BOLBORETA 49
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Había perdido la noción del tiempo. El reloj en la pared permanecía inmóvil, como un minuto suspendido que se burlaba de nosotros. Afuera, el viento azotaba la cabaña con furia, colándose por cada rendija. Estábamos aislados, a kilómetros de donde estaba Niklaus.

Alessandro se reclinó en el sillón frente a la chimenea, como un rey aguardando su corte, con las piernas cruzadas, un puro encendido entre los dedos y un vaso de whisky.

―Pensé que tomarías la iniciativa ―dijo, sin apartar la vista del fuego―. Las mujeres como tú suelen suplicar antes de que uno tenga que exigirlo.

Apreté los puños.

―¿No has aprendido la lección? Niklaus acabará contigo… y yo presenciaré tu caída.

Apagó el puro contra un cenicero con forma de serpiente. Sus ojos descendieron hasta mi dedo despojado del anillo y sonrió con un dejo de victoria.

―He aprendido algo muy valioso… ―Se levantó, cruzando las manos tras la espalda―. Romper a un hombre no requiere balas. Basta con arrancarle aquello que guarda en el alma: lo que más ama.

Se detuvo a mi lado, tan cerca que el calor de su cuerpo resultaba casi sofocante junto a la chimenea. Intentó rozar mi mejilla hinchada, pero mi instinto me hizo girar la cabeza antes de que pudiera tocarme.

―Eres la razón por la que este juego existe, farfalla (mariposa).

Estuve a punto de preguntar qué demonios querían decir esas palabras, pero un ruido rompió el momento: ruedas mordiendo la grava, motores cayendo en silencio uno tras otro…

―¡Ah, por fin! ―Su voz destilaba ironía mientras rotaba el vaso y bebía un trago―. Ya me estaba aburriendo de esta espera inútil.

La puerta se abrió de golpe y un viento helado irrumpió en la sala como un presagio. Tras él, entró el grupo: botas retumbando sobre la madera, rifles automáticos brillando bajo la luz, escopetas y pistolas listas para disparar. Entonces apareció él: Egbert Brauer.

Mis piernas flaquearon y me apoyé en una silla para no caer, mientras Alessandro alzaba el vaso.

―¡Llegas justo a tiempo para el espectáculo, amico mio (amigo mío)!

Meu Deus (Dios mío). Todo cobró sentido:

«Eres la razón por la que este juego existe».

Yo no era el objetivo, nunca lo había sido. Era el cebo perfecto para atraer a Niklaus hacia una trampa de la que no podría escapar.

―Has estado impresionante, Luna ―dijo Egbert―. Llorar, suplicar… romperle el corazón al idiota de mi hijo. Ni la mejor actriz habría conseguido algo así. Lo has guiado exactamente donde yo quería: al nido de serpientes.

Alessandro dejó el vaso sobre la mesa y se desabrochó la camisa. La luz del fuego lamió su torso, dejando al descubierto un tatuaje: una serpiente negra enroscada en sus costillas. Esbozó una sonrisa y se enfundó un jersey antes de colocarse, encima, el chaleco antibalas.

―Es tu propio hijo ―musité―. ¿Cómo puedes hacerle esto? Nunca te traicionó… ni siquiera cuando Alessandro intentó quebrar su lealtad.

Egbert soltó una carcajada áspera, llena de maldad.

―Querida, yo no voy a tocarlo. ¿Qué clase de líder sería si mis hombres supieran que he traicionado a mi propio hijo? ―Posó la mano en el hombro de Alessandro―. Para eso tengo socios.

Alessandro amplió su sonrisa.

―Siempre he querido un padre como tú.

―Y tú eres el hijo que siempre he merecido tener.

Una arcada me subió por la garganta mientras un haz de luz se abría paso en la oscuridad del bosque. Entre los árboles, un coche avanzaba, crujiendo la grava a su paso.

Los hombres de Egbert se dispersaron con rapidez, deslizándose entre rocas, troncos y laderas. Al menos cincuenta soldados armados permanecían ocultos, listos para abalanzarse sobre cualquiera que se atreviera a acercarse.

Intenté aprovechar la distracción para escapar, pero una mano se cerró con fuerza en mi cintura. Mi espalda chocó contra el pecho de Egbert y su guante me cubrió la boca, ahogando cualquier protesta.

―Ni lo sueñes ―susurró en mi oído.

Parpadeé, sobresaltada, cuando sentí el frío del metal de su pistola presionando mi costado.

El coche frenó frente a la cabaña. Los faros se apagaron y el motor enmudeció. Egbert me empujó hacia la ventana del salón, obligándome a mantener la mirada fija.

Entre la niebla y la penumbra apareció Niklaus, solo, sin guardaespaldas, con una determinación brutal.

Detrás de mí, Egbert murmuró:

―Disfrútalo, porque esta será la última vez que lo veas con vida.