El niño del bosque
El bosque aún respiraba muerte.
El aire pesaba sobre los pulmones y el suelo, cubierto de ceniza húmeda, mostraba raíces abiertas que rezumaban savia oscura, como heridas mal cerradas.
Entre los troncos abatidos avanzaba un niño descalzo, con los pies manchados de barro y sangre seca.
Cojeaba. Una herida en la pierna empapaba la venda improvisada que intentaba contenerla.
Enen se detuvo ante un charco. En su superficie flotaba una mano verde amputada, los dedos curvados acabados en garras, aferrados a la nada. La empujó con la punta del pie y siguió adelante.
El humo avanzaba entre los árboles en velos espesos, mezclándose con los recuerdos de los cuerpos de su gente. Las Ratas de Edoz habían sido aniquiladas aquella noche, devoradas por el Hechicero Negro. Edoz también había caído. Su señor, su refugio, la única familia que había conocido.
Ahora solo quedaba él. Caminaba sin rumbo, con la mirada vacía y un trozo de tela gris apretado en el puño. Dentro descansaba algo que pesaba más de lo que debía.
Se arrodilló y deshizo el nudo.
La tela se abrió con un leve suspiro y emergió el filo de una daga corta, de reflejo oscuro, como agua quieta bajo la sombra. El metal vibró, apenas un pulso, y Enen retrocedió un paso.
Una voz reptó desde el acero y resonó dentro de su cabeza.
—¿Tienes hambre? Yo también.
El niño sintió un escalofrío subirle por la nuca. Miró alrededor, pero solo había árboles calcinados y pájaros muertos.
—No eres muy hablador —rio la voz—. Pero me escuchas. Eso basta.
Enen tragó saliva.
—No te tengo miedo —dijo el niño, confuso.
—No es mi intención. Úsame.
Algo se movió entre los arbustos: un zorro negro con el lomo chamuscado. El animal gruñó, famélico.
Enen no dudó, blandió la daga y el corte fue limpio. El filo se hundió hasta el hueso. La sangre brotó y el metal la bebió con un destello rojizo. El cuerpo del animal cayó sin un sonido.
El niño observó cómo el color se apagaba en el acero y cómo la sangre desaparecía, absorbida. El silencio que siguió le pesó más que el humo.
—¿Ya? —susurró.
—Por ahora. Pero volveré a tener sed.
Enen limpió el filo con la manga, lo envolvió de nuevo en la tela y apretó el nudo con fuerza. Respiró hondo y la voz se apagó.
—Me estoy volviendo loco —murmuró.
Llegó hasta un arroyo. Se miró en el agua. El reflejo le devolvió un rostro sucio, los ojos cansados bajo el pelo enmarañado. Sacó una piedra afilada del bolsillo y comenzó a cortarse el pelo. Los mechones cayeron a la corriente y arrastraron fragmentos de quien había sido.
Cuando terminó, se secó con el antebrazo, ajustó la cuerda del cinturón y echó a andar hacia el oeste, donde el humo se disipaba y las voces del éxodo se perdían entre los árboles.
Alcanzó la caravana de los Sin Dios cuando los primeros carros abandonaban la sombra del bosque. Se deslizó entre ellos sin llamar la atención. Todos estaban rapados como él. Nadie preguntó su nombre.
Tras él, el Bosque Sagrado guardó silencio. Las raíces se cerraron y ocultaron las huellas del último de las Ratas de Edoz.
El silencio se asentó sobre el claro cuando el humo empezó a disiparse. Durante un largo instante, nada se movió.
Desde lo alto, una sombra describió un círculo lento. Un ave carroñera descendió con cautela, sus alas negras cortaron el aire y sus garras tocaron tierra cerca del cuerpo de Edoz. Ladeó la cabeza, lo observó sin prisa y dio un salto hacia él.
El pico se acercó a su rostro inmóvil.
Entonces, un dedo de su mano sana tembló. Fue apenas un espasmo, casi nada, pero suficiente.
El ave se detuvo, retrocedió y volvió a inclinar la cabeza. Sin duda alguna medía aquel signo de vida que no encajaba con la quietud del campo. Emitió un graznido bajo, áspero… y se apartó.
No comía carne que aún respiraba.
Alzó el vuelo y desapareció entre las copas de los árboles.