47
El comedor estaba sumido en silencio. Ni empleados ni pasos que rompieran la quietud de los pasillos. Mi padre los había despedido a todos… menos a ella.
«Hurensohn (Hijo de puta)», pensé en mis adentros.
Me obligué a mirar al frente, pero mis ojos se negaron a seguir mi voluntad y se posaron en la cabecera. Allí, Egbert Brauer permanecía sentado, con la espalda recta y los dedos entrelazados sobre la mesa. Mis nudillos crujieron al apretar el cuchillo y el filo arañó el mantel.
Debía controlarme. Ese impulso oscuro que me gritaba que lo asesinara me recorría como una descarga. Si lo hacía, él moriría sin piedad y yo pagaría con creces ante sus hombres. Desvié la mirada hacia el otro extremo de la mesa donde Alessandro Vanetto levantó la copa y habló:
―Querido Egbert, gracias por tu hospitalidad al recibirme en tu casa.
―Un aliado digno siempre merece respeto ―contestó él.
Fingí cortesía alzando mi bebida. Mi hermano no se inmutó. Sus hombros caídos y su semblante tenso, fijo en la puerta de la cocina, revelaban su temor… el mismo que yo sentía. Luna corría peligro.
―Brindo por esta nueva etapa ―anunció mi padre―. Por los acuerdos que consolidarán nuestros imperios y erradicarán cualquier señal de debilidad.
―¡Brillante discurso! ―intervino Alessandro.
Continué apretando el cuchillo mientras ellos discutían cifras, territorios y ganancias millonarias. Pero mi mente estaba atrapada en la puerta de la cocina, en la espera de ese instante en que pudiera encontrarme con ella.
Mi padre giró el rostro hacia mí, como un tiburón viejo olfateando la sangre.
―Mis disculpas, Alessandro. Mi criada aún necesita recordatorios sobre la puntualidad.
«Criada». Cada sílaba se me incrustó en el pecho.
―Y eso ―añadió―, requiere disciplina.
Alessandro carcajeó.
―Siempre he admirado tu mano firme, Egbert. Controlar a los tuyos antes de pretender gobernar cualquier otro país. Eso sí es liderazgo.
Estuve a punto de clavarles el cuchillo, de destruir cada estrategia del plan, cuando la puerta de la cocina se abrió.
Luna entró cabizbaja, sosteniendo una bandeja demasiado pesada para sus hombros extenuados. El maquillaje no lograba ocultar los moretones de su rostro. La falda se le movía con cada paso tembloroso y sus brazos vibraban con el esfuerzo, hasta que dejó la comida sobre la mesa.
―Parece que alguien, contra todas mis advertencias, todavía no ha aprendido su lugar en esta casa ―susurró mi padre.
Ella entrelazó las manos frente al delantal.
―Espero que hayas aprendido la lección de anoche ―dijo, girando el anillo en su dedo meñique―. No repetiré correcciones delante de mi invitado. Sería humillante.
Asintió e hizo una reverencia.
―Perdóneme, señor Brauer.
Alessandro la escrutó de arriba abajo, con un interés que resultaba incómodo.
Scheiße! (¡Joder!).
Quería que sintiera el filo del cuchillo en los ojos por haberla mirado así. Mi mujer… mi esposa.
Mientras yo hervía por dentro, mi padre continuó con su discurso:
―La operación con los franceses será la más lucrativa del año. Con tus influencias en Italia y mis rutas, el mercado europeo será nuestro. No habrá competidor que sobreviva. Ah, por cierto… en cuanto a la negociación de…
Todo se volvió ruido de fondo. Esa maldita víbora italiana no tenía derecho a observar a mi esposa; tocarla con la mirada era un acto de guerra.
―Disculpa la interrupción, Egbert. Creí que esta cena era para celebrar nuestra victoria. Al fin y al cabo, los negocios siempre pueden esperar… Non pensi lo stesso, amico mio? (¿No opinas lo mismo, amigo mío?).
Mi padre se recostó en la silla, evaluándolo.
―Tienes razón. Sirve más vino, criada. Y no te retrases.
Luna tomó la botella con manos que apenas obedecían. Su imagen me quemó la memoria de nuestro primer encuentro.
―¿Lo ves, Alessandro? ―se jactó mi padre, exhibiéndola como un trofeo recién cazado en cuanto ella terminó de servirle el vino―. Disciplina, lealtad, obediencia.
―Sí, lo veo ―susurró con un tono cargado de intención―. Casi da la impresión de que encajaría en cualquier… circunstancia.
Mis uñas se hundieron en la madera mientras el pulso me martilleaba los oídos, a punto de estallar.
Egbert chasqueó los dedos:
―Ve a servir al invitado.
Luna avanzó unos pasos y él se inclinó sobre la mesa con el codo apoyado, reduciendo la distancia entre ambos.
―Ma bella (Mi hermosa), es triste ver cómo un rostro tan perfecto lleva tantas cicatrices. Podría curártelas.
Ella continuó vertiendo el vino y yo, con un filo en la voz, advertí:
―Más te vale medir tus palabras, Vanetto.
―Rilassati (Relájate), Niklaus. Francamente, creo que tu padre se ha excedido.
Egbert bebió un sorbo, antes de contestar:
―No fui yo. Fue mi hijo pequeño.
―Lo siento… ―gimió Dustin.
Luna, distraída, dejó caer la botella. El vino se derramó sobre la seda blanca del traje de Alessandro, como un chorro de sangre fresca.
―¡Inútil! ―bramó Egbert.
Dio un respingo, encogida, esperando el castigo. Sin embargo, Alessandro alzó la mano, deteniendo la bofetada.
―Tranquilo, los accidentes pasan. Especialmente cuando se trabaja bajo presión. ―La tomó por la muñeca y la atrajo hacia él―. Non preoccuparti, mia dolce farfalla (No te preocupes, mi dulce mariposa) ―murmuró, acariciándole el tatuaje―. Necesito una sirvienta. Berlín es demasiado frío.
―¿Ah, sí? ―Mi padre sonrió―. Justo hoy despedí a todo mi personal, mujeres muy discretas. Puedo pasarte sus contactos.
―Creo que no me has entendido, amico mio (amigo mío). La quiero a ella.
Mi padre entrelazó los dedos bajo el mentón, fingiendo reflexionar.
―Pues te la regalo. Toda tuya.
La silla se estampó contra la pared cuando me puse de pie.
―NEIN! (¡NO!).
Segundos después, las puertas se abrieron de golpe y los hombres de mi padre inundaron la estancia.
―Niklaus… Setz dich (Siéntate).
Me quedé de pie, desafiándolo. Alessandro también se incorporó. Luna intentó zafarse de su agarre para acercarse a mi padre.
―¡Por favor, señor Brauer! ¡Haré lo que desee! ¡Perdóneme! ―sollozó, casi de rodillas. Sin embargo, Alessandro se lo impidió.
―No, farfalla (mariposa). A partir de ahora, solo te arrodillarás ante mí ―le explicó, quitándole mi alianza.
Me guiñó un ojo mientras soltaba lentamente el anillo.
Clin.
Cayó al suelo, rodó y quedó a mis pies.
―Quédatelo, ragazzo (muchacho). Como recuerdo de que ella fue tuya.
¡Iba a matarlo! Sí, ahora mismo. Pero antes de que pudiera reaccionar, dos hombres me sujetaron por los brazos y me hundieron un puñetazo en el estómago. Otro impacto me estalló en la cara, mis rodillas cedieron y caí al suelo, tambaleante, con la sangre llenándome la boca.
―¡NIKLAUS! ―chilló Luna mientras Alessandro la arrastraba hacia la puerta, alejándola de mí.
―¡No! ¡Luna! ―Dustin se lanzó a toda prisa, pero un guardia le bloqueó el paso. Tropezó y cayó de espaldas al suelo, sollozando.
Los gritos de Luna rebotaron en las paredes como un látigo, estremeciéndome… hasta que, al cruzar el umbral, se desvanecieron y me dejaron solo con mi impotencia.
Mi padre se acuclilló para quedar a mi altura.
―Mírame―exigió.
Me negué a obedecer, y su anillo me abrió un corte en la mejilla.
―Todo esto es por tu bien, Niklaus. Las mujeres en nuestro mundo son trampas, debilidades, ataduras que destruyen a los fuertes.
―Tú no sabes ni una mierda de lo que es el bien, padre.
Su rostro se contrajo.
―Ahora no lo entiendes ―susurró, girando el anillo teñido de mi sangre―. Sin embargo, algún día me darás las gracias.
―¿Agradecerte? ―bufé―. El único favor que aceptaré de ti será el día que te entierren bajo tierra.
El siguiente puñetazo me hizo sentir el crujido antes que el dolor. La nariz rota me regaló un río de sangre mientras gemía entre dientes. Mi padre chasqueó los dedos y abandonó el comedor sin volver la mirada, sin remordimiento. Sus hombres me soltaron.
Caí de bruces, estampando mis nudillos ensangrentados contra el suelo. No había alivio en ese castigo… solo rabia.
Al quedarnos solos, Tony se agachó junto a Dustin, todavía hecho un ovillo.
―Tranquilo, pequeño. Ven aquí.
Dustin se abrazó a él, sollozando sin consuelo.
―Lu… Luna… ―musitó―. Nein… Nein… Komm zurück… (No… No… Vuelve).
Luther me tendió la mano:
―¿Puedes caminar?
Se la aparté.
―No me toques.
Me levanté, arrastrando la sangre sobre el suelo. Saqué el móvil del bolsillo, enfoqué la pantalla temblorosa y escribí cuatro palabras que lo alterarían todo: