas notas desafinadas, hasta los duendes se van a tapar los oídos!
Las carcajadas se mezclaron con la música. Un grupo de jóvenes empezó a aplaudir al compás, y poco a poco las piernas cansadas del día se animaron a seguir el ritmo.
Kalthis alzó la voz, no para cantar, sino para hablar con quienes se acercaban a escuchar.
—¿Veis? No hace falta talento, solo valor para tocar en la oscuridad. El bosque nos tragará pronto, pero esta noche, el Día del Sol arde en nuestras manos.
El niño del violín dejó de tocar y lo miró de reojo.
—¿De verdad crees que el bosque nos escucha?
—El bosque lo escucha todo —contestó Kalthis—. Y esta noche le recordamos que estamos vivos.
Las cuerdas del laúd vibraron de nuevo. Un murmullo inquieto se levantó entre los oyentes.
Un corro de niños se arremolinaba junto a un fuego pequeño, sus caras iluminadas por las llamas bajas.
Frente a ellos, el cuentacuentos sacó de un saco de cuero varias figuras de madera toscamente talladas: un príncipe con capa dorada, una sacerdotisa con los brazos alzados, un guerrero con una espada descomunal, una figura verde con cuernos y un Profeta de cara blanca vestido de negro.
—Hace mucho, en las entrañas del Bosque Sagrado de Arresia, vivía el Duende Errante —entonó con voz grave, mientras movía la marioneta cornuda—. Se llevaba a los niños que no dormían…
Un coro de risas nerviosas lo interrumpió.
—¡Eso no es cierto! —protestó una niña de trenzas—. ¡La suma sacerdotisa Anara nos protege!
El titiritero cambió de voz y alzó la muñeca de la sacerdotisa.
—Yo soy la voz de Bel-Hur, y ningún duende os tocará mientras tengáis fe.
Los pequeños aplaudieron a rabiar.
Otro niño, con los ojos brillantes, señaló la marioneta del guerrero.
—¡Que salga Shuraz! ¡Él parte los monstruos en dos!
El cuentacuentos hizo que la espada de madera pintada de negro chocara contra el duende de los cuernos.
—«Oscuria no conoce el miedo», rugió el guerrero, y el Duende Errante retrocedió. «Y yo, Belbarozh, guiaré a mi pueblo hasta que el sol nazca sobre Nela-Shur» —continuó el titiritero con voz chillona, y movió la figura del príncipe.
Un niño pequeño levantó la mano.
—¿Y quién es ese? —señaló a la marioneta oscura de cara blanca.
El cuentacuentos la inclinó hacia él.
—Ese es el Profeta de Kudram, que promete riquezas y poder… pero solo a cambio de tu alma.
Hubo un silencio incómodo. Una niña murmuró:
—Pero… los Embajadores de Beluria lo vencerán, ¿verdad?
El titiritero movió las tres figuras belurias hacia delante y las hizo chocar contra el Profeta con un golpe seco.
—Siempre, mientras recordéis sus nombres y no olvidéis nunca lo que hicieron: darnos la libertad.
Los niños aplaudieron y vitorearon. Uno de ellos levantó el puño en alto.
—¡Entonces yo seré Jarben, el sabio!
Las risas de los niños lo envolvieron todo y el fuego reflejó en sus ojos algo bonito: esperanza.
Sin avisar, una ráfaga de viento apagó media docena de antorchas. El frío se coló como un intruso. Nadie habló durante un instante.
Desde las tinieblas del campamento, una voz profunda y burlona se alzó, clara como una campana rota.
—Cantad, bailad… Mañana, las raíces de nuestro bosque beberán vuestra sangre.
La música murió. Las miradas se buscaron en la penumbra. Y un niño lloró mientras corría hacia su madre.
Rayhem sintió un peso helado en la nuca y se giró hacia la línea de árboles. No vio nada, pero juraría que algo, alguien, sonreía desde allí.
La hoguera escupió chispas cuando seis siluetas bajitas se abrieron paso entre la multitud.
A primera vista parecían hombres encorvados por el viaje, con capuchas raídas y mantos de lana oscura.
Pero al acercarse, los niños se escondieron tras las faldas de sus madres: su piel era de un verde terroso, los ojos ardían rojos como brasas y sus orejas puntiagudas temblaban bajo la luz tenue.