Rabia contenida
El claro estaba casi vacío, salvo por el murmullo del viento entre los árboles. Anara y Lyria se apartaron de los demás, mientras caminaban hasta un lugar donde la luz de las antorchas apenas alcanzaba.
—No puedes cargar con esto sola —susurró Anara—. Él no querría verte así.
Lyria apretó la mandíbula. Tenía los puños cerrados contra los costados.
—Tenía que haber estado allí. Pero no lo hice. —Su voz tembló y luego se quebró—. Lo dejé solo. Murió solo.
Anara inclinó la cabeza.
—Bel-Hur lo acogerá en su seno, y a ti también, algún día.
Lyria bajó la mirada. El rostro le ardía por la culpa.
—Zarhel no era muy creyente.
—¿Y tú crees? —preguntó Anara en voz baja.
—Sí —suspiró Lyria, cargada de resignación.
—Entonces, os reencontraréis cuando llegue el momento —le aseguró Anara.
Lyria tragó saliva, contuvo las lágrimas y apretó los labios, dejando que la rabia y el dolor se mezclaran en silencio.
El viento se colaba entre los árboles y arrastraba hojas secas que volaban hasta sus pies. Lyria mantuvo la mirada baja mientras sus dedos apretaban el borde de su capa.
—Quiero verlo sufrir —dijo en voz baja, sin mirar a Anara—. Quiero que sienta lo que yo siento. Cada segundo de miedo, cada golpe de impotencia, cada puñalada de dolor…
Anara frunció el ceño.
—Eso… eso no hará que te sientas mejor. La ira te consumirá antes de que lo encuentres —dijo con voz suave.
Lyria levantó la cabeza, sus ojos brillaban con fuego contenido.
—¿Y qué otra opción tengo? —preguntó con voz cortante—. Zarhel murió y el asesino sigue vivo. Sigue su juego. Se ríe de nosotros desde las sombras.
—No eres igual que él —replicó Anara—. No dejes que su maldad te arrastre al mismo abismo.
Lyria apretó los labios, tragó saliva y la sombra de una sonrisa torció su boca por un instante.
—Tal vez ya estoy allí —susurró—. Y si tengo que ensuciar mis manos para que lo pague, lo haré. Que tiemble. Que sufra.
El aire se volvió más frío a su alrededor y Anara notó que Lyria parecía haberse transformado en otra persona, apenas reconocible.
—No puedo dejarlo ir —murmuró Lyria para sí misma, más fuerte—. No hasta que haya pagado… con sangre.
Anara no respondió. Solo vio cómo Lyria apretaba los puños y la rabia se volvía un fuego silencioso mientras la noche caía sobre el claro.
Lyria se detuvo. La bruma le rozaba la cara como dedos de hielo.
Sus manos temblaron un instante al recordar.
La guardiana de Anara, caída a sus pies, muerta en la entrada de Alonia bajo su propia mano.
La sangre de sus amigos había exigido venganza y ella había respondido.
Anara no tenía nada que ver con aquello.
Un calor repentino se extendió por sus mejillas. Su venganza por Zarhel sonaba ahora hipócrita, cruel, cínica. Anara jamás debía saberlo; si lo descubría, alguien tendría que morir. La idea le creó un nudo en la garganta y un peso oscuro en el estómago.
—¿Estás bien? —preguntó Anara al ver la mala cara de Lyria.
La mercenaria respiró hondo, contuvo el temblor y dio un paso tras otro, alejándose sin despedirse. Cada sombra parecía seguirla, cada susurro del viento la recordaba el nombre de Zarhel. La noche la tragó sin piedad, y con ella, sus secretos.
Anara la vio desaparecer entre la bruma. Suspiró mientras dejaba que la tensión se disolviera en el aire helado. No le reprochaba nada, pero el eco de lo que Lyria había dicho permaneció en el claro como un oscuro presagio.
Entre la niebla, Lyria se detuvo un instante. Su mirada se volvió afilada, casi salvaje. Las palabras de Anara resonaron en su cabeza y un escalofrío recorrió su espina dorsal. La oscuridad que llevaba dentro ya no buscaba solo venganza, buscaba algo más.
El Carro Rojo ocupaba medio claro con sus ruedas de madera reforzada hundidas en el barro. El metal ennegrecido de la jaula parecía beberse la luz de la tarde. Algunas barras, torcidas como garras, brillaban al reflejar el fuego de las antorchas.
Shuraz se detuvo frente a la puerta reforzada, donde Perin esperaba.
—¿Sigue igual?
—No ha tocado la comida desde ayer —contestó el guardia mientras pasaba el primer cerrojo—. Y no deja que nadie entre. A veces habla solo…
El comandante repasó con la vista las cerraduras de bronce y giró el mecanismo de doble llave.
—Abre.
El chasquido metálico de las bisagras pareció un quejido.
El olor a sudor escapó de golpe de la celda y golpeó a Shuraz de tal modo que le hizo torcer el gesto.
Dentro, Edoz estaba sentado sobre un banco estrecho, la espalda contra la pared.
Tenía su daga negra, Ansia, a un palmo de su mano, entre la paja putrefacta.
—Pensé que vendrías con una tropa entera —murmuró Edoz sin mirarlo.
Shuraz le dejó su espada a Perin, que la cogió absorto, entró y cerró la puerta detrás de él.
—No hacen falta soldados para hablar con un hombre.
Edoz soltó una risa escandalosa.
—¿Eso soy?, ¿un hombre? Hablemos, entonces.
El comandante se quedó de pie, atento en la penumbra. Una lona manchada de óxido colgaba del techo, y se filtraba un hilo de luz sobre las cadenas y poleas.
—No puedes quedarte aquí.
—Puedo y lo hago.
—Fuera podrías ayudarme a encontrar al asesino de Zarhel.
Edoz levantó la vista y en sus ojos había cansancio.
—¿Ayudarte? ¿O convertirme en el próximo muerto?
Shuraz dio un paso adelante.
—Aquí estás enterrado en vida. Juntos quizá encontremos un rastro que seguir.
—Y cuando lo encontremos, ¿qué? —Edoz inclinó la cabeza con una sonrisa inquietante—. ¿Me dejarás despellejarlo yo mismo?
—Te dejaré decidir qué hacer con él —replicó Shuraz sin apartar la mirada—. Pero no desde esta celda.
Un largo silencio dio paso a la siguiente pregunta.
—¿Qué tal Anara y Rayhem después de su paseo por la tierra de los sueños?
Shuraz lo miró.
—Siguen vivos, que ya es bastante.
Shuraz no sabía cómo encarar la siguiente pregunta, así que no se lo pensó más.
—¿Y la Sin Dios? Te fuiste unos días con ella por Arresia, ¿no? Os vieron a los dos volver a caballo, juntos.
—¿Tengo que contarte mi vida? —preguntó Edoz, molesto.
—Ya sabes que no —respondió Shuraz—. Fue al funeral de Zarhel y casi se pega con Lydia. Tuvo valor para aparecer, eso sí. Los Sin Dios nunca quieren mezclarse con nosotros.
—¿SinDi? Es una rebelde incluso entre los suyos —respondió Edoz—. ¿Sabías que es la hija del líder de los Sin Dios?
—¿El mismo payaso al que le partí la cara por insultarme?
—El mismo —sonrió con una mueca—. No veas la mala leche que tiene.
—Pues huevos no tiene muchos la verdad —gruñó Shuraz—, porque se tragó mi puñetazo sin rechistar… y no ha puesto un pie en el funeral, en su lugar ha mandado a la hija.
—No creo que la haya mandado él. SinDi va por libre.
Shuraz entrecerró los ojos.
—Sabes mucho de ella, ¿te gusta?
Edoz soltó una carcajada seca.
—¿Qué coño hacemos hablando de mujeres en una celda?
El comandante sonrió y a continuación se puso muy serio. Avanzó un paso y dejó que el silencio pesara.
—Solo te lo voy a preguntar una vez, Edoz: ¿tuviste algo que ver en la muerte de Zarhel?
Edoz bajó la mirada hacia la daga, a un palmo de su mano. No tenía las imágenes en su cabeza, pero el vacío en su memoria ardía como una quemadura reciente. Sabía lo que significaba. La maldición de la bruja Liraela latía en su pecho, como un animal que despertaba sin aviso.
No recordaba el momento, pero ya había ocurrido antes.
En Jersia, los ojos se le nublaban, su mente desconectaba y las garras de la bruja Liraela le salían del pecho, tomaban el control y lo destrozaban todo, madera, hierro, carne, piel y huesos.
Y cuando volvía en sí, siempre había sangre. Mucha sangre.
—No lo recuerdo —dijo al fin—. Fue todo muy confuso…
El silencio se cerró sobre ellos como otra puerta de hierro.
Shuraz entrecerró los ojos y ladeó la cabeza. Parecía evaluar a un animal herido.
—A veces no sé si me hablas con medias verdades o con mentiras completas, y te lo advierto, Edoz, no me gusta ninguna de las dos. Espero que no hayas sido tú.
Guardó un segundo de silencio, luego relajó la voz. El ceño se le frunció, pero en su voz asomó un tono más bajo, casi perezoso.
—¿SinDi? —preguntó el comandante muy serio.
—SinDi de Sin Dios —murmuró Edoz.
Shuraz soltó una risa seca, negó con la cabeza y se giró hacia la salida mientras Edoz respiraba aliviado.
—Estás fatal.
Hubo un silencio denso. Fuera, el viento movió las ramas mientras golpeaba el carro. Edoz estiró los dedos hacia la daga, la sostuvo un instante y luego la envolvió en su tela para guardarla entre sus ropajes.
Shuraz asintió y dio dos golpes en uno de los portones.
—¡Abre! Voy a salir.
El hierro rechinó cuando la llave giró. La última cerradura cedió y el aire frío de la noche entró como un recordatorio de que el mundo, con todos sus peligros, seguía ahí fuera.
La puerta se cerró tras él con un golpe seco que dejó a Edoz sumido otra vez en su propia oscuridad.
Del otro lado, los cerrojos chasquearon uno tras otro.
Cuando Perin terminó, recogió la espada del suelo y se la entregó a Shuraz con ambas manos, torpe pero solemne, como quien regresa con un trofeo ganado en batalla. Para el guardia, aquella hoja no era solo acero oscuro: custodiar a Oscuria era casi un juramento.
—Gracias, guardián —dijo Shuraz.
Perin tragó saliva, sin saber qué contestar. Se cuadró, cerró los ojos y para cuando los abrió, Shuraz ya caminaba hacia el campamento de la guardia del Éxodo.
Durante una semana entera, Perin se sintió el hombre más afortunado del campamento.