Otro amanecer
El sol asomó tímido por encima de las copas oscuras del Bosque Sagrado de Arresia.
Entre la bruma, las siluetas de las tiendas parecían ruinas a medio borrar.
El olor a carne ahumada se mezclaba con el de la cera de las lámparas apagadas.
El aire era espeso, y arrastraba consigo un silencio que nadie se atrevía a romper.
Un grupo de niños, envueltos en mantas que les colgaban hasta los tobillos, caminó hasta el riachuelo. El barro frío les mordía los pies.
El primero en agacharse fue un chiquillo flaco de orejas de soplillo. Sumergió las manos y las retiró de inmediato.
—Está helada.
—Calla —le respondió la niña a su lado y le devolvió las manos al agua—. Lávate o la guardia del Éxodo te hará volver.
—No me importa.
—Pues a mí sí. —Ella se enjuagó la cara de golpe, con un resoplido—. Está peor que ayer.
Un tercero, más pequeño, dejó que el agua le corriese entre los dedos y la miró absorto.
—Dicen que el bosque bebe del río —susurró—. Que se lleva todo lo que toca.
—¡Eso son cuentos! —bufó el primero, aunque apartó las manos.
El trinar de un pájaro en una rama cercana se silenció de repente, devorado por algo invisible. Los niños se asustaron y salieron corriendo.
De regreso, cruzaron por el pasillo central del campamento. El barro estaba incrustado en todas las ruedas de los carros y botas de los soldados. Hombres y mujeres cargaban carros de leña, doblaban mantas y afilaban cuchillas con piedra seca sin levantar la voz.
Uno de los niños miró hacia la tienda vacía de Zarhel. La lona colgaba cerrada, oscura. Dos soldados pasaron frente a ella y desviaron los ojos. Delante de la entrada, dos lanzas clavadas en el suelo sostenían una tela negra que ondeaba al viento.
—Ahí vivía el Señor de las ratas —murmuró uno de los pequeños, asustado.
—No mires —le cortó la niña—. Mamá dice que si nombras a los muertos, pueden volver.
El grupo apretó el paso y las mantas ondearon tras ellos como capas largas.
—Ni siquiera lo han enterrado aún y ya apartan la vista de su tienda —murmuró una anciana con las manos hundidas en una cesta de ropa mojada que tendía en un colgador.
Rayhem, con las botas cubiertas de barro y ojeras tan hondas que parecían sombras pintadas, se detuvo frente a ella.
El joven sacerdote vestía un hábito gris manchado de barro. Era alto y delgado, de ojos oscuros apagados y pelo negro corto. Lucía un semblante pálido y demacrado tras su paso por el tercer umbral.
Rayhem, que permanecía apartado, entre las tinieblas, observó el despertar del campamento.
El éxodo era el retorno del pueblo de Beluria guiado por el príncipe Belbarozh tras ser liberados por los jersas de la esclavitud alonia. Avanzaban hacia Nela-Shur, su antiguo hogar, sorteando toda clase de peligros.
Su oído captaba murmullos dispersos, voces sin dueño que se deslizaban entre la bruma.
—Sigues esperando a que Zarhel te hable, ¿verdad? —preguntó Jarben, el sepulturero, que se había acercado junto a su amigo el sacerdote sin hacer ruido.
Jarben, el joven albino de ojos rosados y mirada cortante, avanzaba encorvado por el cansancio. Su hábito oscuro y su piel frágil acentuaban la vulnerabilidad física que contrastaba con su agudeza mental.
Rayhem giró la cabeza despacio.
—Cuanto más lo deseo, menos los escucho —respondió Rayhem.
Jarben se apoyó en el borde de la tienda con un gesto cansado.
—La muerte de Zarhel no fue fortuita —murmuró Jarben al acercarse—. Alguien quiso silenciarlo.
Rayhem bajó la cansada mirada.
—Estaba tras la pista del asesino del éxodo cuando lo mataron. Puede que fuera el mismo.
—No lo creo —replicó Jarben—. Las muertes anteriores fueron calculadas: cuerpos expuestos para infundir terror o desangrados con precisión. A Zarhel, en cambio, lo destrozaron como lo haría una bestia.
Rayhem asintió despacio y guardó silencio.
—Has hecho lo que nadie esperaba, traer a Anara viva de aquel lugar es un milagro. —Jarben mantenía la vista baja; solo después se atrevió a mirar a Rayhem—. Deberías sentirte orgulloso.
Rayhem apretó los labios, negó y habló con la voz quebrada.
—No me siento así. En el tercer umbral dejé algo que nunca recuperaré. No sé si sigo siendo el mismo.
Jarben frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—¿A qué te refieres?
El sacerdote bajó la mirada y un destello de vergüenza se le escapó en los ojos.
—Suezoj me dijo que era mi abuelo. Mi abuelo de sangre.
El albino parpadeó, sorprendido.
—¿Suezoj? ¿El sumo sacerdote traidor? ¿Aquel al que nuestro dios Bel-Hur destruyó con sus propias manos?
Rayhem tragó saliva y agarró su hábito.
—No sé si creérmelo, quizá solo buscaba herirme.
Jarben se acercó y posó una mano firme sobre su hombro.
—Sea verdad o no, no estás solo. Ni en este umbral, ni en el siguiente. Todos nosotros te acompañamos y, gracias a ti, Anara también.
Rayhem rozó el medallón del sol de Bel-Hur que colgaba de su cuello.
—Echo de menos a mi abuela. Antes de todo esto, era mi ancla. Me enseñó a cuidar de los caballos, a escuchar sin juzgar, a encontrar calma en el caos…
—¿Y ahora? —preguntó Jarben.
—Ahora ya no está —una lágrima le venció—. Suezoj destruyó su espíritu. Me duele no haberla podido proteger.
Jarben lo sostuvo con ambas manos.
—La fuerza que Neela te dio sigue viva en ti. No dejes que Suezoj destruya también tu espíritu. Le venciste, hermano; quédate con eso.
Rayhem respiró hondo y asintió.
—Gracias. A veces siento que este camino me consume, necesito creer que aún queda luz más allá de la oscuridad.
—Queda mucha luz, y nosotros nos encargaremos de que brille.
Un viento frío agitó las telas y apagó una fogata cercana. En la distancia, entre susurros, la sombra de Zarhel se alargaba como una duda que nadie se atrevía a nombrar.
Perin caminó con los pies descalzos sobre la tierra embarrada y dejó con cuidado un ramo de flores secas junto a la entrada de la tienda de Anara.
Dos ancianas, agachadas junto a la lona, aprovecharon su gesto para colocar pequeños objetos a sus pies: un colgante roto, una jarra de barro y un trozo de pan envuelto en tela.
El guardián del Carro Rojo, Perin «Pies raudos», se ajustó el gorro de cuero, que llevaba calado hasta las cejas.
Sus pies curtidos por el tiempo rozaban la tierra desnuda con cada paso firme, aunque su lanza pendía en su mano con inseguridad, ya que aún no dominaba su uso.
Sin embargo, su pecho se hinchaba con orgullo por el puesto que había conseguido por azar. Él era el guardián del Carro Rojo.
El Carro Rojo era una prisión sobre ruedas, un carruaje blindado con placas y tirado por dos corceles negros. Los líderes del éxodo lo empleaban para castigar a quienes quebraban las leyes belurias.
Su aparición anunciaba un juicio inminente, dictado solo cuando el Consejo sellaba un destino irreversible.
Un murmullo cercano rompió el silencio.
—Dicen que Anara ya se ha despertado, ¿crees que resistirá? —preguntó una voz temblorosa.
Perin negó sin mirarlo.
—Tiene más fuerza de la que parece. Ella es la voz de Bel-Hur. Nos ayudará a seguir adelante —musitó Perin— ¡¿Otra vez estás aquí?!
Delgada y etérea, una figura apareció junto a él. Era un joven con el hábito raído que parecía flotar entre las sombras. Sus ojos, profundos y serenos, se clavaron en Perin.
—Siempre a tu lado, Pies raudos —respondió Narel con un leve eco que hizo vibrar el aire.
Perin esbozó una sonrisa cansada.
—No sé qué hacer con Edoz. Se ha encerrado él solo en el Carro Rojo. Nadie lo ha castigado —dijo preocupado—. ¿Por qué lo ha hecho?
—No tienes que hacer nada —respondió Narel con calma—. Tú solo guarda el carro. Ese es tu cometido.
—Eres sabio Narel, eres sabio —murmuró Perin mientras asentía—. Me gustan tus respuestas. No quiero que te vayas.
—Sabes que estoy aquí contigo, aunque nadie más me vea.
El guardián acarició la madera de su lanza. Buscaba fuerza en aquel espectro que solo él podía ver.
—Tienes razón. Soy el guardián del Carro Rojo. Y si Edoz, el agregado de comercio del embajador, quiere pasar una temporada encerrado, pues que así sea —aseveró con seguridad.
Narel asintió satisfecho.
El Carro Rojo estaba cerrado y solo se oía el lento crujido de la madera al contraerse con el frío. Sobre la puerta reforzada, una mancha oscura se negaba a secarse; el rocío no había logrado borrarla.
Kalthis pasó junto al carro con el laúd colgado a la espalda. Se detuvo un momento y lo observó.
—Te vas a pudrir ahí dentro —murmuró sin levantar mucho la voz. Sonó más a advertencia que a reproche.
La respuesta fue un silencio denso. Luego, una sombra se movió tras la rendija de la puerta.
Kalthis ladeó la cabeza y del interior le llegó una voz ronca:
—Hay cosas que huelen peor que la podredumbre.
El bardo soltó una breve risa.
—Eso me dice alguien que duerme en una celda con ruedas. —Ajustó el laúd sobre el hombro y miró el horizonte gris del bosque—. Hoy encenderemos la pira ¿vendrás?
Desde dentro sonó un golpe seco.
—Zarhel está muerto. No necesita que lo vea arder.
Kalthis bajó la mirada, incómodo.
—Los demás sí. —Su tono fue más suave—. Las llamas lo devolverán a Bel-Hur.
—¿Estás seguro? —susurró desde el interior—, espero que sea cierto.
El músico giró sobre los talones y se alejó.
El barro salpicó sus botas mientras descendía por el sendero hacia el claro.
A lo lejos, los preparativos para la pira funeraria de Zarhel se elevaban a lo alto mezclándose con la neblina del atardecer.
El sonido del laúd, colgado a su espalda, sonaba con cada paso.
Detrás, el Carro Rojo permaneció inmóvil.
Dentro, Edoz suspiró.
La noche se estiraba sobre el campamento como un manto pesado.
Las hogueras morían en brasas y las carpas, alineadas en hileras irregulares, respiraban el calor acumulado durante el día.
Entre los sonidos apagados de la guardia y el crujir de las cuerdas tensas por el viento, la guardiana se movía sin dejar huella.
Sus botas acariciaban la tierra húmeda. No había guardia que la viera ni perro que levantara la cabeza. Las sombras parecían apartarse a su paso, obedientes a una presencia que ya no pertenecía al mundo de los hombres.
Valcara se detuvo a unos pasos de la tienda más amplia, aquella que llevaba bordado el sol dorado de Bel-Hur. Para ella fue fácil esquivar a los guardias. La lona dejaba escapar una luz temblorosa, filtrada por la tela y en su interior, el silencio. Valcara apartó un pliegue y se asomó.
Anara dormía. La respiración pausada le alzaba el pecho en un ritmo hipnótico. Un mechón de su pelo le caía sobre la cara y el resplandor de una lámpara solitaria dibujaba sombras suaves en sus facciones.
Valcara estaba tensa. No la había visto despierta desde su regreso. Un paso bastaba para cruzar la distancia y hablarle.
—Pequeña luz, no sabes cuánto he caminado para llegar hasta ti. Si supieras cuánto te he echado de menos… Duerme, Anara. Mientras respires, todo irá bien. Ojalá pudiera quedarme, pero solo puedo cuidar de ti desde la sombra. Mi niña… mi amiga… mi razón para seguir.
Fuera, un guardia tosió. La Eterna giró la cabeza. El hombre ni siquiera levantó la vista de su lanza, ajeno a la intrusa.
La guardiana se esfumó tan rápido como había cruzado el umbral.