Despertar
La luz suave de la mañana se filtraba por el borde abierto de la entrada de la tienda. El aroma a hierbas medicinales flotaba en el aire, mezclado con el tenue murmullo del campamento que despertaba.
Anara abrió los ojos poco a poco. La tela del manto ceremonial rozaba sus brazos, y el peso familiar de la corona de laureles descansaba sobre su frente. Al incorporarse, el pelo le cayó sobre los hombros como un velo dorado a la luz. Frente a ella, sentado y callado, Rayhem la observaba.
—Has vuelto —dijo el sacerdote en voz baja.
—Gracias a ti —respondió ella, y lo abrazó con fuerza.
Una sonrisa cruzó los labios del sacerdote mientras le correspondía con un abrazo cálido.
—No solo a mí. Jarben estuvo aquí todo el tiempo, y hubo alguien más, un brujo de los Sin Dios.
Anara ladeó la cara.
—¿Un brujo?
—No sabemos ni su nombre. No quiere nada de nosotros, nunca lo ha querido, no me preguntes por qué, pero ayudó a salvarte.
El sacerdote apartó la mirada; un recuerdo que habría preferido enterrar volvió a él. Sus manos, aún temblorosas, descansaban sobre las rodillas.
—¿Qué me ha pasado? —La voz de Anara sonó más firme, aunque su respiración seguía siendo temblorosa.
Rayhem alzó los ojos.
—Caíste en un sueño cercano a la muerte y ese hubiera sido tu destino. Fui al tercer umbral, el mundo de los sueños, para traerte de vuelta con nosotros. Jarben y el brujo Sin Dios me mantuvieron atado a este mundo. Allí te encontré. Suezoj te tenía prisionera.
Anara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Lo recuerdo como en sueños —murmuró y bajó la mirada—. Me culpó de su muerte y me hizo mucho daño.
Rayhem inclinó la cabeza.
—Luché contra él. Jamás habría podido hacerlo solo. El brujo me ayudó con rituales que lo mantenían a raya mientras yo te buscaba. Jarben nunca se apartó de nuestro lado. Él fue quien ideó la forma de darte de comer y de beber mientras dormías durante tanto tiempo.
La suma sacerdotisa se levantó despacio. La capa blanca, bordada en dorado, cayó en pliegues que atrapaban la luz de la mañana.
—Gracias, Rayhem.
Lo abrazó de nuevo durante un largo rato y se secó las lágrimas.
Sus pasos la llevaron hasta la entrada de la tienda.
Fuera, decenas de rostros aguardaban: mujeres con cestas de flores, niños que sostenían telas tejidas, ancianos que alzaban sus manos temblorosas.
El murmullo se apagó en cuanto ella apareció.
Anara sonrió y les dio la luz de la esperanza.
—Os agradezco vuestro apoyo. Estoy en pie gracias a todos vosotros.
Una anciana avanzó despacio y depositó un brazalete de plata en sus manos; luego, un niño le tendió una rama con flores rojas. Anara sonrió a la anciana y tocó la cabeza del pequeño con suavidad.
Rayhem se quedó a un paso por detrás, observando.
Había visto a esa mujer al borde de la muerte, tan frágil.
Pero el pueblo belurio la adoraba, ella era no solo la voz de Bel-Hur, sino una descendiente del linaje de los Reyes de Nela-Shur, la antigua capital del extinto reino de Beluria, destino hacia el que se dirigían.
Anara emergió entre la multitud que aún no terminaba de dispersarse. La luz de la mañana arrancaba destellos en su pelo húmedo y el murmullo de voces se mezclaba con la expectación.
Shuraz la vio antes de que ella reparara en su presencia. Fijó sus ojos azules en Anara y caminó hacia la muchacha mientras apartaba sin esfuerzo a los que se interponían. Cuando quedó frente a ella, una sonrisa involuntaria le iluminó el rostro.
—Has vuelto entera.
Ella apenas logró pensar su respuesta antes de que él la rodeara con los brazos. El abrazo fue breve, la coraza del comandante solo admitía el calor necesario. Al separarse, Shuraz la miró a los ojos.
—Zarhel ha muerto.
El pulso de Anara se detuvo en seco. No encontró palabras, pero sus labios se entreabrieron vacíos de voz. Shuraz no añadió nada más, salvo un destello de rabia contenida.
—Quien lo hizo, hirió también a Edoz. Está bien, pero se ha recluido voluntariamente en el Carro Rojo. Se siente culpable por no haber podido hacer nada para salvar a Zarhel.
Sin esperar respuesta, el comandante giró, se perdió entre la gente y dejó a Anara llorar en silencio.
Detrás de ella, el príncipe Belbarozh apareció con paso decidido. Jarben, antiguo sepulturero en Alonia y actual consejero del embajador Rayhem, avanzaba junto a él, su túnica sencilla ondulaba con la brisa nocturna. Los ojos azules del futuro monarca de Nela-Shur se iluminaron al verla.
—Prima. —El tono cálido de su voz la envolvió justo antes de abrazarla—. Has vuelto.
Ella sintió la fuerza de sus brazos y al alzar los ojos vio un brillo de alivio en su cara.
—No dejaré que vuelvas a desaparecer de mi vista —murmuró—. Eres la suma sacerdotisa, mi enlace con nuestro dios Bel-Hur.
—¿Eso es lo único que soy para ti? —preguntó ella.
Ambos rieron a carcajadas.
Jarben, siempre a un paso detrás del príncipe, sonrió sin mostrar los dientes. Sus ojos rosados parecían estudiarla con la precisión de un escriba que revisaba un pergamino.
—Pareces más viva que cuando partiste —comentó, dejando ver el mechón violeta en su pelo blanco.
Anara no dudó en abrazarlo también. El hábito oscuro de Jarben olía muy bien, a hierbas medicinales.
—Rayhem me lo ha contado —susurró Anara al oído de Jarben mientras lo abrazaba—, no te has apartado de mi lado.
—¿Qué otra cosa podía hacer? —preguntó el sepulturero mientras sonreía.
A su alrededor, el campamento se agitaba con la buena nueva. Soldados de la guardia del Éxodo cruzaban de un lado a otro y cargaban antorchas, armas y mensajes.
Los ojos de Belbarozh se endurecieron al instante.
—Hay asuntos de los que debemos hablar, pero no aquí. En el Consejo. ¿Te sientes con fuerzas?
—Ahí estaré —asintió Anara, que sintió que se tejían algo más que simples reencuentros.
La luz moribunda de la tarde apenas lograba filtrarse entre las telas del pabellón vacío.
Lyria se arrodilló sobre una manta manchada de barro y sangre de su difunto amado.
Entre sus manos, el látigo de cuero jersa con la punta de metal aún conservaba fragmentos de piel reseca.
Lo enrolló y lo colocó con cuidado sobre la manta.
Su atención se fijó en la sortija ennegrecida, deformada por el fuego.
Se llevó la joya al rostro, cruzado por dos grandes cicatrices, y aspiró el olor a metal quemado. No parpadeó, aunque las lágrimas amenazaban con empañar su visión. La giró en sus dedos y trajo el momento en el que él se la regaló a la memoria.
—Era tan torpe… —susurró. Liberó las primeras lágrimas y la guardó bajo el guante, junto al calor de su piel.
—Un final indigno para un hombre como Zarhel. —La voz llegó desde la sombra, arrastrada, suave, demasiado cerca—. Merecía más que morir solo y desmembrado para ser devorado por las alimañas.
El Profeta de Kudram emergió de la penumbra. La tela negra de su túnica absorbía la luz, pero dejaba brillar el bordado plateado sobre su pecho, una estrella de ocho puntas y un ojo que parecía observarla. Sus ojos blancos no pestañeaban.
—¿Qué haces aquí? No recuerdo haberte invitado a entrar —dijo ella, que se secó las lágrimas con apuro.
—Disculpa, he sentido tu dolor y he querido venir a darte consuelo —respondió el Profeta con voz melosa.
—No necesito tu generosidad —espetó ella—. No lo conocías, ¿cómo sabías que estaba solo? —Lyria mantuvo la vista baja y comprobó el filo de su daga runada—. Murió aquí, rodeado de quienes habrían muerto por protegerlo.
—¿Y lo hicieron? —el Profeta ladeó la cabeza con un gesto casi felino—. ¿O tal vez lo entregaron a la muerte?
Ella no respondió. Sus dedos, inquietos, recorrían el borde de los guantes. El recuerdo del anillo en la mano muerta de Zarhel la golpeó con fuerza.
—Sé lo que es perder a alguien que te importa —continuó él con tono tierno—. Otros en este campamento no entenderían ese vacío. Yo sí.
Lyria levantó por fin la vista, solo para encontrar una sonrisa inquietante en aquella boca delgada.
—No busco consuelo.
—Ni yo ofrezco compasión. Solo… oportunidades —sus palabras se deslizaron como el aceite caliente—. Y la oportunidad, Lyria, siempre tiene un coste.
Ella aferró el látigo y tensó el cuero.
—No estoy en venta.
El Profeta dio un paso atrás, sin apartar los ojos de ella.
—Eso dicen todos. Hasta que la verdad les obliga a elegir.
El silencio se alargó más de la cuenta. Después, como quien deja caer una piedra en un pozo, añadió:
—Yo puedo ayudarte a encontrar al responsable de la muerte de Zarhel. —El Profeta ladeó la cabeza y estudió cada palabra y cada gesto—. Sé que buscas respuestas. El asesino está entre nosotros… y no actúa por oro.
Ella dejó el látigo sobre la manta con suavidad.
—¿Qué crees que busco? ¿Venganza? ¿La verdad?
Él esbozó una breve sonrisa.
—Lo uno lleva a lo otro. Y yo puedo darte ambas cosas.
De nuevo, el silencio. Fuera, un perro ladró y el viento hizo crujir la lona.
—Escucha bien, mujer —prosiguió el Profeta en voz baja—. Hay quienes quieren romper este éxodo desde dentro. Si me ayudas a encontrarlos, yo te pondré frente al asesino de Zarhel.
Lyria absorbió el peso de las palabras y ocultó cualquier reacción bajo la sombra de su sombrero de ala ancha.
—¿Y qué ganarías tú?
—Lo mismo que tú —susurró—. Que desaparezcan las piezas que sobran en el juego.
El Profeta se retiró un paso, y antes de salir, añadió:
—Piénsalo. No tienes nada que perder.
La cortina cayó tras él y dejó la tienda en penumbra. Lyria volvió a girar el anillo entre los dedos, esta vez con una sonrisa temblorosa. No sabía si creerle, pero deseaba que lo que decía fuera verdad.