Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El Consejo del Éxodo
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El Consejo del Éxodo

La lona gruesa de la gran tienda de Belbarozh filtraba la luz temblorosa de decenas de velas. La mesa central, cubierta de mapas manchados por el viaje, olía a cera derretida.

Belbarozh se inclinó sobre el mapa de Arresia y apoyó la mano en el punto marcado con tinta roja.

—No podemos quedarnos más —su voz cortó el murmullo—. Bel-Hur quiere que avancemos, con pérdidas o sin ellas.

A su izquierda, el Sacerdote Mayor asintió callado. A su derecha, el Profeta de Kudram jugaba con el borde de su manto; solo él con la mirada perdida en los pliegues de la lona.

Anara, sentada frente a ellos, no habló. Sostenía un pequeño talismán de madera del Sol de Bel-Hur entre los dedos.

—El Bosque Sagrado no es un camino para cualquiera —intervino el sacerdote—. Rodearlo sería más seguro.

—Demasiado tiempo —replicó Belbarozh—. No podemos permitírnoslo.

El Profeta sonrió sin levantar del todo la vista.

—A veces, el camino más corto lleva al centro del peligro, o… a lo que uno busca.

Rayhem lo observó con el ceño fruncido. Había algo detrás de sus palabras, un silencio que no le pertenecía.

—Sea como sea, cruzaremos. —Belbarozh golpeó la mesa con la palma abierta—. Pero no ignoraremos las amenazas.

El emisario de Senicia estaba en un segundo plano. De todos los que el embajador Rayhem había enviado a los reinos vecinos, era el único que había regresado.

Se adelantó. Su capa aún olía a polvo.

—El rey senicio no quiere veros cruzar por sus rutas —anunció con voz ronca—. Dice que, si lo hacéis, no responderá por la seguridad de nadie. También exige un alto pago por mantener la paz.

Un silencio espeso se extendió en la tienda. Los Sacerdotes del Templo se miraron entre sí; los sabios bajaron la vista hacia los mapas.

—Es un chantaje —murmuró el Profeta mientras entrecerraba los ojos.

Belbarozh lo detuvo con un gesto.

—No provocaremos una guerra.

Se volvió hacia Rayhem, su embajador.

—Irás a Senicia y hablarás en mi nombre.

Rayhem abrió la boca para objetar, pero se calló a tiempo.

—Llévate a Jarben, tu consejero —siguió el príncipe—. Brak te acompañará como protector.

Shuraz, que se había mantenido al margen sin decir palabra, dio un paso al frente.

—Brak es mi primer oficial, ¿y si hay combate aquí?

—Por eso te quedas tú. —Belbarozh lo miró con firmeza—. Si nos atacan, tú tendrás la última palabra.

La lona crujió con el viento nocturno. El Profeta, callado, lo observaba todo con una sonrisa.

Rayhem asintió, aunque en su estómago ya pesaba la certeza de que ese viaje no sería solo diplomático. Fuera, el bosque esperaba, y en alguna parte de él, algo escuchaba.

El Profeta no disimuló la mueca y señaló a Shuraz con la cabeza.

—No entiendo por qué está él aquí.

Shuraz, de pie, mantenía la espalda recta y las manos cruzadas detrás mientras contenía la respuesta que ardía en su garganta.

—Lo he invitado yo —intervino Anara, sin apartar la mirada del Profeta—. Es el más experimentado del éxodo en asuntos bélicos y es nuestro comandante del ejército Belurio, por precario que sea.

Rayhem no ocultó el leve gesto de preocupación antes de inclinar la cabeza. Había ocupado el lugar de Anara en su ausencia, y aunque ella había regresado, él seguía sentado por orden del príncipe.

—Un soldado no dicta política —comentó el Profeta.

—La guerra no espera a que los diplomáticos terminen sus discursos —replicó Shuraz.

Anara intervino antes de que la discusión escalara.

—Todos servimos al mismo fin. Las diferencias fortalecen la estrategia si se escuchan con calma y con cabeza.

Belbarozh, firme pero cordial, movió una mano para silenciar cualquier réplica.

—Aquí nadie está por encima del bien del pueblo. Shuraz puede y debe estar presente.

El Profeta bajó la mirada y se destensó ante la orden del príncipe.

En la puerta, Brak mantenía la guardia, pero sus ojos buscaban a Shuraz. El leve fruncir de sus cejas delataba lo que intentaba ocultar: no quería dejar atrás al éxodo.

Rayhem desplegó un pergamino sobre la mesa. Era un mapa del reino de Senicia.

—Si vamos a Senicia, no podemos pedir favores. Necesitamos presentarnos como asociados, no como suplicantes. El rey debe entender que una alianza con nosotros será más rentable que tenernos de enemigos.

Alguien al fondo dejó escapar un murmullo. Uno de los sabios, quizá, pero no se levantó para hablar.

—¿Y quién es el rey senicio? —preguntó la voz joven de uno de los sacerdotes desde el lateral.

Las miradas se cruzaron y fue el Profeta quien respondió con una media sonrisa.

—Un hombre que nunca olvida una ofensa… ni una deuda.

Un silencio incómodo se extendió. Desde el rincón, el emisario que acababa de llegar aguardaba sin abrir la boca. Su quietud parecía más amenazante que cualquier palabra.

—Lo que el emisario debe contarnos —murmuró Rayhem sin apartar los ojos del hombre— quizá cambie todo lo que hemos discutido hasta ahora.

El aludido dio un paso al frente de nuevo y se apartó de la penumbra que lo había mantenido como una sombra más en la sala. Su voz, grave y quebrada, no necesitó alzarse para helar el aire.

—Estuve en Tyrio. —Se detuvo un instante para tragar saliva—.

Una fortaleza rodeada por el Mar de las Voces, que no tiene orillas.

Las murallas están hechas con piedra viva, húmeda de sal y sangre.

No huele a mar… huele a la herrumbre de las cadenas.

Allí, el rey senicio reina desde un trono forrado con pieles humanas, curtidas para que duren siglos.

Nadie interrumpió. Incluso el Profeta inclinó la cabeza, atento.

—El rey senicio gobierna desde una fortaleza que mira al mar.

Oscuro, vengativo, no olvida una ofensa ni permite que nadie crea estar a su altura.

—Sus ojos recorrieron la mesa hasta posarse en los de Anara—.

Su riqueza viene del comercio, de rutas que otros temen y de tratos que nadie más querría hacer.

Se arremangó mientras la sala se tensaba. Mostró la mano derecha, o lo que quedaba de ella. Solo tenía dos dedos enteros, el resto habían sido amputados y los muñones estaban enrojecidos aún por la cicatrización reciente.

—Me los arrancaron por tocar un vaso de vino antes de que el rey lo probara. No hubo juicio, no hubo palabras. Solo un guardia que sonreía mientras lo hacía. El rey también sonreía sin apartar la vista.

Shuraz se inclinó hacia delante, quería oír más, mientras Brak lo vigilaba desde la puerta.

—Para él, los belurios somos carne sin nombre, restos de un pueblo muerto —continuó el emisario, mientras bajaba la voz—. Nos tolera solo para exprimirnos. El mensaje fue claro: «No entréis en mi reino. Pagad para que la guerra no estalle cuando os asentéis en las ruinas de Nela-Shur.»

Un murmullo recorrió la tienda. El príncipe no lo detuvo; solo observaba.

—Nunca olvidaré su mirada… —añadió el emisario en un susurro—. Tenía claro que nosotros debíamos sangrar primero.

—No me lo puedo creer. —Belbarozh dejó caer las palabras como piedras sobre la mesa—. Esto no es solo una advertencia, quiere comprarnos con miedo.

Anara, sentada frente a él, no apartó la mirada.

—No es solo miedo lo que trae nuestro emisario, sino la certeza de que están vigilándonos antes de poner un pie en Nela-Shur.

Shuraz golpeó el borde de la mesa con un dedo.

—Vigilarnos es una cosa. Mutilar a nuestros emisarios sin razón… eso es marcar el territorio con sangre.

Rayhem habló sin levantar la voz.

—Para ellos la razón es sencilla Shuraz: los belurios somos carroña olvidada que vuelve a caminar.

—Entonces, que nos vean caminar, pero para acabar con sus cabezas debajo de nuestras botas —replicó Shuraz.

—O podemos dejar que piensen que han ganado —intervino Rayhem sin mirar a nadie—. Un enemigo confiado es más fácil de abatir.

El príncipe clavó los ojos en él.

—Eso suena a cobardía.

—No, suena a paciencia —murmuró el embajador—. Y la paciencia mata más que la espada.

El toldo crujió con una ráfaga de viento, como si el bosque quisiera colarse a escuchar.

El Profeta de Kudram apoyó los codos sobre la mesa mientras se inclinaba hacia el grupo con una sonrisa inquietante.

—Algo debe quedar claro —dijo con voz cortante—, Tyrio no es un lugar para débiles. Cada paso que demos allí dejará huellas de sangre. Debemos ser firmes a pesar del miedo.

Rayhem cerró los ojos un instante, respiró hondo y asimiló las palabras del Profeta. Luego fijó su mirada fría en él.

—No temo lo que Tyrio pueda hacerme —respondió mientras se apoyaba en la mesa—. El miedo no nos guiará; nuestra misión exige prudencia y decisión.

El Profeta inclinó la cabeza, evaluaba atento cada gesto de Rayhem.

—Prudencia y decisión… Palabras elegantes para ocultar dudas, embajador —susurró—. Algunos creen que el valor se demuestra enfrentándose a los monstruos; otros lo muestran evitando caer en las trampas de los reyes oscuros.

Rayhem no retrocedió.

—No pretendo enfrentarme a monstruos, solo cumplir con la misión que nos ha mostrado Bel-Hur y con lo que nos ha confiado nuestro futuro rey Belbarozh. No me intimidan tus advertencias.

El Profeta dejó que su sonrisa cargada de amenaza se extendiera un instante más.

—Veremos cuánto dura esa certeza, joven embajador —dijo. El silencio pesaba sobre la tienda.

Belbarozh golpeó la mesa con firmeza y con él se movieron todas las velas encendidas sobre ella.

—¡Basta! —su voz cortó el murmullo generado—. Las advertencias están hechas y los riesgos, señalados. Cada uno ha hablado; ahora debemos actuar.

Miró a Rayhem y luego al Profeta; sus ojos azules estaban cargados de autoridad, pero templados por la calma:

—Está decidido. Rayhem, partirás hacia Senicia al amanecer. Todo lo que dependa de ti quedará bajo tu responsabilidad.

Anara inclinó la cabeza.

—Que la prudencia nos guíe y la justicia acompañe cada una de tus decisiones —susurró.

El Profeta se recostó mientras su mirada se deslizaba entre los presentes. Poseía una sonrisa velada de desafío.

Rayhem respiró hondo y asintió al príncipe.

Belbarozh se levantó y señaló la puerta.

—Que comiencen los preparativos —ordenó—. No hay tiempo que perder.

La reunión concluyó. Las velas parpadearon y el aire se llenó del sonido de murmullos. Fuera, la noche aguardaba, silenciosa, mientras el éxodo se preparaba para otro día que podría decidir su destino.