Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Cenizas al viento
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Cenizas al viento

El claro olía a tierra húmeda. Jarben había clavado la pala en el suelo y tenía las manos ennegrecidas por la labor. Frente a él, el Sacerdote Mayor acariciaba nervioso el borde de su manto. Rayhem permanecía a un lado, con la mirada fija en el cuerpo cubierto, inmóvil bajo la tela ceremonial.

El Sacerdote Mayor era un hombre de barba blanca y rostro surcado de arrugas. Sus ojos grises veían más allá de las palabras. Su túnica azul y dorada olía a incienso. Siempre llevaba un bastón de madera tallada en las manos.

—En nuestra tierra —susurró el sacerdote— los muertos vuelven a la tierra que los vio nacer. Aquí, este suelo no le pertenece.

Jarben retiró la pala y la apoyó contra la rodilla.

—Podemos abrir una tumba profunda. Nadie vendrá a profanarla.

Rayhem sacudió la cabeza.

—No es eso. —Se acercó, y se agachó junto al cuerpo—. Si lo dejamos aquí, será un extraño para siempre. Sus huesos no conocerán el viento de Alonia.

El Sacerdote Mayor bajó la vista y sus labios se movieron.

—La tradición exige enterrarlo.

—La tradición exige paz para los muertos, no cadenas —replicó Rayhem mientras señalaba los preparativos de la pira—. Las cenizas viajan. El viento, guiado por Bel-Hur, sabrá llevarlo donde deba descansar.

Jarben apretó los labios. Miró el cuerpo. Miró las antorchas. Esperaba una señal.

—Quemarlo será más rápido.

Un silencio pesado se tendió entre ellos. Solo el crujido de las brasas de una hoguera lejana interrumpía la quietud. El Sacerdote Mayor cerró los ojos, respiró hondo y asintió.

—Sea. Que el fuego decida su camino.

El claro se abría entre los árboles como una herida oscura. Las antorchas clavadas en círculo iluminaban los rostros y encendían el brillo apagado de los ojos. En el centro, el cuerpo de Zarhel yacía bajo una tela ceremonial, con el bordado de oro apagado por el hollín del viaje.

Jarben se arrodilló junto a él. Sus manos, manchadas de tierra tras haber abierto una fosa que al final no iba a ocuparse. Agarró la pala con fuerza y miró al cuerpo de Zarhel.

Rayhem se adelantó y habló a los presentes.

—Zarhel fue más que un carcelero. Nos liberó de la Torre Roja la noche de la toma de Alonia, la misma noche que nos dejó Mushan.

El aire no respondió, solo el fuego, que al encender la pira crujió al devorar la resina.

Anara dio un paso al frente. Su piel pálida parecía absorber la luz de las antorchas.

—Él me protegió cuando me encerraron la primera vez en la Torre Roja. —La voz le tembló un momento—. De no ser por él, puede que ahora no estuviera aquí.

Con la respiración entrecortada, se retiró con la mirada baja.

Lyria observaba desde el borde del círculo. Ni una lágrima humedecía su rostro marcado por sendas cicatrices. Su mirada atravesó la multitud hasta clavarse en el Carro Rojo dónde se encontraba encerrado Edoz, y allí permaneció, fría, inmóvil.

Kalthis se sentó junto al fuego y posó los dedos en las cuerdas del laúd. Se adelantó y miró al círculo de rostros apagados.

—No le conocía mucho —dijo—, pero sé que hay silencios que merecen música, y Zarhel merece que el viento lleve su nombre más lejos que nuestras voces.

Sus manos se posaron sobre el instrumento como si temiera romper algo frágil.

—No tocaré para nosotros —añadió—, sino para que él escuche, allí donde esté, y sepa que no hemos olvidado su paso por este mundo.

La primera nota resonó como una gota en agua inmóvil.

El sonido se deslizó entre las carpas al atravesar el aire húmedo y se mezcló con el crujir de la hoguera.

Cada acorde parecía contener una despedida, y en algunos, una memoria que dolía.

El ritmo lento se quebraba por instantes; las cuerdas se negaban a dejarlo ir.

Cuando el último acorde se apagó, el silencio volvió, más pesado que antes.

El príncipe Belbarozh, rígido, mantenía la vista fija en la hoguera que devoraba el cuerpo con ansia y despedía un hedor difícil de describir.

El comandante Shuraz, detrás de él, parecía una estatua; a su lado, Brak lo vigilaba de reojo.

Más allá, el Profeta, envuelto en tinieblas, observaba cada gesto de los presentes; junto a él, los suyos, callados como piedras.

El Sacerdote Mayor apretaba entre las manos su bastón, mientras los sacerdotes de Bel-Hur oraban.

Nadie esperaba a los Sin Dios en el funeral, pero SinDi se presentó, quizá en nombre de los suyos. Se detuvo junto a Lyria.

—Se ha ido. Eso es todo. El camino sigue, incluso sin él —susurró la guerrera.

Lyria pareció no escucharlo, pero pensaba en sus palabras, que le sonaron a burla. Dio un paso al frente con la mano ya cerrada sobre la empuñadura. La daga de runas silbó y rasgó el aire antes de rozar la garganta de SinDi.

—No es el momento ni el lugar —dijo la guerrera petrificada, sin apartar la mirada—. Solo quería ser amable.

Lyria escupió al suelo, muy cerca de sus pies.

—Vuelve a tu agujero. Tus palabras no ayudan.

El murmullo de los presentes se apagó. Solo el crujir de la pira llenaba el silencio.

SinDi se retiró sin dar la espalda a Lyria, consciente de las miradas que la seguían. Antes de perderse entre la gente, rozó con la mano la madera fría del Carro Rojo, donde se encontraba Edoz.

El cuerpo de Zarhel era consumido por las llamas.

Antes había sido reconstruido, como un puzle forzado sobre la madera.

Las llamas lamían la tela ceremonial y devoraron poco a poco la carne y el cuero endurecido.

El olor a carne chamuscada se mezclaba con la resina de los leños, creando un repulsivo aroma penetrante.

La madera crujía y se partía bajo el calor, dejaba que las cenizas crecieran y giraran en torbellinos entre las sombras del claro.

Los presentes, con los rostros iluminados por el fuego, guardaban silencio absoluto mientras la pira consumía el cuerpo de Zarhel, transformado en ceniza que el aire empezaba a reclamar.

Desde la oscuridad, un jinete apareció al trote. La montura exhalaba vapor. El hombre desmontó con brusquedad, atravesó el círculo de antorchas y se inclinó ante el príncipe. Su rostro, marcado por el cansancio y el miedo, decía más que cualquier palabra. La música se detuvo en seco.

—Vengo de Tyrio… —susurró el emisario—. Traigo noticias… y no son buenas.