Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5)
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Bajo la lluvia roja
La primera gota cayó sobre la lápida rota y resbaló hasta hundirse en la tierra abierta.
Edoz avanzó entre las tumbas, con el rostro cubierto por la capucha empapada mientras sus pasos se hundían en el barro.
La tormenta había devorado el cielo; solo quedaban destellos breves de relámpagos que arrancaban sombras en los muros del cementerio.
Se detuvo frente a una tumba abierta. El nombre grabado se había borrado, pero Edoz sabía de quién era.
El olor lo confirmó antes de que la tierra temblara.
Una mano ennegrecida emergió del foso, luego otra.
El cadáver de Mushan se alzó con los ojos llenos de un brillo malévolo. La lluvia se deslizaba por su piel podrida y caía en su pecho abierto, donde el corazón seguía latiendo sin ritmo.
Edoz retrocedió un paso y desenvainó sus dagas gemelas.
—No… tú no.
El viento le devolvió la voz deformada.
Mushan sonrió.
—No has enterrado a un hombre, Edoz. Has sepultado una deuda.
El explorador se movió con la misma gracia que tenía en vida. El arco apareció en sus manos, tensado con una cuerda húmeda que chirrió al soltarse. La flecha cruzó la lluvia y rozó el cuello de Edoz, arrancándole una hebra de su capa roja.
Edoz rodó sobre el barro y lanzó dos cuchillos al aire. El primero impactó en la mejilla del muerto; el segundo se perdió en la noche. Mushan arrancó la daga de su rostro, la tiró a un lado y escupió con un gruñido.
El relámpago iluminó el instante en que Edoz desató el retal gris y mostró a Ansia.
La hoja negra vibró, estaba viva. Un murmullo se coló en su oído.
—Has vuelto a mí… —susurró la daga—. Dame sangre, aunque esté muerta.
El filo absorbió la luz del entorno y el aire se volvió más denso. Edoz apretó los dientes y cargó hacia su difunto amigo.
Mushan lo esperaba. Bloqueó el golpe con el antebrazo muerto y lanzó un gancho que le hundió el costado. Edoz trató de zafarse, pero el cadáver no cedía.
El filo de Ansia chocó contra las costillas del muerto y un chillido agudo salió de la hoja, un sonido que no pertenecía a este mundo. Mushan sujetó la muñeca de Edoz, giró y torció la daga hasta que la arrancó de sus manos.
Edoz cayó de rodillas.
La lluvia lo cegó.
Cuando volvió a mirar hacia él, Mushan apuntaba con la hoja a su pecho.
—Esto —susurró con voz hueca— por Zarhel.
Ansia se clavó hasta la empuñadura y atravesó su corazón.
El acero bebió la dulce sangre de un asesino. El brillo oscuro del filo se tiñó de rojo; parecía latir y alimentarse. Edoz sintió el frío extenderse por sus venas. Su corazón dejó de latir y la visión se rompió en mil pedazos.
La lluvia dejó de sonar.
El cementerio se desvaneció.
Solo quedó la oscuridad y el eco de una respiración que no era la suya.
Una voz le habló dentro del vacío:
—Aún no puedes morir, Edoz. Debes sufrir más.
Y todo se volvió negro.
Oscuridad.
Un lejano goteo lento e irregular marcaba el paso del tiempo. Cada gota caía sobre metal caliente y el vapor que soltaba olía a hierro al rojo. Edoz abrió los ojos… o creyó hacerlo. La oscuridad era espesa, pegajosa y se movía con una inquietante voluntad propia.
De pronto, un chirrido y de la sombra surgió una puerta roja.
No tenía marco, ni pared, ni techo, solo madera húmeda que palpitaba como un órgano expuesto.
Al tocarla, el barniz se deshizo y tiñó su mano de sangre fresca.
Un aliento tibio escapó por la rendija del suelo, seguido de una voz rasgada que susurró su nombre: Edoz.
Entró, y el pasillo estaba cubierto de cadenas colgantes que tintineaban con un viento que no sabía de dónde venía.
Entre los eslabones había rostros conocidos que se balanceaban: eran prisioneros de la Torre Roja, hombres y mujeres sin lengua, que mostraban las cuencas donde alguna vez estuvieron sus ojos, lloraban lágrimas de sangre y todos se giraban a su paso.
—No olvides para quién trabajas —dijo uno de ellos.
Una ráfaga lo empujó hacia delante y el suelo cambió bajo sus pies: madera de barco, luego tierra mojada, después mosaicos de palacio y para acabar, piedra ensangrentada. A cada paso era una escena distinta.
SinDi estaba acostada a su lado, cubierta por completo de pétalos negros. Le sonreía con ternura… hasta que su rostro se rompió como la porcelana y apareció el filo de Ansia; la misteriosa daga negra flotaba sobre él. Goteaba un líquido oscuro que caía en su pecho y quemaba como el ácido.
—Tengo hambre, Edoz… —susurró la voz de la hoja—. Dame alimento.
De pronto, estaba en la tienda de Zarhel.
El carcelero respiraba con dificultad y sus ojos vidriosos buscaban ayuda.
Edoz sintió su propia mano cerrarse en torno a la empuñadura de Ansia y la hoja penetró bajo su clavícula sin resistencia alguna.
El grito de Zarhel se mezcló con el graznido de miles de cuervos que surgieron del techo y lo cubrieron todo, pero…
¿no ocurrió así? Él no lo mató conscientemente… ¿o sí?
Sopló el viento; la escena se desvaneció y ahora el aire olía a tumba abierta.
El negro de la tierra de la tumba de Mushan se volvió un océano ennegrecido.
Edoz flotaba en él, sin poder apenas respirar, mientras voces mezcladas repetían las mismas palabras: Rey jersa, príncipe belurio, espía, traidor, asesino.
Cada palabra se clavaba en su piel como un anzuelo, y los tirones le infligían un dolor insoportable.
Solía ser él quien causaba dolor, pero esta vez le tocaba sufrir el tormento.
Abrió la boca para gritar y el agua negra se transformó en el techo bajo del Carro Rojo.
Despertó empapado en sudor, con el eco un último susurro en su oído:
—Te despertarás… pero nunca podrás huir.
Edoz se incorporó de golpe con el pecho en llamas y la respiración entrecortada. El interior del carro olía a humedad y el sabor de la sangre seguía en sus labios. El sudor aún le corría por la espalda y dio gracias a Bel-Hur por haber despertado de la pesadilla.
Fuera, un golpe de viento dejó pasar el olor a pan recién hecho. Escuchó pasos apresurados y voces que se mezclaban con el relincho inquieto de los caballos.
Un murmullo se coló por una rendija: alguien discutía junto a la entrada del campamento.
Edoz se palpó para asegurarse de que Ansia seguía guardada y cuando se cercioró, se agachó junto a una pequeña grieta en la madera.
Fuera, la luz del amanecer teñía de cobre los bordes del Bosque Sagrado de Arresia y el humo de las hogueras apagadas se elevaba a lo alto.
En breve volverían a marchar, y Edoz sabía que su castigo no había terminado.