BOLBORETA 50
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Mi aliento se transformó en una nube blanca que la noche engulló. La lluvia golpeaba sin descanso y el frío se colaba por mi abrigo hasta calarme los huesos… pero frente a mí me aguardaba algo aún más aterrador, mucho peor que el propio clima.

La cabaña se alzaba firme, inmóvil desde la primera vez que crucé su umbral: la primera vez que maté sin piedad. Allí dejé de ser un niño y me convertí en la pieza que mi padre necesitaba para su juego de poder.

Clavé la mirada en las ventanas. Ni un destello, ni un movimiento… solo un silencio cargado de peligro, una trampa en espera. Un sutil temblor tras la cortina me hizo reaccionar. Desenfundé el arma y apunté. Podría haber disparado, pero bajé el cañón y escupí al suelo con desprecio.

―He venido a recuperar a mi mujer ―rugí―. Devolvédmela y quizá salgáis de aquí con todas las extremidades intactas.

Los cuervos respondieron con graznidos agudos y lejanos. Se arremolinaron en las copas de los árboles, susurrando muerte con cada aleteo.

―Alessandro, sé que estás ahí. No me hagas perder el tiempo… ni la poca paciencia que me queda. Puedes esconderte todo lo que quieras. Esto ya está decidido. Y no te va a gustar cómo termina.

Di un paso adelante y el barro se adhirió a mis botas. La puerta seguía cerrada, desafiándome.

―¡Sal de una puta vez! Porque si me obligas a entrar, dispararé primero y haré preguntas después.

El chasquido de una rama rota se oyó detrás de mí.

―Llegáis tarde ―murmuré, apenas un hilo de voz perdido entre el aguacero.

Los hombres de Romero se desplegaron por el bosque, ocupando posiciones. Todo seguía el plan que había trazado en mi cabeza. Conocía aquel lugar al detalle: los desniveles, las rocas que servían de cobertura y los senderos estrechos por los que podía desaparecer sin dejar rastro.

Saqué un cigarrillo del bolsillo y me lo llevé a los labios. Encendí el mechero bajo la tormenta; la llama tembló, a punto de extinguirse, pero resistió lo justo para prenderlo. Di una calada profunda.

―Es tu última oportunidad. Saca a mi mujer por esa puerta… ilesa.

No hubo respuesta.

―Está bien… si tengo que quemar el puto mundo entero para traerla de vuelta, lo haré. No quedará ni una ceniza.

El cigarro cayó al barro como si el tiempo se hubiera ralentizado para verlo morir. La lluvia intentó apagarlo… pero la gasolina ya lo esperaba. Un rastro invisible, trazado por Luther tras infiltrarse en el círculo de mi padre horas antes. La chispa fue solo la señal. El fuego rugió como una bestia liberada, lamiendo la madera de la cabaña y devorando el aire hasta teñir la noche de naranja.

El calor me abrasó la cara mientras el bosque estallaba en violencia. Los guardias de mi padre y los de Alessandro surgieron entre el humo, lanzando órdenes en alemán e italiano que se perdían en el estruendo de los disparos. Los fogonazos rasgaban la oscuridad; las balas silbaban a centímetros de mí. A mi espalda, emergieron figuras encapuchadas con los rostros ocultos tras las mismas máscaras del asalto a la mansión.

Romero no había fallado. La Mafia Española y la Alemana estaban alineadas como piezas de un mismo engranaje. Der Schattenzirkel (El Círculo de Sombras) era el núcleo de todo: atacar la mansión, fingir el secuestro de Dustin y Luna, y desmantelar el imperio de Egbert desde dentro, arrancándole aliados, financiación y reputación. Era una ejecución impecable… hasta que el cabrón de mi padre decidió adelantarse y Alessandro movió ficha sin avisar, rompiendo el equilibrio del tablero.

La mandíbula se me tensó mientras el fuego seguía consumiendo el tejado, tragándose la estructura. Avancé con cautela. Un destello metálico a mi derecha me obligó a detenerme. Giré apenas la cabeza. Uno de los perros de Egbert estaba allí, apuntándome, con el dedo ya sobre el gatillo. Nuestros ojos se encontraron. Supe el instante exacto en que iba a disparar. No llegó a hacerlo. Un fogonazo lo alcanzó y cayó al barro antes de entender que ya estaba muerto.

Detrás de él apareció Luther, con la pistola aún humeante. Asintió una sola vez y se lanzó hacia el frente. A su alrededor, los hombres de Romero se abrían paso sin tregua, disparando mientras cerraban el cerco sobre el enemigo.

Uno de los españoles se acercó con el rifle colgado del hombro y los prismáticos golpeándole el pecho mientras corría. No me detuve y seguí avanzando hacia la cabaña, que ya mostraba signos evidentes de colapso.

―Perímetro limpio. Salida trasera todavía bloqueada.

―¿Y dentro? ―inquirí.

―Presencia confirmada. Hay gente.

Mis ojos se clavaron en la entrada principal, ennegrecida por el humo.

―Mi mujer está ahí…

―Entramos contigo.

―No. Cubridme desde fuera.

Las balas me rozaron la piel, pero no me importó lo más mínimo.

―Luna ―susurré―. Aguanta.

Me tapé el rostro con el antebrazo, protegiéndome del calor. Di una patada a la puerta y esta cedió. Entré con el arma alzada. Dentro, el humo lo cubría todo. Aun así, distinguí la silueta de Alessandro en el sillón de mi padre. El sudor le caía por las sienes; las manos le temblaban mientras intentaba encender un puro. Las llamas del exterior se reflejaban en sus pupilas, dejando ver un miedo crudo, imposible de ocultar.

―Niklaus, amico mio. Parliamo con calma, va bene? (Niklaus, amigo mío. Hablemos con calma, ¿de acuerdo?). Esto no tiene por qué acabar así. Tú y yo no somos tan distintos como crees.

Lo encañoné.

―Ascoltami! (¡Escúchame!). Tu padre te ha usado toda la vida. Yo solo he intentado equilibrar el juego. Inoltre (Además), si me matas ahora, nunca sabrás dónde está tu mujer.

Debí haberme aferrado a esa última frase. Debí dejarlo terminar. Pero en el momento en que dijo «tu mujer», algo se rompió dentro de mí. Disparé, y la bala le atravesó la frente, apagando sus palabras. Su cuerpo cayó hacia atrás, golpeando el sofá, mientras el puro rodaba por el suelo.

―Scheiße! Ich bin ein verdammter Idiot! (¡Mierda! ¡Soy un maldito idiota!).

Tac, tac…

El sonido me confundió. No era la madera cediendo. Eran pasos.

Krrrk…

Las bisagras se quejaron. Corrí a la cocina y vi la puerta balanceándose. De un manotazo aparté la cortina chamuscada y los vi: mi padre huyendo con Luna arrastrada a la fuerza, una mano sobre su boca ahogando cualquier grito. A cada lado, dos guardias los escoltaban, listos para intervenir.

La tormenta se desató en su forma más salvaje cuando salí. Las gotas caían como metralla, evaporándose al contacto con el incendio. Un relámpago rasgó la noche y, en ese destello, los vi descender por la ladera.

―Da bist du, Hurensohn (Ahí estás, hijo de puta) ―murmuré, la furia quemándome la sangre.

Avancé por el lodazal, con el barro sepultando mis botas hasta los tobillos. Intenté mantenerme oculto, acercándome lo suficiente para sorprenderlos. Pero otro relámpago cruzó el cielo y reveló todo a su paso: su escondite… y el mío.

―Tötet diesen Hurensohn! (¡Matad a ese hijo de puta!) ―ordenó mi padre sin detenerse.

Me arrojé tras un tronco grueso mientras las balas lo desgarraban y las astillas me laceraban la mejilla. Tomé aire, contando en silencio: tres, dos, uno… Rodé entre los arbustos y el barro me cubrió, adhiriéndose a mi ropa y camuflándome en la oscuridad. Uno de ellos vaciló, perdido en mi búsqueda. Aproveché el instante y disparé.

Pum.

Su cuerpo desapareció en el fango, sin vida.

«Uno menos», pensé, sin tiempo para celebrarlo. Su compañero se abalanzó sobre mí; el destello del cuchillo me desorientó antes de verlo dirigirse a mi garganta. Alcé ambos brazos y atrapé su muñeca en el último segundo.

―Ich werde dich aufschneiden! (¡Te voy a abrir en canal!) ―vociferó.

―Mach es… wenn du kannst (Hazlo… si puedes).

Lo empujé y rodamos por el suelo. Su codo me golpeó de lleno en la boca y el cuchillo volvió a mi alcance. Giré y desvié el filo, pero aun así logró cortarme la oreja.

A tientas, busqué en el barro hasta encontrar una piedra. La alcé y la estrellé contra su rostro, dejándolo irreconocible; su respiración se extinguió por completo.

Siseé de dolor al incorporarme, pero seguí adelante sin frenar, saltando el terreno mientras las ramas me azotaban y me abrían más heridas. Un claro enorme se abrió ante mí, expuesto bajo la lluvia sin el refugio de los árboles. En el centro estaba Egbert, sujetando a Luna por el cuello y apuntándole a la sien con una pistola.

Scheiße, Scheiße (Joder, joder)…

Levanté el arma y lo encañoné.

―Suéltala. Esto es entre tú y yo.

―¿Que la suelte? ¿A esta pequeña zorra inútil? ―bufó―. Hijo, eres bueno con los negocios… pero siempre has sido un idiota cuando se trata del corazón.

―No la llames así.

―Mírate, estás a un paso de arrodillarte por ella.

―Estoy a un paso de volarte la cabeza por ella.

La lluvia arreció hasta volverse casi sólida.

―Baja el arma, Niklaus.

―Si lo hago, nos matarás a los dos. Te conozco mejor que nadie. Llevas años queriendo verme muerto. Y eso solo confirma una cosa. ―Elevé la barbilla, mirándolo con la misma frialdad con la que él me había criado―. Me tienes miedo.

Sus dedos se cerraron con más firmeza alrededor del cuello de Luna.

―¿Miedo? ¿A ti? ¿El hijo que nunca estuvo a mi altura? ¿El que renunció a un imperio por una mujer?

―Una mujer que vale más que tú.

Sus ojos se encendieron y la rabia empezó a romper su control.

―Siempre fuiste un estorbo. Un error que debí corregir a tiempo… igual que lo hice con tu madre.

―Halt den Mund! (¡Cállate!).

―¿Te duele? Bien. El dolor enseña, y el poder siempre exige sacrificios. Tu madre fue uno. ―Se inclinó hacia Luna―. Y tu putita será la siguiente.

―Egbert ―gruñí.

―Tira el arma. Es tu única oportunidad de que ella muera rápido. Si no, lo haré despacio, y vas a verlo todo.

―Du bist ein verdammter Verräter! (¡Eres un maldito traidor!).

Carcajeó.