51
Casi dos meses después…
La casa de piedra resistía frente al océano enfurecido con la misma terquedad con la que algunas heridas se negaban a cerrar. A Costa da Morte siempre había sido mi refugio, y ahora era el escenario de mi duelo. El lugar donde aprendía a respirar con un hueco en el pecho que llevaba el nombre de Niklaus.
El viento azotaba las ventanas, arrastrando sal y lluvia contra el cristal. El horizonte se oscureció hasta teñirse de un gris violáceo. La tormenta se acercaba.
La chimenea ardía sin calentar nada importante. Las voces llenaban el salón en murmullos bajos. Los hombres de Niklaus, los de Romero… ahora todos míos. Uno a uno se habían arrodillado ante mí, inclinando la cabeza mientras apoyaban la palma sobre la telaraña tatuada de su lealtad. Pero ya no era solo una red. En el centro de cada tatuaje latía una mariposa. La mía.
Romero desmontó y limpió su arma, como de costumbre.
―Niklaus no es fácil de matar. Y menos cuando tiene una razón para seguir respirando. ―Levantó la vista y me miró.
Me acerqué despacio, como si un solo movimiento brusco pudiera romper aquella frágil esperanza.
―No encontramos su cuerpo ―le recordé, no como jefa, sino como la esposa desesperada que se aferraba a la idea de que Niklaus seguía con vida.
Sonrió por primera vez en semanas y apoyó su mano sobre la mía.
―Entonces no está muerto.
Dustin gimió en sueños, acurrucado en el sofá junto a Tony, aferrado a una paz que el resto habíamos olvidado. Le acaricié el cabello y besé su frente. Quise retomar la conversación con Romero, pero Luther irrumpió, empapado, con el barro pegado a las botas. Cada paso dejaba una huella húmeda en el suelo y traía consigo el olor a tierra mojada. El bosque regresó de golpe: los disparos, la sangre hundiéndose en el lodo… ¡Deus! (¡Dios!).
―Habla ―le ordené.
Tragó saliva, antes de responder:
―Los exploradores han vuelto. Hay novedades.
Mi corazón se aceleró hasta retumbarme en los oídos.
―¿Lo habéis encontrado?
Sus ojos descendieron al suelo.
No.
Lo supe incluso antes de que negara con la cabeza.
―No encontramos cuerpo alguno, pero sí rastros: ramas partidas, sangre seca, casquillos vacíos… y zonas donde la vegetación fue arrancada de raíz.
Romero dejó el arma sobre la mesa con rabia.
―¿Italianos?
Luther se encogió de hombros. Sin embargo, la duda seguía pegada a su expresión.
―Es la opción más probable… o alguien con demasiadas razones para que Niklaus no vuelva a aparecer.
Cerré los ojos, intentando estabilizar la respiración. Al abrirlos, las lágrimas no cayeron, pero tampoco hubo alivio.
―Si sigue vivo, me encontrará. Si está muerto, lo vengaré. Y si alguien se atreve a ocupar su lugar, aprenderá por qué me eligió.
Luther y Romero asintieron, orgullosos. Me di la vuelta y salí.
Oí pasos detrás; varios de mis hombres me siguieron, pero Luther fue el primero en alcanzarme.
―Voy contigo.
―No. Necesito estar sola.
Sentí su duda sin necesidad de mirarlo, ese instinto suyo, siempre alerta cuando se trataba de mi seguridad. Al final, cedió.
―Grita si estás en peligro.
El viento rugía entre los árboles, sacudiendo las copas con violencia y arrancando hojas que giraban a mi alrededor. A Costa da Morte nunca fue un lugar amable, pero sí honesto. Aquí, la naturaleza no fingía ni suavizaba sus golpes… igual que la vida.
Una mariposa roja emergió de la niebla, diminuta, luchando contra el aire furioso, sosteniéndose en cada aleteo. No huía de la tormenta; la atravesaba, obstinada, como si el mundo no pudiera decidir por ella.
Me llevé la mano al vientre, cerrándolo en un gesto protector. Mi secreto… mi milagro.
La mariposa descansó en mi dedo anular, justo en el anillo.
El aire cambió a mi espalda. Sentí una presencia antes incluso de que me rozara, y la piel se me erizó. Una mano surgió junto a la mía: grande, firme, marcada con el tatuaje de una araña. Contuve la respiración mientras atrapaba a la pequeña criatura entre sus dedos… pero no la aplastó. La protegió del viento. Luego abrió el puño con lentitud, y la mariposa salió volando, ilesa.
Me quedé inmóvil, incapaz de reaccionar, cuando me acarició el cuello y el borde del escote. Un temblor me recorrió… y no precisamente de miedo, mientras sus yemas pasaban por mi anillo y seguían hasta mi muñeca. El entorno se desvaneció cuando su cabello azabache cayó hacia delante, ocultándole el rostro al inclinarse. Me giré bruscamente cuando sus labios tocaron mi tatuaje.
―Niklaus…
Su cuerpo y su rostro estaban surcados de cicatrices. Aun así, no lo habían vencido. Ya no era el mismo que recordaba… era algo distinto, más peligroso, más afilado. Pero estaba vivo. Y eso lo eclipsaba todo.
Lo miré fijamente, intentando convencerme de que era real, de que no desaparecería al parpadear. Detrás de él, camuflados entre los árboles, fueron apareciendo sus hombres. Los mismos que lo abandonaron en su momento más débil… ahora lo cubrían desde la retaguardia.
Sonrió de medio lado, con esa arrogancia inconfundible. Tan él. Tan Niklaus.
―Te lo dije, Schmetterling… ni la muerte puede separarme de ti.
―Niklaus…
Tomé su mano y la apoyé sobre mi barriga. Aún no había nada que lo evidenciara… pero su ceño se tensó, como si ya lo hubiera entendido.
―Luna… dime que no estoy soñando.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla.
―Es nuestro… nuestro bebé.
―Gott (Dios)…
La mariposa regresó, posándose sobre la araña.
―En este mundo… y en todos los que puedan existir… siempre regresaré a ti, Schmetterling.
Su mano rodeó mi cuello, inclinándome hacia atrás.
―Eres mía ―susurró, muy cerca de mis labios―. Siempre lo fuiste… y siempre lo serás.
La mariposa alzó el vuelo. Sus alas nos rozaron el rostro con una suavidad efímera, como un suspiro.
«Usa sempre as túas ás para evitar as arañeiras que se crucen no teu camiño
(Usa siempre tus alas para evitar las telarañas que se crucen en tu camino)».
Toda mi vida creí que debía huir de las telarañas. Evitarlas. Temerlas. Y, sin embargo… elegí una de oro y sangre, la más brillante, la más peligrosa… y, aun así, la única en la que me sentía protegida, como si cada hilo no estuviera hecho para herirme, sino para devorarme… y amarme.
―Ich gehöre dir, meine Spinne (Soy tuya, mi araña) ―dije, con un acento alemán torpe que me hizo reír por dentro; él, en cambio, respondió con una sonrisa orgullosa.
Sus labios se unieron a los míos con una necesidad que me dejó sin aliento, mientras mis manos buscaban su nuca y sus brazos me estrechaban contra él.
Su pulgar descendió lentamente, rozó mi anillo y se detuvo sobre la mariposa de mi muñeca, sujetándola con una suavidad posesiva.
―Mein Schmetterling…