BOLBORETA 50 #2
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50 #2

―Qué irónico. Me acusas de traición cuando eres tú quien ha tejido esta conspiración. Pensaste que no descubriría tu ridículo plan… Der Schattenzirkel (El Círculo de Sombras). Creíste que podías levantar un ejército sin que lo supiera. Y tu encapuchado, el del falso asalto… el que habló de más: «Manténgase al margen, señor Brauer. No buscamos problemas con usted».

Luna lo miró de reojo y en sus ojos asomó el recuerdo, como si la escena se estuviera repitiendo en su mente.

―Tu plan habría funcionado, si no fuera por un detalle que nunca viste venir: enamorarte.

Ella sollozó, vencida por el pánico.

―Fuiste tú quien me hizo así, padre. Sin emociones. Sin compasión. Pero ella rompió todo eso. Me devolvió algo que creía perdido. Me devolvió la vida.

―Entonces, voy a demostrarte lo fácil que es quitártela.

Los ojos de Luna se clavaron en los míos, desbordados de miedo.

―¡Corre! ―grité, y la detonación partió la lluvia.

La bala se incrustó en el hombro de mi padre y le arrancó un alarido, mientras el control sobre Luna se le deshacía entre los dedos. Ella se soltó y retrocedió hasta perderse en la oscuridad. Alcé el arma de nuevo, dispuesto a rematarlo, pero él reaccionó antes de que pudiera disparar.

Pum.

La bala me destrozó la pierna y me hizo caer de rodillas; joder, eso era lo de menos. Lo peor fue ver a Luna detenerse en su huida… y regresar hacia mí.

―Nein! Scheiße, nein! (¡No! ¡Joder, no!).

La lluvia estallaba contra el suelo, los charcos temblaban bajo sus pasos, y un relámpago la bañó de luz en el instante en que vi a mi padre apuntarle por la espalda. Ignoré el dolor y me lancé hacia ella, rodeándola, dispuesto a que la muerte me alcanzara antes de tocarla.

Pum.

El impacto en mi costado me sacudió el cuerpo. Me arqueé, con el sabor metálico subiéndome a la garganta. Aun así, no la solté; la mantuve contra mí con más fuerza. Porque si iba a caer… caería con ella.

―Niklaus… ―musitó cuando mis piernas cedieron y caí de espaldas al suelo. Tosí y escupí sangre sobre mi pecho, manchando la camisa. Se arrodilló junto a mí, protegiéndome. Intenté hablar, pero solo volví a toser más sangre.

―No… no… Niklaus, por favor… mírame… quédate conmigo…

Por un momento, acepté lo inevitable. Sí, aquel podía ser mi final. Y pensé que, si su rostro era lo último que vería, la vida ya me había dado más de lo que merecía. Nunca le pedí nada a Dios. Ni siquiera creí ser digno de su misericordia. Y, sin embargo, la tuvo conmigo, regalándome al ángel más precioso del cielo: mi mujer, mi esposa… mein Schmetterling. Pero incluso los milagros no estaban a salvo del infierno, y lo entendí cuando el diablo apareció tras ella.

Reuní el aire que me quedaba y murmuré:

―Está… cargada…

Frunció el ceño y observó la pistola en el suelo. Sus dedos temblaron al tocarla, y se le escurrió antes de lograr sujetarla con firmeza.

―¡Oh, vamos! ―exclamó mi padre, agitando su arma con burla―. Sé que no vas a disparar.

Me arrastré un poco y gruñí:

―No te acerques a ella.

Egbert ni siquiera me miró; mantenía la atención fija en Luna, imponiéndose sobre ella.

―¿Tienes unas últimas palabras?

Ella sostuvo su mirada sin mostrar miedo.

―Si algo me enseñó tu hijo… es que los monstruos no siempre destruyen. A veces protegen lo que más aman… y tú acabas de herir lo que más amo.

PUM.

Mi padre abrió los ojos de par en par y bajó la vista hacia el agujero en su pecho. Un hilo de sangre le resbaló por el labio y sus piernas se doblaron como ramas secas.

―Niklaus… ―sollozó Luna―. Levántate. Por favor… tenemos que volver a casa.

Quise obedecerla, incorporarme, tomarla entre mis brazos y alejarla de todo peligro, pero mis fuerzas se deshacían a cada latido. La muerte me rondaba de cerca, paciente, esperando su momento.

―Mein Schmetterling… no llores. No quiero que lo último que vea sea tu tristeza. Me rompería más que la propia muerte.

―No… no digas eso…

Rocé su mejilla con la mano, y la sangre que llevaba se mezcló con sus lágrimas y con la lluvia que caía sobre nosotros, fundiéndolo todo en una misma herida.

―Quédate conmigo. Por favor, Niklaus, no me dejes…

El mundo se desdibujó a mi alrededor, pero aún tenía que actuar. Con dedos torpes, busqué en el bolsillo hasta encontrar lo que necesitaba.

―No es… un adiós ―jadeé―. Es… volver a elegirte… ―Le deslicé el anillo en su dedo anular―. Siempre… tú. Siempre… mi mujer.

―No te perdonaré si te rindes. No te atrevas a abandonarme.

Sus labios rozaron los míos, a punto de besarnos, cuando una mano se posó sobre su hombro. Apreté los dientes, en alerta.

―¡Niklaus!

Gott (Dios)… era Luther.

Del bosque surgieron gritos y disparos dispersos. Él giró la cabeza, midiendo distancias y salidas, consciente de la delgada línea entre vivir y morir.

―Algunos de los hombres de Egbert consiguieron escapar. ―Tragó saliva―. Se acercan. Son demasiados. No puedo llevarte a ti y protegerla a ella al mismo tiempo… no sin que uno de los dos muera.

Luna me rodeó con los brazos y escondió el rostro en mi cuello sin soltarme.

―Recuerda… ―Tosí―. Lo que… me prometiste…

―Nik, bitte, verlang das nicht von mir (Nik, por favor, no me pidas eso).

―Sé… fiel… a mi mujer. Lo juraste…

Asintió, con los hombros encorvados bajo la responsabilidad de su juramento.

―Ich werde es tun (Lo haré).

Sus manos se cerraron en la cintura de Luna.

―¡No, Luther! ¡Suéltame!

Se aferró a mí con desesperación, hundiendo su peso en mi herida. Dolía más el golpe en el corazón que la bala en el costado.

―Schmetterling… ―susurré, con la garganta hecha un nudo―. Vete… salva tu vida… por favor.

―¡Non! ¡Non penso fuxir sen ti! (¡No! ¡No pienso huir sin ti!).

Luther tiró de mí, arrastrándonos por el barro. Mi camisa se desgarró mientras su agarre se deshacía, dedo a dedo… hasta que, sin poder evitarlo, le atrapé la mano y nuestros anillos chocaron.

Gott (Dios)… no quería dejarla ir, pero el destino lo decidió por nosotros. La sangre y el agua hicieron que nuestra piel resbalara, separándonos. Mi tatuaje de araña rozó su mariposa un instante… un contacto que aún gritaba que seguíamos unidos.

Extendió el brazo hacia mí, pero Luther la alzó sobre su hombro y se adentró en el bosque a toda prisa.

Quedé solo, con el frío arañándome la espalda y el cielo colapsándose en un gris amenazador. La visión me falló, pero los reconocí: mis hombres. Los que habían jurado lealtad a mi padre y ahora, por cobardía o codicia, me rodeaban armados.

Robert rompió el silencio. Mi chófer de confianza, mi aliado desde el principio… el primero en abandonarme cuando mi padre lo acorraló.

―Er lebt (Está vivo) ―dijo.

―Vorerst (De momento) ―respondió otro.

Cada uno de ellos barajó las posibilidades. Si yo moría, el imperio moriría conmigo. Die Spinnenmafia se quebraría hasta desaparecer. Pero si sobrevivía… seguiría siendo el heredero legítimo, el único capaz de reconstruir lo que mi padre había dejado en ruinas.

―Was machen wir? (¿Qué hacemos?) ―preguntó uno.

No podía moverme ni defenderme. Aun así, los miré fijamente, sin rastro de súplica ni miedo. Cubierto de sangre y dolor, seguía siendo el puto jefe. El Príncipe Oscuro de la Mafia Alemana.

―Si vais a matarme… hacedlo… de frente.

La expresión de Robert vaciló, y no fue el único. Lo vi en cada rostro. Tal vez recordaron algo demasiado incómodo como para ignorarlo: que fui yo quien los entrenó, quien los salvó de acabar bajo tierra cada vez que Egbert decidía qué peones debían morir.

―Sein Vater ist tot (Su padre está muerto) ―comentó Robert―. Und seine Frau ist geflohen (Y su esposa ha huido).

―Dann… ist alles zu Ende (Entonces… todo ha terminado) ―intervino otro.

―Nein (No) ―susurré―. Das hat gerade erst begonnen (Esto no ha hecho más que empezar).

Un relámpago rasgó el cielo, alargando sus sombras hasta mis pies, como si incluso ellas supieran quién seguía mandando.

Robert bajó el arma.

―Si sobrevive ―dijo en español―, tendrá nuestra lealtad. Pero si muere, iremos tras su esposa. Ella ocupará el trono. La nueva jefa.

Joder. Cualquiera de esas opciones me valía. Cualquiera. Demonios… sí. Ya no se trataba de mí. Se trataba de ella. De saber que, si mi corazón dejaba de latir, todos ellos la protegerían.

Sin embargo, los italianos que seguían en pie ya nos tenían acorralados.

―In Position! (¡En posición!) ―exclamó Robert.

El bosque estalló en fuego y acero.

PUM. PUM. PUM…

La guerra continuó, pero yo ya no formaba parte de ella. La oscuridad me envolvió con una calma extraña, alejándome del conflicto que mi padre había dejado como legado.

Sus ojos seguían abiertos, vacíos, congelados en el horror, clavados en los míos como una maldición. Me negué a llevarme eso conmigo. No él. No su imagen. Así que sonreí, cerré los párpados y la busqué a ella en mi mente. Mi mujer… mi esposa… hasta que todo se volvió negro.

―Mein Schmetterling…