46
Solté un suspiro al cruzar el umbral de mi habitación del sótano, la misma que siempre había odiado… y que ahora parecía un refugio torcido frente al infierno de arriba. La luz parpadeaba, indecisa. Olía a humedad y encierro, a noches consumidas en silencio hasta la madrugada. Pero, aun así… podía respirar. Allí, al menos, Egbert no me vigilaba.
Sabía que aquello era solo el principio; la noche aún me reclamaría para servir y obedecer. Me hundí en el colchón, exhausta, con cada músculo ardiendo.
La puerta se abrió y se cerró casi al instante. Intenté incorporarme, pero, sin darme tiempo a reaccionar, un cuerpo se abalanzó sobre mí.
―¡No…! ¡Egbert, no!
Su aroma lo delató: madera oscura, pólvora, cuero, whisky… era Niklaus. Su peso me aplastó, mientras sus brazos me retenían y su respiración vibraba en mi cuello.
―Mira lo que me has hecho ―gruñó, clavando sus dedos en mis caderas, firme y posesivo.
―Nik… ―susurré, tratando de encontrar su mirada. No lo permitió. Me atrapó las muñecas y las elevó sobre mi cabeza, presionándolas contra el colchón.
Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y la mandíbula se le tensó al ver mis moretones.
―No entiendo por qué te enamoraste de mí… de este monstruo, de este hijo de puta que ni siquiera puede protegerte.
Una lágrima se desprendió de su ojo izquierdo, rodó por su rostro y cayó sobre mi mejilla.
―Niklaus…
―No me mientas. No me consueles. ―Sus palabras brotaron entre un bufido de frustración y dolor―. Ese cabrón te está destrozando, y es mi culpa. Sé que sangras por dentro, que sufres… pero, por favor, no dejes de amarme. No me quites eso. No me quites lo que aún queda de ti en mí.
Egbert tenía poder sobre nuestras acciones, sobre nuestros pensamientos… pero nuestro amor estaba más allá de su alcance.
Niklaus apoyó su frente contra la mía, a punto de besarme, tan cerca que el calor de su aliento rozaba mis labios. Con un movimiento brusco ―cruel incluso consigo mismo― se apartó y se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones violentas, mientras se pasaba las manos por el cabello, tirando de él con rabia.
―Aquí estoy… hecho mierda ―resopló―. Llorando como un crío.
Me arrastré hasta él y me arrodillé a su lado, acariciando sus brazos.
―No… no lloras porque seas débil ―susurré―. Lloras porque has sido fuerte demasiado tiempo, porque cargas el mundo sobre tus hombros. Y nadie puede sostener tanto sin romperse.
Se giró despacio y entrelazó su mano con la mía. Su pulgar, con el tatuaje de la araña, trazó un camino sobre mi muñeca, rozando la mariposa y deteniéndose en mi anillo.
―Eres lo único bueno que he tenido en toda mi vida, Schmetterling…
Quise cerrar la distancia, decirle que éramos un nosotros indestructible. Pero negó con la cabeza, bloqueando mi impulso de besarlo.
―No… si te acerco un centímetro más, me pierdo.
Se puso de pie y se llevó la mano a la parte baja de su espalda, de donde sacó una pistola para ofrecérmela. Mis dedos temblaron al tocar los suyos mientras me guiaba para sostenerla.
―Niklaus… ¿qué estás haciendo?
Plantó los puños a ambos lados de mis piernas, inmovilizándome con su cercanía.
―Esta vez está cargada. Si quieres acabar conmigo…
Dirigió el cañón contra su pecho, justo sobre su corazón, sin apartar sus ojos de los míos.
―Hazlo… ―rugió―. Tú fuiste mi principio… es justo que también seas mi final, Schmetterling.
Sentí el peso de su cuerpo empujándome hacia atrás y la presión de la pistola contra él. Niklaus Johann Derek Brauer, el Príncipe Oscuro de la Spinnenmafia… ofreciéndome su vida como último acto de amor.
Sacudí la cabeza y bajé el arma.
―No tienes derecho a pedirme esto ―protesté.
―Es lo único que puedo ofrecerte por todo el daño que te he causado… mi vida, mi muerte…
―No…
Cuando la pistola golpeó el colchón, me lancé a él y sus brazos me atraparon con tal desesperación que parecía que, si me soltaba, nos perderíamos para siempre.
El beso se volvió lento y pasional, mientras la sangre de mi labio partido se mezclaba con la sal de mis lágrimas. Gemí cuando sus yemas rozaron el moratón de mi mejilla, tan suaves que desmentían al monstruo que el mundo conocía. Su pulgar recorrió mi piel, limpiando el rastro de mi llanto, como si quisiera borrar no solo la pena, sino todo lo que dolía en mí.
Sus manos se colaron bajo el dobladillo de mi uniforme y un gruñido vibró en su pecho, haciendo que mi pulso se acelerara.
―Schmetterling…
Me agarró la cara y estrelló sus labios contra los míos con ferocidad. Mis caderas buscaron las suyas por instinto, mientras profundizaba el beso, alternando mordidas y succiones en mi lengua.
Mis bragas ya estaban húmedas y él lo percibió al acariciarme, haciéndome arquear el cuerpo. La tela adherida a mí intensificaba cada uno de sus roces, mientras su dedo anular ―el del anillo― se deslizaba por mis pliegues de arriba abajo… de abajo arriba…
―Te necesito cada maldito segundo, Schmetterling. Eres mi puto oxígeno. No puedo vivir sin ti.
Apartó la tela hacia un lado, a punto de entrar en mí… hasta que sonó un golpe en la puerta.
Toc, toc.
El tiempo pareció detenerse. La pasión y el peligro chocaron entre nosotros, dejándonos inmóviles, atrapados en ese instante.
Niklaus se plantó frente a mí como un escudo y extendió la mano hacia la pistola. Pero antes de que pudiera tocarla, las bisagras cedieron y la puerta se abrió.
―Scheiße (Mierda) ―dijo entre dientes, consciente de que podía ser su padre.
Desde el umbral, Luther y Tony nos observaron. Tony, con los ojos desorbitados, captó mis mejillas sonrojadas, el uniforme arrugado y mis labios hinchados.
―¿Estáis de broma? ―preguntó―. ¿Y si en lugar de nosotros hubiera sido Egbert?
Luther se cruzó de brazos, visiblemente molesto.
―¡Estáis locos! ―exclamó.
Niklaus se pasó la mano por la cara con brusquedad.
―Estás cavando tu propia tumba ―comentó Tony, sin paciencia en la voz―. Y me da igual si eso sucede. El problema es que la arrastrarás a ella contigo, y eso ya no me hace ni puta gracia, joder.
―Tony… ―musité, intentando poner paz a la situación.
Niklaus lo fulminó con la mirada.
―¿Sabes cuántos hombres ha traído tu padre hoy para la cena? ―continuó―. Si se entera de esto, no saldréis vivos de aquí.
Luther asintió con una seriedad inusual.
―No exagera. Hoy no hay margen de error. Los hombres de Egbert le deben lealtad a él, no a ti, Nik… y mucho menos a ella.
Niklaus inhaló con fuerza.
―Luna… pase lo que pase en la cena, no caigas en su juego.
―¿Qué… qué quieres decir? ―murmuré, insegura.
―Obedece. Ignórame. No me mires, no me hables… ni a mí, ni a Dustin.
Luther tensó la mano sobre el pomo.
―Tenemos que irnos ―susurró―. Tu padre te está buscando.
Tony me observó con tristeza. Exhaló un suspiro largo, reprimió lo que quería decir y se alejó en silencio.
Niklaus dio un paso hacia mí, impulsivo, movido por el instinto de protegerme. Luther se interpuso.
―Jetzt ist nicht der Moment (Ahora no es el momento).
Niklaus maldijo en alemán, conteniendo la frustración mientras se daba la vuelta. Justo antes de desaparecer en el umbral, giró la cabeza; su mirada me recorrió y me erizó la piel.
―No permitiré que nadie te haga daño. Te lo juro por mi vida.
Cuando la puerta se cerró, volví a quedar atrapada en la quietud de la habitación. Otra vez cautiva. Otra vez consciente de que amar a Niklaus Brauer era bailar sobre un filo sangrante… y, aun así, deleitarme con cada corte.